Desde el comienzo, este blog pretendió ser un lugar de encuentro para paseantes interesados en compartir reflexiones y en charlar. Hoy viene a sentarse, a la sombra de esta pérgola, el amigo Damián Marrero Real, profesor de enseñanza secundaria.
Hace unos años se puso de moda en esa cosa llamada "círculos académicos" una obsesión por el "final de". Se hablaba del "final de la Historia", el "final del Arte" e, incluso, del "final de la Ciencia". Habíamos llegado, se pensaba, a un estadio de la civilización en el que estaba todo a punto de finiquitarse en un placentero parque temático global. Hemos visto, sin embargo, que la cosa no era para tanto. Aún queda mucho por dilucidar en todos los órdenes de la existencia humana. Sin embargo, hay quienes, no sin sobradas razones, apuntan ahora a un nuevo "final de". Se trata del "final de la ciudadanía". ¿Qué pasa con esto?
El concepto de "ciudadanía" es un afortunado invento contemporáneo. Está ligado a las luchas contra los absolutismos políticos y se opone al concepto de "súbdito". Al súbdito solo le cabe obedecer a una autoridad superior y esperar algo de su gracia. El ciudadano, sin embargo, está sujeto al derecho y encuentra su plenitud y su sentido en un marco democrático. Pues bien, en el actual contexto social y económico comprobamos cómo la condición ciudadana está siendo sustituida por una nueva forma de sumisión de una manera harto disimulada pero no menos peligrosa. Se nos hace creer que cumplir con la cita electoral de turno es la máxima expresión de nuestra soberanía. Pero a poco que nos detengamos a pensar empezamos a darnos cuenta de la gigantesca estafa en la que estamos metidos hasta las cejas. En primer lugar, las opciones políticas con posibilidades reales de gobierno son todas ellas, más allá de la habilidad de la mercadotecnia para fabricar marcas aparentemente diferenciadas, tan semejantes como una papa y una batata. Terminamos eligiendo entre primos hermanos de tal modo que el núcleo del sistema quede blindado frente a todo cuestionamiento de fondo. Todo queda en familia. Esto es posible gracias a que estas formaciones políticas tienen la capacidad financiera y mediática suficiente para intervenir constantemente en la opinión pública. Y en segundo lugar, las decisiones importantes (las económicas, claro) quedan al margen de la ciudadanía. Son tomadas por individuos y corporaciones que no han sido elegidas por nadie y en consecuencia solo responden a sus intereses particulares.
En el mundo que nos están diseñando la ciudadanía solo juega el papel de un convidado de piedra. Hay que admitir también que el personal en estos años se ha acostumbrado a que les resuelvan la papeleta. Pensamos que el final de la Historia había llegado, de alguna manera, en forma de un plácido abandono a un consumismo sin límites y que para las cuestiones políticas y de gestión ya existe una clase profesional encargada de sacarnos las castañas del fuego (que para eso se les paga y además encima les permitimos que se llenen los bolsillos con trapicheos de todo tipo). No me pidan que haga una huelga (para que encima me descuenten dinero), no me pidan que participe de una manifestación (que me pierdo el partido de fútbol), no me pidan que me posicione frente a este follón que se ha montado -dicen- porque al parecer hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (que es muy aburrido y uno de eso no entiende). ¡Pero que alguien me lo solucione ya que para eso me porto bien y no doy la lata! No en vano hay quien va más lejos y entiende lo que está pasando como una nueva forma de feudalismo. Esto es, a cambio de protección contra los muchos enemigos que nos acechan, el señor feudal exige obediencia completa y una buena tajada del trabajo del siervo. Nuestros señores de turno están dispuestos a ofrecernos algún trabajillo basura a cambio de no morirnos de hambre. Pero en el precio va también el decirle adiós a todas aquellas conquistas sociales y laborales de las últimas décadas que creímos aseguradas in secula seculorum. Vemos, entonces, cómo aquella idea de ciudadanía resulta en este horizonte asiático-medieval un completo estorbo. Pero, en los tiempos que corren, no es cuestión de abolirla lisa y llanamente como haría un nuevo Fernando VII frente a un auditorio gritando aquello de "¡vivan las cadenas!". Se trata de una cosa más sutil, relacionada con lo que un economista nada sospechoso de extremismo como Joaquín Estefanía ha denominado "la economía del miedo". Con una población atemorizada frente a los jinetes del apocalipsis desatados por una supuesta crisis (solo entendible por los expertos en la materia, por los gurús que dominan los tecnicismos abstrusos del lenguaje económico) es más fácil aprovechar la coyuntura para eliminar cualquier obstáculo con el fin de que los de siempre continúen llenándose los bolsillos. ¡La ciudadanía ha muerto!, ¡viva la ciudadanía!
Damián Marrero Real es profesor de filosofía en el IES Los Realejos.


¡¡¡VIVA!!!
Siempre es grato intercambiar criterios u opiniones “al fresco de La Plaza”. Bienvenido.
¿Muerta la ciudadanía? Pienso que muerta no, pero sí aletargada o acomodada en buena parte, y en otra desconcertada y con los esquemas rotos (suele ser el grupo donde lloramos -o reflexionamos- los tertulianos). Luego disfrutan de la situación un buen puñado de “vivos”, entre estos últimos ¿cabe integrar? a la mayor parte de la clase política (no a todos, evidentemente; ningún grupo es absoluto) que consciente o inconscientemente se ha convertido en el brazo ejecutor de los que verdaderamente mandan: los “mercados”, que son o no son una entelequia, según convenga. Con frecuencia pagamos con euros reales “valores preferentes”, para que nos devuelvan "euros virtuales" convirtiéndonos en “víctimas inocentes”.
Si todos formamos parte de la misma "ciudadanía", resulta comprensible el que muchos quieran ver su final, y sustituirla por, por, por…digamos: "gente seria", trabajadora, honrada y honesta.
Yo creo que con eso sería suficiente. O no.
En estas últimas elecciones el porcentaje de votos que sumó PP y PPsoE fue el más bajo de toda la democracia.
Es verdad que estamos en un sistema aristocrático, con una democracia solo aparente.
Pero también es verdad que los ciudadanos, con su voto rebelde, pueden cambiar todo eso.
Estimado amigo: si bien es verdad todo cuanto usted apunta en su artículo, también es cierto que el capitalismo se retroalimenta parasitariamente de las crisis y su existencia, a pesar de lo que grite Willy Toledo y su corte de feligreses, dista muuucho de correr peligro.
Después de cientos de años de feudalismo, el siguiente estadio aún tiene por delante tanta vida como la que le quede a este atribulado planetilla volante dentro del sistema solar.
¿Fin de la ciudadanía? No me atrevería a tanto. Mientras los norteamericanos (es decir, el capital judío que teledirige el mundo) mantengan a raya a los chinos, nuestros escasos derechos civiles estarán a salvo. Pero como la República Popular de Mao (ese gran timonel de la Humanidad, ese profeta del paraíso del todo a un euro) termine ganando el pulso, volveremos al siglo XIX, a la esclavitud remunerada con migajas y a un estado de malestar creciente e imparable que sólo se verá apaciguado por una nueva guerra universal de imprevisibles consecuencias y que supondrá, entonces sí, el final de la actual civilización y el inicio de una nueva era en la que una élite acaparará todo el poder (sin elecciones) con la colaboración imprescindible de la Iglesia, de Microsoft y de Coalición Canaria. Aunque para esas fechas se habrán extinguido todas nuestras esperanzas de libertad, igualdad y fraternidad.
Si las cosas van a ser (y, si él lo dice, serán) como nos las pinta José Amaro, no cabe la menor duda, el futuro de la ciudadanía, como la vía para alcanzar el paraíso del 100 % energías renovables, llegará de la mano de Coalición Canaria, única opción política con principios definidos, objetivos firmes y ética intachable. Creo que para entonces la Iglesia habrá perdido protagonismo y los microchips de Microsoft habrán sido reemplazados por chinos. En consecuencia, resueltos los problemas de la energía y del pleno empleo en el mundo, sólo nos queda por asumir sin remilgos el canibalismo, al objeto de subsanar el asunto menor de la alimentación humana. Será entonces cuando de verdad la ética volverá a los Mercados, para reinar de nuevo entre nosotros la añorada libertad, igualdad y fraternidad (fuerte cosa bonita). Comprenderemos entonces, que la situación actual es una turbulencia coyuntural, dentro de los ciclos acostumbrados del "atribulado planetilla" y su cohorte de ingenuos habitantes, ciclos lógicos por otra parte.
Comprobará, estimado don Damián, que el problema ya no es que la "ciudadanía" se resienta. El asunto es más grave, me parece a mí: ¿existen ciudadanos preocupados por la carencia de ciudadanía?
Así "semos" y no parece que la cosa se encamine por derroteros especialmente halagüeños. O sí, y los desnortados somos los que nos preocupan estas cosas.
Saludos.