La pervivencia actual de cubiertas vegetales en la isla de La Palma tiene sus antecedentes en el siglo XVI, tras su incorporación a la Corona de Castilla; así, las noticias al respecto abundan en los papeles de las escribanías públicas. Este material documental, preciso y correcto desde el punto de vista jurídico, adolece, no obstante, de detalles de la vida de sus propietarios y moradores, de los conflictos sociales que generaron ante la amenaza de incendios y su propagación en los cascos urbanos donde se emplazaban. Este trabajo se ocupa fundamentalmente de varias noticias del siglo XIX del municipio de San Andrés y Sauces que muestran con claridad el uso cotidiano, las tragedias humanas y la pervivencia de estas casas fundidas con el paisaje.
En el Archivo Municipal de Santa Cruz de Palma se conserva un interesante documento de 1829, en el que el acaudalado empresario Dionisio Carillo expone la coexistencia de dos diferentes construcciones en el mismo casco urbano de Los Sauces. En su escrito dice:
«que en el pueblo de los Sauces se han fabricado una porción de edificios para la comodidad de sus habitantes, otros para los hacendados de esta ciudad y muchos para recoger los frutos que allí se producen de manera que en el día forman una población de las mejores en los lugares de la isla y el que suscribe como motivo de disfrutar en el unos cortos bienes y haber puesto una fábrica o alambique de aguardiente ha construido una casa para su habitación y otra para la fábrica, que valen más de cincuenta mil reales, y le adornan bastante por hallarse situada en el mejor punto, y más arruado de la población; pero sucede que algunos vecinos colindantes usan para vivir de casas pajizas formando sus paredes un tejido o esterado de palo delgados sostenidos con estacones de tea los cuales, así por la inmediación, como por lo frecuente a incendiarse; preparan cuando menos se espere una desgracia bastante desagradable y de funestas consecuencias como paso a demostrarle».
Este documento aporta jugosos datos de valor etnográfico e histórico. En primer lugar, pone de manifiesto que, en 1829, dentro del casco urbano de Los Sauces, coexistían dos clases de edificaciones y, en segundo lugar, describe con detalle los materiales vegetales utilizados en las casas pajizas. El escrito del industrial marca las diferencias sociales, el valor económico de los pajares y opina sobre cómo debería presentarse el ornato público de las calles sauceras:
«Las casas pajizas después de no adornar ni tener más valor que la de trescientos reales cada una, están situadas en muy mala disposición, así para incendiarse como para incendiar a las demás, que adornan y forman lo decente de la población porque distan algunas de ellas, cuando mucho, dos varas o cuatro de las que goza el que […] y de las que disfruta otros muchos vecinos; también cruzan por entre unas y otras varios caminos estrechos los cuales se transitan con frecuencia a todas horas de la noche por las gentes del aquel campo con hachones de tea para alumbrarse, de cuyo tránsito en una noche ventosa del invierno puede […] volarse una ascua del hachón (como ha sucedido ya) y pegándose fuego en el pajonal que forma el techo a esta habitación, incendiar las casas comuneras y perecer sus habitantes que tranquilos se hallan entregados al reposo».
En su argumentación, el propietario barrunta, incluso, la grave situación que experimentaría la urbe en caso de generarse un incendio:
«las bodegas que hay en aquellas inmediaciones en tiempo que estén llenas de vino y aguardiente que contienen grandes cantidades (como ha llegado a tener la del que expone, doscientas pipas de vino y veinte y cinco de aguardiente) y correr este líquido incendiando a destruir todos los edificios que siguen hasta la plaza de la Parroquia».
Dionisio Carrillo termina solicitando que se dictaran normas para que los moradores de esas viviendas se trasladaran a otro lugar «para tomarles los sitios donde se hallan colocadas», procediendo a fabricar en su lugar «edificios útiles y de comodidad para el pueblo».
El escrito se remite al Ayuntamiento de Los Sauces que, por medio de Andrés Ortega responde:
«que en este lugar de Los Sauces la mayor parte de las casas en que habitan sus vecinos son construidas sus paredes de varas y los techos de colmo a causa de la infelicidad de estos y lo costoso de traer la piedra, por la distancia en la que se encuentran las pedreras y de aquí es que desde tiempos inmemorial se han costeado esta clase de habitación».
Aclara de que, no hay constancia de que se haya pasado el fuego de unas a otras, aunque sí se han incendiado algunas. Concluye, con rotundidad, declarando que los daños por incendio pueden causarlos por igual «las casillas de colmo» inmediatas a las de Dionisio Carrillo como también las de «teja y piedra». El munícipe se decanta por defender los intereses de los propietarios de las humildes casas pajizas y recrimina a Dionisio Carrillo su reclamación ante un posible incendio debido al material vegetal, excluyendo cualquier otro fenómeno de propagación.
Tenemos aquí una genial imagen del estado urbanístico en la década de los años "30 vestía el núcleo neurálgico de Los Sauces. De este modo, sabemos que la mayor parte de las casas habitadas tenían paredes de vara y los techos de colmo «a causa de la infelicidad» de sus propietarios y el costo que implicaba el acarreo de las piedras dada la distancia que los separaba de las pedreras de extracción.
El 18 de marzo de 1830, el gobernador militar de La Palma dicta un Bando de buen gobierno por el que regula la construcción de casas pajizas en San Andrés y Sauces, sirviéndose de otras disposiciones legales emanadas de la Corona en enero de 1824. Sin conocer esta disposición legal, damos por sobreentendido que sería de aplicación en todo el territorio español y que, posiblemente, su estricta aplicación significó la primera y más crucial etapa del declive de las casas pajizas en muchos lugares y la apertura de conflictos sociales destacados.
La disposición iba «dirigida a todos los que tengan o habiten casillas o bohíos de paja o colmo» dentro del casco del pueblo y ordena que se «construyan de piedra y teja» en el término de cuatro meses. A los que incumplieran la norma se les impondrían duras sanciones, como eran: «treinta días de cárcel y de mandarlas de oficio a destruir a costa del Alcalde». También se especifica que quien no pudiera reedificarlas de teja y piedra, habría construirlas a las afueras de la población. Deducimos que por esos años las casas pajizas, paredes y techumbres eran de material vegetal; aun con la prohibición, algunas lograron subsistir en el mismo lugar, al menos hasta la década de los años "60 del siglo XIX.
Algunos de los afectados por este bando fueron los matrimonios formados por Juan Pérez e Isabel Hernández, Pablo Rodríguez Arrocha y Antonia Pérez y Julián Hernández y María Rodríguez. La disposición administrativa debió cumplirse con el tiempo, pues en el actual casco urbano de Los Sauces no existen vestigios de estas tradicionales casas campesinas. No obstante, aún hoy, aunque muy deterioradas, abundan en los barrios de Las Lomadas y Los Galguitos, al sur del casco urbano; ello da pie a pensar que podrían tratarse éstos de los lugares elegidos en 1830 para el traslado de las casas pajizas o bohíos -como también eran conocidas- fuera del caso urbano.

