Ojo al parche: "Un centenar de imputados por corrupción se presentan a las elecciones del 22-M" (así reza el principal titular de la primera página de El País del 10 de abril). Más de un 50% de ellos son del PP, un 35% del PSOE y el resto se reparte entre otras formaciones. Tremenda caterva, añado. No son mayoría en sus respectivos partidos, ni muchísimo menos, pero por desgracia empañan la imagen del resto del conjunto. Más bien la mancillan.
Con tan acojonantes cifras podemos hacernos una idea de cómo anda de revuelto el patio: en los cuatro puntos cardinales, tirios y troyanos se rasgan las vestiduras al sentir vergüenza ajena por el golferío que se apelmaza tanto en la vanguardia como en la retaguardia enemiga. Un ejemplo doble: mientras en Andalucía los del PP claman y se pinzan la nariz ante la pesturria que exhalan no pocos cargos públicos del PSOE, en Valencia los del PSOE hacen lo mismo por lo mismo de no pocos cargos públicos del PP. Y así en este plan en todas las Españas imaginables e inimaginables (en Canarias, dada la fragmentación física y la abundancia de playas y de sol turístico, el batiburrillo se complica hasta el delirio, más allá del simple baile de tránsfugas, como un coladero de inmundicias bajo el cual puede pringarse cualquiera, lo mismo un diputado aprobando leyes tramposas -como la modificación del catálogo de especies protegidas- que un licenciado firmando informes tramposos, lo mismo un empresario que un funcionario compartiendo oscuros intereses no siempre descubiertos a tiempo).
Dadas las circunstancias, los votantes no afiliados muestran su estupor (que se presenten tan lindamente cien imputados demuestran una soterrada desunión y una perturbadora ausencia de autocrítica en el seno de los partidos) y al mismo tiempo los afiliados ponen cara de póquer al asegurar que siempre ha habido ovejas negras, sobre todo en el bando contrario. ¿Y qué otra cosa pueden decir? Ante mis amargas quejas por el vértigo que produce la visión de este panorama, un buen amigo con carné de partido (no diré cuál) me dice que los ciudadanos tenemos lo que nos merecemos y que me deje de lamentaciones y que me meta en política, que ofrezca mi persona y mi nombre para engrosar alguna lista electoral, que me sume a la tropa de combate en primera línea y que en suma participe en el aseo purificador con la entrega de un valiente. En el fondo este argumento, sin duda bienintencionado y aleccionador, suena a falacia en tanto que parece concluir que, por un lado, quien no se afilia pierde el derecho al pataleo, y que, por otro, a fin de cuentas este tipo de corrupción refleja en gran parte la miseria intrínseca de la sociedad española. Esto me recuerda a las excusas de los jefazos de las cadenas de televisión privada cuando afirman que se emite telebasura a granel por culpa de la depravación del público.
Lo cierto es que, nos agrade o no, rebulle la conciencia generalizada de que, una vez superado el largo proceso de transición a la democracia, la mediocridad se ha colado de lleno en la política, quizá porque los profesionales más brillantes la evitan no sin cierto repeluzno, quizá porque los mediocres saben protegerse las espaldas, a veces camuflándose con la debida discreción, a veces ocultando sus carencias con mentiras reiterativas, a veces buscando la compañía de otros más mediocres. Este último es el recurso más socorrido. Para comprobarlo no tenemos más que hacer un repaso de las listas electorales que se están confeccionando y anunciando a bombo y platillo: a ver, ¿cuánto talento reconocible salta a la vista?, ¿cuántos currículos de altura avalan a los candidatos? Inquieta comprobar por enésima vez que los políticos de medio pelo han ido tejiendo en las últimas décadas una telaraña de intereses y estrategias organizativas que de alguna manera excluyen a los más escrupulosos, que suelen ser los mejor preparados. De modo que los sueldazos y las jubilaciones desproporcionadas, las prebendas y las dietas de campeonato, los derechos vitalicios y los blindajes no bastan para asegurar la excelencia, como tampoco para evitar la tentación del chanchulleo.
El otro día, en un momento tan delicado en que la mayoría de la población las pasa canutas para salvar los restos de un naufragio provocado por la banca, los señores eurodiputados mostraron sin recato cuán alta es la estima que sienten por sí mismos y hasta qué punto se resisten a modificar la trama de esa telaraña que los resguarda. Primero votaron en contra de la restricción de uno de sus innumerables chollos y luego, pocas horas después, tras la reacción de mosqueo de cientos de miles de lectores de prensa digital, recularon con vanas y entrecortadas palabras de justificación que no han podido contentar a nadie. A eso llamo yo una exhibición de enanismo moral, entre la mediocridad y la mezquindad más censurable. Cuando te acostumbras a viajar en primera clase, oculto tras la cortinilla que corre la azafata para separarte de los turistas del montón, como un Ícaro atrevido levantas el vuelo, flap, flap, hasta despegarte de la realidad, flap, flap, y al fin te crees divino, intocable, inmune a todo, incluso al estropicio de tus propias carencias y tus propios errores.
Pues bien, algo parecido ocurre en otros estamentos locales, regionales y nacionales: los privilegios y los favores autoconcedidos con la letra chica de un boletín oficial, especialmente los injustificables, ciegan, todos sin excepción, pero lo peor es que avivan la ligereza de cascos y alimentan la desfachatez de los frescones, esas manzanas podridas que vuelven a caer al cesto desconcertando a la opinión pública.

