Don Germán se hizo cargo de la dirección del colegio Sector Sur -o Grupo Sur- cuando aún se imponían los retratos de Franco sobre las pizarras de las aulas, y sin embargo, con su gestión de maestro reformista, machadiano, adelantó la llegada de los nuevos planteamientos pedagógicos que años más tarde traería el periodo de transición democrática (luego, ya se sabe, nos caería encima otra cosa bien distinta: el fiasco de una reforma pergeñada por teóricos que han confundido modernidad con posmodernez y educación con relajación). En un tiempo poco propicio para los gestos de atrevimiento, cuando se mantenía la separación de sexos incluso en los institutos de bachillerato, don Germán abrió de golpe las ventanas para acabar de una vez por todas con el aire viciado por tanto tabú, tanto caralsol, tanto yugo y tanta flecha, tanto reglazo en la palma de la mano. La suya era otra forma de entender la enseñanza, mucho más racional y desde luego mucho más respetuosa con los niños. De entrada, en cuanto asumió el cargo, hizo pruebas que todavía hoy asombran: mezcló chicos y chicas en clase, propició la dinámica del trabajo en equipo, auspició la creación de grupos musicales, etc.
Me limitaré a resumir aquí un ejemplo personal que bien vale para enaltecer el recuerdo de lo que el empeño de don Germán supuso para muchos de nosotros. En su momento, como actividad complementaria en la asignatura de Ciencias Sociales, con once o doce añitos hice un trabajo escrito sobre la industria del tabaco en La Palma, un tema que me concernía por tradición familiar; don Germán lo leyó y vino a hablarme, de hombre a hombre, con sus convincentes argumentos de guía bienintencionado: me dijo que aquello era el germen de una investigación más rigurosa que en el futuro habría de asumir, sí o sí, como un humilde tributo de reconocimiento a la intrahistoria de nuestros abuelos. Dos décadas después, aquel consejo suyo, tan generoso y tan enriquecedor, floreció en forma de estudio monográfico convertido en un libro, La tradición insular del tabaco, que no dudé en dedicarle. En cierto modo, era y es coautor de esa obra, al igual que de otras producciones individuales y colectivas de la Isla, proyectos sociales detrás de los cuales supo mantenerse con discreción como pieza inspiradora. ¿Habrá mayor y mejor tarea soñada por un maestro con eme mayúscula?
Durante los años en que don Germán dirigió el Sector Sur, por supuesto con el aval de la labor de su claustro de profesores, maravillosos todos y algunos por desgracia desaparecidos demasiado pronto (no daré nombres para no dejar ninguno por detrás: sabemos quiénes son y cuánto les debemos), se forjó el espíritu de lucha de más de una generación de alumnos responsables, llamados a mejorar el mundo, ni más ni menos. Haber formado parte de aquel grupo y de aquella experiencia transformadora es, me consta, un motivo de orgullo y una marca de compromiso vital, con código deontológico propio.
Gracias, don Germán. Gracias, de corazón.

