En estas últimas semanas hemos vivido un hecho sobrecogedor, como ha sido el terremoto de Japón. Un acontecimiento catastrófico originado por la más pura esencia geológica. La Tierra una vez más nos ha recordado lo insignificantes que somos y que por mucho que nos creamos dueños del mundo y del conocimiento, cuando el planeta decide liberar parte de su energía, aunque esta sea una fracción minúscula de su inmenso poder, no nos queda más remedio que aceptar que este se vuelve incontrolable para nosotros. No podemos domesticar la naturaleza, ni siquiera deberíamos soñar con que la podemos dirigir o gobernar; tendríamos que afrontar de una vez por todas que es ella quien tiene el mando y que estamos aquí porque ella nos lo permite.
Probablemente un movimiento sísmico de grado 9 ó 10 en la escala Richter por mucha destrucción que engendre es asumible por nuestras ciudades y construcciones. Igualmente, un tsunami de olas de más de 10 metros es soportable por nuestros puertos, barcos y costas. Más de 12.000 muertos y 17.000 desaparecidos es un doloroso mal trago, pero llevadero para cualquier comunidad. Con el paso de unas pocas generaciones quedarán para el recuerdo todos los llantos y lágrimas derramados por mucho que se empeñen en recordárnoslo constantemente en los fotogramas de muestra memoria celuloide. Lo que no es asumible desde cualquier punto de vista es que se haya permitido construir centrales nucleares en un territorio geológicamente inestable y mucho menos que esas edificaciones estén próximas a la costa, por mucha tecnología puntera que una nación tenga.
Lo cierto es que las ciudades, los barcos y los puertos podremos reconstruirlos reactivando la economía y enriqueciendo de nuevo al país que crecerá en todos los sentidos y traerá nuevas generaciones de humanos, que felices volverán a roturar las tierras "encalichadas" por las sales de la marea, a rellenar las grietas abiertas por el sismo y a levantar muros que nos alejen del mar… Pero si alguno de esos dichosos núcleos de la central nuclear se fusiona, la energía que libere junto con los isótopos radioactivos del plutonio que espolvoreará harán de esos campos hermosos jardines de muerte, al menos en 25.000 años, lo que implica que más de 3000 generaciones de personas estarán expuestas a una muerte silenciosa por envenenamiento radiactivo -en el mejor de los casos- si deciden quedarse a vivir en sus tierras irradiadas.
Sencillamente por eso no estoy de acuerdo con utilizar una fuente energética que es incontrolable y que genera residuos peligrosos de muy larga duración. Hay que buscar nuevas opciones de energías alternativas e invertir en hacerlas más eficaces. Del mismo modo, debemos luchar (legalmente, sin coartadas para guerras) contra los intereses, ocultos o no, de las grandes multinacionales del petróleo y de los países productores que financian y compran patentes o bien obstruyen, por el momento, estas líneas de investigación.
Pero somos nosotros, los ciudadanos, los que tenemos la última palabra. Por eso considero muy importante el hecho de que todos nuestros esfuerzos deberían encaminarse a desarrollar la concienciación social. No podemos seguir derrochando energía, y mucho menos viviendo por encima de las posibilidades del planeta.
Sé que es un trabajo complejo y a muy largo plazo, y que no es acogido con mucha simpatía por nuestra acomodada civilización, cuando esto lleva implícito ciertas renuncias sociales. Conozco a gente formada y que considero culta que me ha dicho, incluso lo ha manifestado públicamente: "que ellos no vuelven a ponerse alpargatas, que antes se extinguen". Asimismo, tengo amigos que plantean que: "volver para atrás, ni para coger refugada".
Siempre he comentado que muchos de nosotros podríamos permitirnos la disparatada ostentación de derrochar a todas horas agua, energía, etc., en definitiva recursos, y luego afrontar esos costes todos los días del año, pero la que no puede asumir nuestros lujos es La Palma, ni, por extensión, el Planeta.
Nuestro futuro, cada vez más, está en juego, y no me cuenten milongas.

