Sigamos jugando

Estimados lectores, voy a intentar conseguir que nuestro nuevo paisaje sea un poco más enigmático, ¿o tal vez no? Pues ya me he dado cuenta de lo que son capaces gracias al buen conocimiento que tienen de esta maravillosa y a veces maltratada isla.

            Este curioso lugar se encuentra en el corazón de todos los palmeros y es considerado como nuestro rancho o morada. Para llegar a él comenzaremos a caminar desde el edificio más veterano, justo en el escudo septentrional. Para ello, inicialmente tenemos que atravesar un hermoso bosque ateado que nos regala sombra y frescura, al mismo tiempo que nos arropa con nuestro mejor símbolo vegetal que se yergue majestuoso y esbelto -porte que le dan los años ya vividos y el respeto ganado entre sus huéspedes-.

            Unos pocos metros más de ascenso y enseguida nos topamos con una descarnada laceración producto de las muchas alianzas -perpetuamente ventajistas- que el hombre establece unilateralmente con nuestra naturaleza en un vano intento de salvarla de nuestros propios pecados.

Proseguimos, pero ahora a cielo abierto. Nuestro discurrir es atormentado por el calor y la gravedad, mientras somos observados por infinidad de seres metamorfoseados que en el más estricto silencio emergen de las resquebrajadas heridas asestadas por nosotros, y que en su caótico vuelo se pierden entre halos de brumas, buscando propuestas de futuro que alivien sus efímeras vidas.

A continuación, unos tortuosos metros -de extenuante cansancio- nos obliga a una más que merecida parada que nos permite (en una mayoría de ocasiones) descubrir un sorprendente fenómeno natural en todo su esplendor: una calzada mágica de estratocúmulos horizontales, que incesantemente proporcionan su fresco aliento de vida a este paraíso.

Otros cientos de metros y la perspectiva que se nos presenta nos aturde con más de un 20% de desaliento, apretamos los dientes, marcamos el ritmo y con paso firme mantenemos la marcha flanqueada por profundos barrancos, que constantemente nos ofrecen panorámicas infinitas de misticismo, de rocas meteorizadas, de relaciones bióticas, de imperceptibles susurros que nos siguen hablando de esperanza y futuro…

Cuando el camino comienza a llanear, nuestra meta ya está muy cerca, aunque antes nos encontraremos con un punto de convergencia del ayer y del mañana. Para antepasados emprendedores -de una voluntad victoriosa- que con su sed de conquista moldearon las rocas y forjaron la vida a sus pies, siempre en un agotado intento de aprovechar los pastizales de cumbre y de sobreexplotar la vegetación, dejándonos para el recuerdo asentamientos pastoriles en forma de sencillos refugios y cabañas que dormitan a los pies de los colosos que transcriben el firmamento.

Por último, cuando el aire empieza a escasear en los pulmones, solo nos queda pensar en la recompensa final de terminar la trepada y disfrutar del rincón que se abre a nuestros sentidos. A partir de ahí, observamos, custodiadas por acantilados coronados por el cosmos, unas pequeñas fajanas de un verdor especial, vigiladas por cientos de centinelas emplumados que diariamente peregrinan hasta allí en busca de las precarias promesas de vida que nos ofrece la tierra al abrirse, permitiendo que se escape un halo de frescura que en su suave discurrir libera algarabías y cantos de agradecimiento, renovando así nuestra lealtad y compromiso por defender esta creación y toda la vida que en ella se encuentra.

Tal vez me he dejado llevar por el entusiasmo al describir esta visita, pero nunca me ha dejado indiferente. Como siempre, si no lo averigua, la respuesta será desvelada en breve.

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