Dos nuevos palmeros

Hace aproximadamente 2 m. a. comenzó a emerger, aunque por ese entonces aún no lo sabía, un paraíso al que poco a poco iban llegando oleadas de vida desde distintos puntos de este maravilloso mundo. Unas acudieron de nuestras islas hermanas, otras arribaron de nuestro continente más próximo, muchas vinieron de la cuenca mediterránea y todas fueron rellenando los innumerables huecos libres de nuestro territorio -por aquel entonces aún virgen- para dar rienda suelta a los ingenieros de la genética que pusieron en marcha los laboratorios de la evolución. Lenta pero inexorablemente, la nueva vida se fue abriendo paso entre campos de lava hasta construir una amalgama de formas y relaciones que han llegado hasta nuestros días por millares, constituyendo un referente mundial de la biodiversidad. Esto ha configurado un paisaje único y una riqueza biológica que ya quisieran muchos países para sí con el ánimo de poder rentabilizarla, pero que nosotros torpemente despreciamos e incluso en muchos casos infravaloramos, y así nos va: dejamos que nos gobiernen unos desalmados y a veces necios que confunden valor y precio.

Sería lamentable que estas maravillas de la selección natural desaparecieran sin saber siquiera que existieron, por eso creo que es importantísimo darse prisa en buscarlas, recogerlas y catalogarlas. No podemos permitirnos el lujo de perder ni una sola especie. Hoy en día mantenemos un ritmo vertiginoso -único- de descubrir un nuevo Holotipo para la Ciencia cada seis días. Esto hace de Canarias un punto caliente a nivel planetario.

Por ese motivo, en esta ocasión, les presento un par de nuevos vecinos. Ambos han sido descubiertos dentro de dos tubos volcánicos bien distantes, uno en el centro y el otro en el norte de la Isla. Se trata de Laparocerus iruene y Laparocerus zarazagai subreflexus, que acabo de describir con mi amigo Antonio Machado Carrillo.

Sobre la especie Iruene (nombre de la diosa maligna de la noche auarita en forma de perro lanudo) supe de su existencia por la presencia de restos de ejemplares muertos en telas de araña o a mano de otros depredadores. A partir de ahí, ha sido un proceso de trampeo laborioso y enigmático que me ha tenido siete años absorto en la captura del único espécimen conocido con el que se ha realizado la descripción.

La subespecie subreflexus fue descubierta casualmente mientras acompañaba a un equipo de cámaras que realizaban una filmación documental de una emblemática cavidad dentro del Parque Nacional Caldera de Taburiente. Podríamos plantearlo como un claro ejemplo de serendipia donde la suerte y el conocimiento se aunaron para desentrañar un secreto más de esta tierra.

Estos nuevos taxones vienen a mejorar nuestros ya repletos ecosistemas y han sido presentados a la comunidad científica en diciembre de 2010, en la revista número 47 del Boletín de la Sociedad Entomológica Aragonesa.

Esta alta variabilidad dentro de este género -creo que el más diverso de La Palma con 36 especies hasta este momento- encaja con la relativa juventud geológica de nuestra tierra, donde existe un universo de microcavernas y recovecos, propio de los materiales volcánicos recientes, que todo lo interconecta. Con el tiempo, estos espacios acabarán por colmatarse con sedimentos, generando barreras infranqueables a las especies de talla mediana o grande y con extremidades perfectamente desarrolladas. El destino de éstas será la extinción o bien la adaptación al nuevo medio edáfico, reduciendo el cuerpo y las extremidades, al modo de lo ocurrido en islas más viejas como La Gomera o Tenerife, ofreciéndonos en el futuro nuevos taxones.

Finalmente, he de confesar que no encuentro nada mejor que dedicar mi tiempo y esfuerzo a buscar, descubrir, describir, comprender, divulgar y proteger en la medida de lo posible nuestro patrimonio natural, salvo para estar con mis amigos mientras compartimos buenas tertulias y muchísimo humor ante el fuego de una buena brasa…

Aún así, seguiré con el rabillo del ojo escudriñado todos los rincones de este maravilloso mundo que nos rodea, sin perderme ni un momento de belleza singular. Siempre con el alma encogida por el entusiasmo de un hallazgo. Con todos los sentidos exaltados por la descripción. Con la fuerza en la palabra al divulgar mis experiencias. Con la pasión en el corazón para defender nuestro patrimonio. Lo sé, me estoy dejando llevar por la emoción, algo que en un científico la mayoría de las veces es poco recomendable. Pero qué sería de nosotros sin esas ilusiones…

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