El día 2 de julio de 1717 fue hallado el cadáver de Carlos Cart Fernández en la calle de la Marina de Santa Cruz de La Palma, frente al lugar conocido como el Varadero. Esta fecha es la que da por válida el cronista Jaime Pérez García (Santa Cruz de La Palma, 1930-2009). Sin embargo Juan-Bautista Lorenzo Rodríguez (Santa Cruz de La Palma, 1841-1908) sitúa la noche de autos cinco meses antes: el 2 de febrero de 1717. Se trataba, según estos cronistas e investigadores, de un famoso vecino de esta ciudad. No en vano se consideraba, de acuerdo a su posición, uno de los personajes de relieve en la cerrada sociedad aristocrática de la bella capital. Vivía en la conocida como Casa de Salgado, en la antigua calle de don Pedro, actual Pedro Poggio, en la trasera de la parroquia matriz de El Salvador.
Despejando cualquier duda, en el Libro de Defunciones número 5 del Archivo de El Salvador, en magnífica escritura, queda reflejada la fecha de su óbito: "En dos días del mes de julio de mil setecientos diecisiete falleció Carlos Cart hijo de Thomas Cart..". Tres días después se ofrecieron los solemnes cultos fúnebres en honor al finado con el acompañamiento de autoridades eclesiásticas y civiles, gran concurso de pueblo, miembros de las órdenes religiosas, etc.
Como curiosidad, digamos que esta estrecha calle se llamó, desde el siglo XVI, Calle de Don Pedro, por uno de los Regidores del antiguo Cabildo de la Isla y miembro destacado de aquella incipiente sociedad capitalina: don Pedro de Castilla. Pérez García en su riguroso estudio sobre las calles y familias de la capital palmense, nos informaba de que "en la relación del primer callejero oficial de Santa Cruz de La Palma (1865) conservó su nombre tradicional hasta que se le cambió por Pedro Poggio a fin de perpetuar la memoria del político palmero de este nombre que nació en una casa de esta calle…"
Una vez hecha esta apreciación, volvamos al suceso.
Todos los indicios apuntaban a que el joven había sido asesinado. Armando Yanes Carrillo (Santa Cruz de La Palma, 1884-1962) plasmaba en sus crónicas lo que se decía de boca en boca sobre esta tradición: "Algunos familiares y compañeros de los pescadores, que a esas horas acudían a la caleta para ayudarles en la dura faena de varar sus barquitos, fueron sorprendidos, al cruzar la calle, con el macabro espectáculo de aquel hombre muerto, bañado en un charco de sangre, atravesado su pecho de una espada de combate". En pocas horas, toda la vecindad ya conocía la noticia del espeluznante y macabro fin del caballero.
El alcalde constitucional Lorenzo Rodríguez añadía: "…bien fuese que estos vecinos supiesen desde luego la causa o motivo de aquella muerte, bien que, con su natural ingenio la presumiesen o maliciasen, es lo cierto que desde luego y quizás antes de que la justicia lo averiguase, ya corría en la población la reseña de lo ocurrido, sin que faltase el más insignificante detalle…" Lorenzo consignaba en sus célebres apuntes históricos aquellos rumores y murmuraciones que se extendían por la ciudad acerca de la hipotética causa de la muerte del mancebo.
Carlos Cart (escrito también Carr o Car) era hijo del capitán Thomas Carr, mercader inglés, y de Beatriz Fernández, palmera. La relación adúltera que -según las "malas lenguas"- mantenía con una dama de alcurnia, Petronila Fonte y Lordelo -adolescente esposa del rico gentilhombre Juan Massieu de Vandale-, hacía presagiar el peor de los destinos para el muchacho. El asunto era ya del dominio público. Efectivamente, este casamiento traería nefastas consecuencias para don Juan, debido a que la presunta infidelidad conyugal de su esposa resultó ser cierta: ésta se veía clandestinamente con el joven Carlos.
Hay que trasladarse a aquella época para comprender las terribles consecuencias que el adulterio causaba en el honor de un matrimonio de prestigio como aquél. Petronila, como veremos, fue víctima "a la postre, de una sociedad e la que imperaba la posición patriarcal y los intereses y conveniencias de la familia, a la cual su marido la superaba en 22 años".
Recordemos que Juan Massieu de Vandale y Monteverde (1671-1739), natural y vecino de Santa Cruz de La Palma, era hijo de Nicolás Massieu Vandale y Rantz y Ángela de Monteverde Ponte y Molina. Nicolás, su padre, había sido capitán de infantería de las Milicias y alguacil mayor de La Palma y había fundado la ermita de San Nicolás de Las Manchas. Juan era el primogénito de la poderosa familia. Para tener una somera idea de la importancia de esta saga en la sociedad de entonces, digamos que sus hermanos eran: Manuel, célebre doctor en Leyes, Arcediano de Canaria y deán; María Josefa, mecenas y benefactora de la Cofradía de San Pedro de El Salvador y fundadora de la ermita del Señor de la Caída; y Pedro, considerado una de las personalidades canarias más relevantes de la primera mitad del siglo XVIII, miembro del Consejo de Su Majestad, poderoso Oidor de Sevilla…
Juan había seguido la carrera militar, ostentando la graduación de capitán de infantería cuando se vio inmerso en la causa criminal por la muerte alevosa del joven Carlos Cart.
Se había casado a los 36 años en La Orotava con Petronila Paula Fonte y Lordelo, de 14 años, natural de esta Villa tinerfeña y procedente también de una rica familia aristocrática. Recordemos que el compromiso matrimonial solía hacerse entre personas de linaje y calidad, motivada por motivos familiares y de interés nobiliario, etc. El padre de la dama era Felipe Fonte Jácome de las Cuevas, capitán de caballos corazas de los Tercios de Flandes y maestre de campo de infantería de Tenerife.
Muchos eran los rumores que corrían por la ciudad acerca de la supuesta infidelidad de doña Petronila. Era público que esta poderosa dama tenía una relación extramarital con Carlos Cart. Don Juan Massieu -a pesar de que este peliagudo asunto ya se transmitía rápidamente en un rumor popular que corría en boca de todos- no creía estos chismes malintencionados que pretendían destruir su sólido matrimonio, fruto del cual tenía feliz descendencia, grandes riquezas, muy buena fama y mejor reputación. Se decía que todo era fruto de los celos que su mundo levantaba a su alrededor y que se trataba simplemente de una malévola campaña de desprestigio hacia su envidiada familia. Sin embargo, el asunto llegó a tales niveles, que alguien del círculo cercano de don Juan tuvo que hacerlo entrar en razones y revelarle el crudo secreto, muy a su pesar: su deshonra era ya pública.
Si bien Lorenzo Rodríguez informaba de que se trataba de "un amigo íntimo" el que le abría abierto los ojos, Pérez García escribía: "alertado don Juan Massieu por uno de sus criados de las visitas furtivas de Carlos Cart a su casa cuando él estaba ausente de la ciudad…" Yanes narra con detalle cómo había sido su esclavo negro el que, estando en la hacienda de Velhoco, no tuvo más remedio que sincerarse con su amo: " Mi amo, tengo que decirle una cosa muy grave […] Es que me creo en el deber y hasta en la obligación de advertirle que su mujer lo está engañando con un hombre, lo que he podido comprobar espiándola, y por ello se lo digo ahora ya". Siguiendo con esta última narración, colérico, el señor, zarandeando al criado, lo amenazó con quitarle la vida si aquello fuese sólo una calumnia. Estaba decidido a cualquier cosa con tal de que su honor y su reputación no quedaran en entredicho.
A medida de que sus dudas empezaron a hacer mella en él ante la historia detallada sobre la traición de su adúltera consorte, optó por urdir un plan junto con su esclavo. Su forma de ser le obligaba a convencerse por sí mismo, antes de actuar, a pesar de que la incertidumbre lo asaltaba.
De esa forma, fingió hacer un viaje al campo durante varios días. Su propósito era -siguiendo la hipótesis de Lorenzo- regresar a su casa en la noche del mismo día de su marcha. Para Pérez García, sin embargo, el noble "había aprovechado una estancia en su hacienda de Velhoco para regresar de improviso a fin de comprobar la veracidad de lo que le habían informado". Yanes detallaba el recorrido del amo y esclavo. Así, este cronista y marino, escribió el itinerario seguido hasta llegar a Velhoco. Ascendieron por la Cuesta de Calcinas, adentrándose en el "todavía hoy llamado Camino Viejo, cuesta arriba, para no llamar la atención". Continuaba informando de que, una vez se hizo de noche cerrada, se echaron "fuera del camino y se dirigieron a un lugar oculto, previamente elegido, en donde estuvieron esperando algunas horas hasta el momento en que el negro creyera oportuno regresar". Deshicieron entonces el camino, descendiendo por las cuestas hasta llegar frente a su mansión.

