El lunes de esta semana que termina como un mal sueño, Antonio Manuel Díaz volvía a dar una lección de vida. Estábamos en su casa sentados frente a frente, evocando anécdotas simpáticas y charlando de esto y de lo otro, cuando me confesó con un hilo de voz que lo que más le contrariaba era que el cuerpo no respondiese al impulso incesante de su cabeza, siempre en ebullición. "Vaya una lata: tengo un montón de proyectos por delante y ni siquiera puedo mover los brazos", se lamentó con las cejas levantadas, haciéndome partícipe de su desasosiego. Le costaba respirar y sin embargo se encontraba en la plenitud de una sabiduría indestructible. Se sabía moribundo y sin embargo quería revisar papeles viejos, escribir un artículo, tramar un libro de memorias, llamar por teléfono a un amigo, ordenar el archivo de fotografías… En aquel momento me pregunté cuántas vidas harían falta para colmar el espíritu de lucha de un solo hombre libre, cabal e insobornable.
El ejemplo de Antonio Manuel Díaz Rodríguez no dejará de sobrecogernos, tanto por la fuerza de sus muchos empeños filantrópicos como por la honestidad de su palabra precisa y bienintencionada. Qué sentido de la lealtad, qué elegancia en el trato, qué claridad de ideas, cuánta sensatez ante los problemas de su tiempo y su gente, cuánto arrojo en la estrategia de resistencia frente a lo que no se considera justo. Qué admirable capacidad de trabajo en diferentes frentes pero en la misma línea de compromiso. Y qué manera de dar la vara a quienes atentan contra el patrimonio natural de nuestra asombrosa ínsula Barataria (por eso, porque con su ecologismo elemental daba la vara anteponiendo la verdad a las falacias que rigen el politiqueo, hace un año fue expulsado sin previo aviso del Patronato Insular de Espacios Insulares: otra medalla más -la última y acaso la que más nos hiere con su brillo en los ojos- para el palmarés de un corredor de fondo).
Así y todo, la sombra de Antonio Manuel se mantiene en pie, y hasta puede mover los brazos para escribir artículos y libros, porque detrás, es decir hoy y mañana, a nuestro alrededor queda latente el relevo de muchos paisanos de su misma cuerda que saben lo que es arrimar el hombro en las buenas causas y, a pesar de los pesares, se resisten a tragar ruedas de molino. En estas horas de duelo nos reconforta comprobar cómo se alza la conciencia crítica de científicos como Arnoldo Santos, Felo García Becerra o Juan Francisco Capote, capaces de analizar y amar al mismo tiempo la realidad confundida en que nos movemos. También hay economistas, y poetas, y empresarios, y periodistas, y obreros, y… ¡hasta políticos! que miden con tiento los pasos hacia el progreso anhelado: mucha gente alérgica a la farfulla y al cambalache, mucha gente dispuesta a descubrir y a defender las verdades como puños que debieran definirnos.

