Esta mañana ha muerto María Lola Felipe y el mundo, de repente, se ha estremecido con razón. Digo el mundo y digo el aire calimoso de este enero de pacotilla que no se parece a ningún otro enero, y digo las hojas sin brillo del único laurel de indias que pervive en la Plaza de Santo Domingo, y digo el ritmo lento de una ciudad cada vez más amodorrada en la autocomplacencia y en la apatía que tan a menudo se confunde con la serenidad.
María Lola Felipe, fecunda como un siglo y últimamente amparada por la desmemoria, se ha llevado buena parte de una época de promesas que empujaron a varias generaciones a tirar adelante cuesta arriba. Desde muy joven se convirtió a conciencia en una mujer adelantada a su tiempo -el anuncio del intento de revolución femenina que aún sobreviene- sin renunciar a la dulce intrepidez de las madres palmeras, infatigables en el cuidado de su camada (María Lola fue muy madre, y muy abuela, e incluso muy bisabuela). Muchos la admirábamos por la sinceridad sin fisuras de sus palabras de camarada y por el punto de alegría y arrojo que la obligaba a coger el toro por los cuernos ante cualquier lance, como la heroína romántica que era: requeteguapa, libérrima, generosa, roja y cristiana a partes iguales, azote para carcas e hipócritas, vitalista con sus pulseras tintineantes de princesa que se sale del cascarón. No por capricho detestaba el lado perverso de la realidad, de ahí que no dejase de rebelarse contra las añagazas con que los opresores y los frescones se llevan el gato al agua a costa del esfuerzo ajeno.
Por eso creemos todos que, si es cierto -como en su día dijo Wojtyla- que el cielo no es un lugar físico sino una relación personal con Dios, y que -como ahora proclama Ratzinger- el purgatorio no es sino fuego interior, María Lola ya ha ganado con creces su paso a la eternidad de los justos. Aun así, me gusta imaginar que se mueve a sus anchas y para siempre entre nubes de verdad como las que atraviesan los aviones, en el azul pavón de la gloria, purísimo como el de sus propios ojos de niña que supo amar con grandeza cuanto se debe amar con grandeza.

