El extinto convento de Santa Catalina de Siena (II)

 Fraga nos da noticias de la dote de María de San José Silva: "sepan quantos esta carta vieren como Bernardo Manuel de Silva Artista Pintor y Juana Gonsales Viscaina mi mujer…= otorgamos por esta presente carta y desimos que por quanto Maria de San Joseph, nuestra hija lexitima entro a ser Religiosa en este Convento de Señora Santa Catharina De Sena…"

 Existen varios lienzos de un hijo de aquél, Juan Manuel de Silva (1687-1751), que representan a Santiago Peregrino, San Cristóbal y a los Arcángeles Gabriel y Rafael, figuras aisladas, que caminan como si formaran parte de un cortejo procesional. Se encuentran en la ermita de San Sebastián de esta ciudad y proceden del extinto y vecino monasterio de Santa Catalina.

 Hubo más donaciones por parte de las familias más prestigiosas y adineradas de la ciudad. Así, Isabel María Smalley  -segunda esposa del Teniente de Dragones, Francisco de la Guerra Solórzano-, en sus últimas voluntades, mandó para adorno de dicho convento "una lámpara con la pintura de un Ecce Homo en su marco dorado". Así lo dejó escrito Andrés de Huerta Perdomo en 1753. Otro acaudalado caballero, Rafael Smalley, natural de Londres, sufrió el embargo de sus cuantiosos bienes en cumplimiento de lo dispuesto por el Rey con respecto a los súbditos extranjeros residentes en España, sobre todo ingleses y holandeses. Sus dos hijas habían ingresado en las "Catalinas", Gregoria de San Rafael y  María Feliciana de San Mauricio. Había tenido que pagar por sus dotes 12.600 reales, destinados por la Priora a la fábrica de la nueva capilla mayor y sacristía; la celda para las "susodichas con sus altos y bajos y un patio y cocina y corredor (…) y con su ventana a la calle" la compró a Francisco Tomás Van de Walle en 2.200 reales.

 Juan de Sotomayor Topete, Maestre de Campo de Infantería de Milicias, Castellano del Principal de Santa Catalina, etc., hizo a su costa el altar de Santa Rosa de Lima en el convento, obligándose a tenerlo siempre con el adorno y decencia necesarios. La comunidad, después de su muerte, por no haber otorgado en su momento la oportuna escritura del convenio, lo hizo a favor de sus hijos y herederos. Estos ratificaron finalmente la obligación a la que estaban sujetos,  con el compromiso de dar 200 reales para que se dijera una misa cantada al año en el día de la onomástica de la santa en su propio altar. La Priora y demás religiosas, por su parte, autorizaron a los interesados a poner un escaño para los hombres de la familia en el espacio que quedaba entre dicho altar y el presbiterio y para las mujeres y hermanas, un asiento en la tarima. Esta curiosidad la redactó Pedro de Mendoza Alvarado en 1698 para el Archivo Notarial de la ciudad.

 Pedro Salazar de Frías hipotecó una propiedad en 1681 a beneficio de María de Santa Rosa, monja novicia, "por ser pobre y no tener caudal para su dote", al hacer sus votos solemnes, e impuso "6.000 reales de principal a censo redimible a cinco por ciento."

 Es curioso reseñar el nombre del que fue Patrono, de entre varias iglesias, conventos y ermitas, del de "Santa Catharina de Sena de Religiosas Dominicas": Juan Domingo Antonio de Guisla, Boot, Vandewalle, Cervellon, Sotomayor, Vandale, Monteverde, Salazar de Frías, Abreu, Rexe, Corbalan y Lugo, caballero profeso de la Orden de Santiago, Marqués de Guisla Guiselin, Señor de Wesembeck y Ophen de Flandes, etc.

 Con la "Desamortización" del ministro Mendizábal, los centros femeninos corrieron distinta suerte al de los masculinos. Así, el de las Dominicas de Santa Catalina de Siena, fue concedido por Real Orden de 15 de febrero de 1842 al Iltre. Ayuntamiento de Santa Cruz, reutilizándose como "Cárcel del Partido". Parte del monasterio y la iglesia fueron demolidos para comunicar la calle "Virgen de La Luz" con la de "San Sebastián" y construir en la plaza el ya emblemático "Teatro Circo de Marte" por una Sociedad creada al efecto. Finalmente desapareció todo el conjunto. El de Santa Clara de Asís se dedicó a hospital y cuna de expósitos y actualmente sólo se conserva la iglesia, denominada de Nuestra Señora de Los Dolores, cuya primitiva advocación era Santa Águeda, la olvidada patrona de la ciudad. Otras obras de importancia en la "Villa del Apurón" fue el ensanche del muelle en detrimento de sus fortalezas, también el de Vandale, destrozando la zona colindante de la ermita del Cristo de La Caída, etc. En el  XIX, siglo de contrastes para la ciudad, se iniciaron reformas e iniciativas que incidieron, tanto en su estancamiento como en su progreso.

 La infraestructura religiosa fundamental era la parroquia. Las bodas, los bautizos, "las ceremonias de la vida y la muerte", etc. tienen en ella su centro y es uno de los motores de la vida urbana. Los conventos de las órdenes mendicantes son los dos elementos dinamizadores de la vida religiosa. Sus iglesias son alternativas a la parroquia de fundaciones piadosas. Hasta 1597 no se piensa en fundar un convento de monjas, "ansi para el servicio de Dios como para el consuelo de los vecinos que tuvieren hijas".

 El cabildo de la isla, al impulsar las órdenes femeninas de este tipo, se nos presenta como deseoso de regular la población y crear una institución que recoja a aquellas damas solteras "cuyo irremediable destino era casarse con Dios".

 La comunidad de religiosas dominicas, al igual que el resto de conventos de la ciudad, se involucraron de lleno en las actividades sociales y espirituales de la misma. Hay numerosos datos que nos han llegado de crónicas que así lo acreditan. Un caso curioso sucedió cuando uno de los extranjeros comerciantes residentes en La Palma, Juan Martín -de nacionalidad inglesa, protestante-, sintiéndose cercano a la muerte, se convirtió a la religión católica. Fue confesado por el Lcdo. Melchor Brier y Monteverde, Vicario de esta isla. Se encontraba en ella también el Obispo de Canarias quien visitó al enfermo en su propia casa y le administró el Sacramento de la Confirmación. El converso inglés falleció el 23 de febrero de 1676 y las monjas catalinas junto con el resto de congregaciones, el Clero y Hermandades participaron activamente en el funeral "con las hachas encendidas y gran concurrencia del pueblo

 Otros ejemplos fueron las "Exequias Reales", solemnidades en las cuales también las "Catalinas" participaban fervorosamente. Así ocurrió, el 11 de noviembre de 1689, cuando se celebraron los funerales en honor de la Reina doña María Luisa de Orleáns, mujer del Rey Carlos II de España; el 22 de diciembre de 1696 por la Reina doña María de Austria y el 23 de diciembre de 1700 por el Rey Carlos II. Se hacían las oraciones fúnebres, los cánticos y el "Te Déum" con asistencia del Cabildo, las Comunidades Religiosas, los Venerables Curas y Beneficiados, etc.

 Siguiendo con las curiosidades históricas concernientes a este cenobio femenino y su relación con la prestigiosa Familia de los Silva, diremos que Bernardo Manuel quiso celebrar en la iglesia de este Convento, a principios del s.XVIII, a poco de morir su hijo José De Silva en "Indias de Su Majestad", un oficio de honras por su eterno descanso. Allí habían profesado sus hijas, como hemos dicho, cuya dote requerida "a las de velo negro fue tasada en 5.500 reales". Las monjas levantaron un túmulo "para dicha funsion", en medio de la capilla mayor, privilegio exclusivo de los patronos del monasterio. Esto causó la ira de Jerónimo Guisla-Boot, autotitulado Patrono. Éste recurrió al Provincial para que amonestase a la Madre Priora.

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