Juguemos a descubrir paisajes…

Se me ha ocurrido que podríamos plantear una especie de acertijo que invite a la lectura y a la participación facilitándonos al mismo tiempo la posibilidad de desvelar entornos próximos, quizás desconocidos para algunos, olvidados o simplemente despreciados porque nadie nos ha enseñado la forma de aclarar los ojos para poder verlos en todas sus dimensiones.

Para empezar este juego lo mejor sería una somera descripción anónima de un rincón de La Palma que por su paisaje, belleza e interés científico merezca la pena traer hasta aquí. Aunque simplemente sea para fortalecer nuestro conocimiento sobre esta bendita tierra o erradicar nuestra, a veces, endémica ignorancia de aquello que nos rodea. Posiblemente así se pueda despertar al viajero explorador que todos llevamos dentro, aunque por los tiempos que corren casi que me conformo con entreabrir la puerta al juguetón compulsivo y bonachón de nuestros primeros años.

Mi primera apuesta es para un lugar abierto, pleno de gracia, estable y leal que despliega toda su energía liderada por erguidos paladines predispuestos para contemplar las acometidas de Eolo y cómo éste eterniza su lucha contra los campos de tabaiba dulce derribadas contra el suelo.

Según me contó un afable señor de allí, ya por aquel tiempo muy mayor, este era un maravilloso entorno salvaje, con una monotípica belleza constituida por un hermoso y abigarrado tabaibal que en la década de los años 60 el hombre -de nuevo la ambición humana- desgarró de una sola acometida: casi toda la obra de miles de años de desarrollo genético quedó aniquilada cuando palas y camiones roturaron sus suelos y expulsaron de malos modos la vida que acogía este jardín septentrional.

Hoy son campos para el galope de algún despistado noble que en su trotar diario tiene que esquivar las miles de espinas de tuneras y piteras que mancillan sus praderas como recordatorio de la insensatez humana.

Aún así, presenta un innegable sabor natural acorralado por laderas de fuertes pendientes y una muda fortaleza que delimitan sus mágicas llanadas laceradas por las sorribas inconclusas de algún pelotazo añejo, respetuoso solo con su línea de costa. Esta muere en un descarnado acantilado de unos 20 metros de altitud que, como un balcón abierto al océano, nos muestra ocho perlas cristalinas cuyas aguas a veces deslumbran con el verde esmeralda de la maceración de frutos con nombre obsceno, que entre parrandas y jaranas sucumben embriagados, cada vez menos, en ventas y bodegas. En otras, las menos, sublime espectáculo que nos aterra con el estruendoso rugido del mar de fondo que se come hasta las piedras y nos baña con millones de gotitas que conforman el vital y al mismo tiempo corrosivo spray marino.

Es un sueño pasear entre las ensalitradas tabaibas. Dispersas por la costa, nos ofrecen su sombra mientras son observadas por manchones de salados, tomillos de mar y siemprevivas que en los secos y arcillosos suelos del lugar ven pasar y desperdigarse la bulliciosa fauna en forma de pequeños estuches de vida que saltan y corretean por doquier. Campos de evolución que tras los muchos años sufridos por el olvido, y a pesar de sus heridas, aún guardan innumerables secretos por descubrir.

Estimados amigos, he intentado describir el lugar con la mayor precisión posible. Si no descubren este entrañable paraje palmero, no se preocupen, probablemente sea porque mi torpeza no me ha permitido enaltecer toda su sutil belleza; pero si lo reconocen, seguro que les traerá recuerdos y les apetecerá volver a explorarlo. De todas formas, no se desanimen: el misterio se desvelará en breve.

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