"…La que es estrella de errantes, / la que es puerto de infortunios,
la que es arca de alianzas,/ la que es iris de diluvios,
la que es fuente, río y mar,/ la que es rosa y es ligustro;
a que al dragón tiene puesto /en la cerviz el coturno,
la que es oliva y ciprés, / la que es un cedro robusto,
que prende sus fuertes raíces/ en los que quieren ser suyos…"
Loa de 1690. Juan Bautista Poggio y Monteverde.
Ya en el teatro antiguo, la costumbre de loar a manera de prólogo, preámbulo o introito, fue una norma establecida que ha llegado a nuestros tiempos. Tenía lugar antes de dar comienzo a la representación de la propia obra y esta breve composición dramática servía como preludio.
Como sinónimos de loar encontramos: ensalzar, glorificar, enaltecer, honrar, exaltar, elogiar, alabar, halagar, aclamar, alzar… Está claro, pues, el objeto de la loa. Otra faceta era la de solemnizar a una persona ilustre, o un suceso notable; también servía de prefacio a los autos sacramentales. Fue el poeta Bartolomé de Torres Nabarro el que usó la loa en el siglo XVI.
El historiador palmero Fernández García nos informaba de que "la Isla de La Palma ha contado, desde lejana fecha, con una pléyade de músicos y poetas que han loado, con sus composiciones, los acontecimientos más sobresalientes de su isla natal". Así, la festividad del Corpus Christi ha sido una fuente inagotable de inspiración para el Arte. Bajo estas premisas, nació posiblemente, la honrosa y piadosa costumbre de cantar "las glorias de la inmortal María…" en su entrañable advocación de "Las Nieves".
Los orgullosos palmeros siempre han dado culto de veneración a su "Morenita" y es a ella a quién en tradición secular más le han cantado los músicos y poetas insulares. Santos Pinto también nos decía que "el pueblo palmero era muy aficionado a cantarle a la Virgen de Las Nieves por medio de loas".
"Entre estos dulces anhelos / así pasaban las cosas
cuando a tu ciudad hiciste / lo que a la noche la aurora
o lo que hacen a los mayos / los claveles y las rosas
cuando a tu pueblo con sólo / tu vista le galardonas,
que las luces de tus ojos / tanto premian como doran
cuando viéndote tus hijos /que a tus piedades te exhortan,
antes que exteriores muestras / los corazones te postran".
Loa de 1685. Juan Bautista Poggio Monteverde.
Es, precisamente Poggio Monteverde (Santa Cruz de La Palma, 1632-1707) -quien había tomado los hábitos de sacerdote en 1677 de manos del mismo fundador de la Bajada, el Obispo Bartolomé García Jiménez-, el autor de varias loas, sonetos, romances, canciones, comedias y carros alegóricos y triunfales que se representarían a lo largo de las sucesivas ediciones, hasta bien entrado el siglo XVIII. Fue poeta fecundo, tanto lírico como dramático, al que se le denominó el "Calderón Canario".
"¿Viste, gran Señora, cuando / sedienta una nube agota
exhalaciones al aire/ o al mar su plateada copa,
que tanto néctar le bebe/ y tanto humor atesora
que en tu preñez impedida/ los cristales desahoga
que se derraman en perlas/ y se vierten en aljófar
y que todo aquel caudal/ que el estío le ocasiona
en meteoros y flatos/ suda en lluvias caudalosas…?"
Pues, así, nuestro cariño/sediento de vuestra gloria
Que ha cinco años que acaudalas/Afectos que no reposan,
Excesos que no sosiegan/ y cuidados que le ahogan
De este aumento trabajado/ en copia feliz lo cobra
De súbitos y festejos,/e impaciente amor…"
Poggio Monteverde. Loa de 1683.
Cuando el mencionado prelado funda las Fiestas Lustrales en 1676, ya existían loas sacramentales inspiradas en los autos que escribieron literatos como Calderón de la Barca, Tirso de Molina o Lope de Vega. En este marco, Juan B. Poggio Monteverde es el primer palmero de inspiradas y fecundas letras de las loas marianas en honor y gloria de la Gran Señora de La Palma.
Conocido es que, durante el reinado de Carlos III, se prohíbe en el siglo XVIII la representación de los autos sacramentales y comedias en toda España. Desoyendo el mandato regio, en La Palma, sin embargo, los amados autos de temática mariana pasan a denominarse alegorías o carros alegóricos y triunfales. García Martín nos recordaba que "con esta sencilla trampa nominativa, la tradición continuó en nuestra Isla". El ilustre vecino (Santa Cruz de La Palma, 1946) y gran aficionado a la música ha llevado y lleva a cabo una ingente labor de recopilación de toda la música compuesta por toda la isla a fin de que no se pierda. Pérez García decía que ésta es una labor "a la que ha dedicado más de treinta años de su vida y fruto de ello es su archivo musical de enorme riqueza".
Antonio Abdó nos informaba de que "es de notar la gran carga teatral que domina las celebraciones en torno a la Bajada de la Virgen de Las Nieves (…) Se habla de loa, carro, mimo, títeres, arias, música en general (…), teatro de autómatas, sombras chinescas. Ya hemos visto que, en sus comienzos, las loas de Poggio introdujeron una costumbre que fue arraigando hasta el punto de que sin temor a equivocarnos podríamos afirmar que estas fiesta han generado el mayor corpus de textos teatrales del archipiélago".
Las loas en honor a la querida "Virgen Negra de La Palma" eran interpretadas, generalmente, por niños vestidos de ángeles, con largas túnicas o hábitos todos de un color blanco impecable "a imitación de la nieve". Así, como nos recuerda don Antonio Abdó, la loa del "Recibimiento en Señor San Salvador", representada en el interior del suntuoso templo matriz durante las celebraciones de la Bajada de 1765, fue ejecutada por "… quatro niños que cantaban y dos que representaban, a lo que acompañaba el coro de música que se componía de cinco voces de niños que se paseaban en dos tribunas formadas sobre dos arcos del crucero, al vaxar el sardinel del Pavimento, a el acorde son de dos violines, arpa, órgano, clave y dos vyolines…".
Lamentablemente, debido al extravío de algunas hojas del manuscrito original, concretamente las referentes a la procesión de la Bajada y entrada de la Virgen en la ciudad en 1815, sólo se puede leer lo siguiente en cuanto a la narración y descripción de la loa en El Salvador:
"… pues lo bueno de sus voces, la propiedad de sus acciones, lo rico y propio de sus túnicas y alas, todo a la verdad se reunió en un punto. Concluida que fue la música, se cantó la misa con mucha solemnidad…"
En la Bajada de 1765, un autor anónimo escribía lo siguiente:
"… Se representó una loa por un niño de dose años, vestido de jilguero, tan hermosso que parecía que las manos no havían hecho su vestuario, pues con su banda de Plumas desde el cuello hasta la cinta y tocado de lo mismo, parecía entre unos Ramos por donde salió / en lo alto, una cossa celestial, el qual comenzó su loa cantando, a el alegre compaz de diferentes instumentos de esta manera:
Salga la hermosa Aurora y alegre con su riza
quanto dora en los campos la hermosa luz del día.
Jilgueros, al prado, y en dulce porfía
cantadle primores, decidle delicias.
Salga, venga, dore ría.
Dulcíssima Aurora bella,
feliz anuncio del día
que haces dos veces festivo
con tu esplendor y tu riza…
Dixo, y dejó a los oyentes tan admirados de su gracia y donosura, que fue llanto el para bien por el gusto de averse oydo cantar tan graciosamente, siendo la primera loa que el niño ejecutaba; y luego baxó y acompañó a la Santísima Virgen hasta la parroquial…"
"… Ningún sitio de La Palma está tan consagrado por el veredicto de la Historia. Cuando se llega a él, por medio de un raro sentimentalismo, nos parece la Imagen de la Virgen, un reflejo de la que en la Gloria vive y reina entre los ángeles que cantan la Majestad de Dios. ¡Tan hondo es el influjo que Ella ejerce en las almas de sus devotos! En esta esmeralda del Atlántico, que el sabio Humboldt (1769-1859) calificó como el sitio de mejor clima del Mundo, tan alta que, en proporción a su tamaño, ninguna la supera, la Madre del Divino Verbo reinará hasta la consumación de los siglos. Ante la belleza de su rostro, no pensamos en el feliz mortal que lo creara, sino en los sacrificios, inquietudes, desvelos, amarguras y llantos de los seres que han orado a sus Pies. En este corazón de roca, fraguado por un capricho de la Naturaleza, entre los dos Hemisferios, Ella es la más radiante Luz; en esta nave de piedra que el mar ciñe con sus presillas de espuma, señalando rumbos intercontinentales, Ella es la Capitana… Ella es la más pura rosa…Bálsamo en nuestros infortunios, Iris de gracia, Alba de Ventura y símbolo de perfección…"
¡Aquí la Reina eres tú! Félix Duarte, 1985
Jesús Pérez Morera también nos recuerda cómo la loa del "Recibimiento en la monjas Cathalinas" se escenificó también en aquella iglesia conventual , hoy inexistente, "cantando a un tiempo el coro de Religiosas y dos Ángeles delante de la Reja, sobre una tribuna":
"Música
Ángel 1: ¿Quién es ésta, que llega con lucez tantas?
Ángel 2: Es la Nieve Divina.
Ángel 1: No, sino el Alva
Tropa : Pues de ausencias, destierra sombras bastardas
No es sino el alva, no es sino el alva
Ángel 2 : ¿Quién es ésta que huellas de armiños mueve?
Ángel 1 : Es el Alva Divina.
Ángel 2 : No, sino Nieve
Tropa : Pues el alva en sus ampos delicias bebem
No es sino Nieve, no es sino Nieve
Dúo : Mas si de ampos y luces su ser exmalta,
Aunque es nevada Aurora, Nieve es de alvada.
Tropa : Pues sea bienvenida, pues sea bien llegada
La nevada aurora, la nieve de alvada…"
El mismo profesor palmero nos informa de que el Libro de Gasto del ex cenobio dominico detalla el pago, en febrero de 1765, de 14 reales por "azúcar y almendra para el anís que llebaron los ángeles en las salvillas y dos libras que se dieron a los ángeles quando acabaron la loa". Por último, la loa primera de Despedida a la Virgen se ejecutó a la salida de la ciudad, bajo un gran toldo que cubría al público, en un "theatro, en el qual se reprecentó una loa por dos niños vestidos de ángeles mui tiernos". Finalizada la obra, prosiguieron los ángeles delante de la "Señora, llevando en una fuente una corona hermosa y ceptro de alcorza".
"Silencio, Silencio;
que ya rompió el alba
al azul zafiro
los velos de nácar.
Divina aurora sale,
Porque otro sol augusto
A su beldad debiese
La cuna y los arrullos.
La luz es, en cuyos rayos
Mi amor encendió sus llamas,
Sin que el aire de cinco años
Haya podido apagarlas.
Adore amor la nieve
Cuya deidad produjo
Sagrada hoguera fértil
De cándidos diluvios…"
Loa, 1765. Antonio Rippa

