En algún periódico he leído que Pilar Rey y Antonio Abdo -Antonio Abdo y Pilar Rey- se jubilan, al parecer oficialmente y por culpa de la chinchosería burocrática de la edad. Según el Diccionario de la Real Academia, hubo un tiempo en que "jubilación" significaba "júbilo", y digo yo que aquí vendría al pelo la vieja acepción porque Antonio y Pilar -Pilar y Antonio- se van tan panchos, satisfechos y felices como siempre, con el convencimiento de que han cumplido en lo que debían y mejor sabían hacer, nada más y nada menos que teatro -eso que tanto nos emparienta y define a los palmeros, adictos a la novelería, a la oralidad, al recuento de anécdotas, historias y recuerdos, sean precisos o no-. De cualquier manera, resulta inevitable que todo guerrero, incluso el más reacio a bajar la guardia, tarde o temprano necesite su descanso.
En todo caso Pilar y Antonio -Antonio y Pilar- por lo pronto sólo dejarán a un lado sus responsabilidades en la Escuela Municipal de Teatro, que fundaron y dirigieron desde 1981 a petición del alcalde Antonio Sanjuán, ¡hace ya casi seis bajadas de la Virgen!, y con la cual cosecharon un sinfín de éxitos dentro y fuera de Canarias (aún recuerdo el impacto que entre los críticos teatrales de los principales diarios españoles produjo su montaje de La dama boba en el Festival de Teatro Clásico Juvenil de Almagro, de donde por cierto se trajeron los más importantes premios durante dos o tres años consecutivos). Con un proyecto docente ultramoderno, imposible en el páramo del franquismo, esta pareja de actores venía a materializar uno de los valores más deseados de la democracia recién instaurada: la asunción de la cultura como un derecho y más aun como un gozo que había que compartir entre los diferentes estratos sociales. Por ello desde su mismo arranque la Escuela de Teatro Municipal se convirtió en un hito de los tiempos de transición, una prueba de lo que debía ser la propagación real de la literatura y, en fin, un foco de emisión de sensibilidades liberadas y liberadoras. Antonio y Pilar -Pilar y Antonio- practicaban a diario en el aula y en la calle una nueva forma de interpretación, es decir una nueva forma de tomarse la vida: a bocanadas, con entusiasmo y alegría a raudales, pero a la vez con espíritu crítico y rigor técnico, respetando la soberanía y la originalidad de los ciudadanos a los que dedicaban tantos desvelos. Así, no ha de extrañarnos que su proyecto pedagógico fuese analizado, y copiado, por políticos y funcionarios de grandes capitales de la Península.
Seguro que al margen de esta labor -ahora continuada por el actor Paco Paredes-, Pilar y Antonio -Antonio y Pilar- se mantendrán implicados en algunos de los incontables proyectos teatrales y editoriales con que desde siempre han canalizado su portentosa energía creativa. Me consta que, erre que erre, con el mismo ímpetu de sus inicios, siguen organizando el Premio "Félix Francisco Casanova", investigando entre manuscritos antiguos y actuando en recitales poéticos, festivales de narración escénica, obras de teatro y musicales, películas de ficción y documentales televisivos.
Sin embargo, no es esta la única demostración de perseverancia que se les conoce y por la cual se les admira. Hay otra faceta en la que destacan sobremanera y cuyas virtudes no puedo ni debo pasar por alto: Antonio y Pilar -Pilar y Antonio- son, más que ninguna otra cosa en el mundo, la naranja perfecta dando vueltas sobre sí misma hacia la felicidad, premio sólo al alcance de la gente buena. Sí, la naranja. La redondez del amor cómplice, físico, químico, espiritual, morrocotudo.
Y son, además, el trébol de cuatro hojas. Y la tea de que estaban hechos nuestros abuelos. Y el lametazo del sol desde la Avenida Marítima. Y el sorbo de cerveza un día de calor. Y el verso emocionante de Pedro García Cabrera. Y el ripio de Zorrilla que provoca risa y ternura. Y el dúo descacharrante de Nicasia y Perico en La Dolorosa. Y la declamación en un carro alegórico y triunfal, sobre todo triunfal, de Luis Cobiella. Y la elegancia de los oriundos del Líbano y la socarronería irreductible del barrio de San Telmo, cumbre de ese humanismo vitalista al que en todo momento aspiran con éxito, si es preciso pasando por encima de convenciones y clichés tan manidos como el de la paralización del jubilado.

