Desde siempre en nuestros campos y bosques ha existido una magnífica variedad de recursos que podían saciar el hambre de nuestros paisanos. En tiempos pasados, y en unos pocos casos, estos bienes fueron aprovechados hasta tal extremo que se extinguieron (o casi). Muchos de ellos se han salvado "por culpa" de nuestra cultura, ya que no sabíamos reconocerlos y apreciarlos. Este desconocimiento hacía que algunas plantas, setas y animales, aun siendo comestibles, proliferaran por doquier, languideciendo en nuestro entorno sin ser recogidos y favoreciendo así la creación de nichos que a su vez eran aprovechados por múltiples especies, como las de los insectos. Un ejemplo de esto son las setas y los hongos, seres vivos que además ayudan a crecer a las plantas y reciclan la materia orgánica del suelo. Hablo de todo esto porque llevo desde hace tiempo buscando unos escarabajos que viven sobre y dentro de determinadas setas, las cuales se han hecho tan raras que ahora no encuentro "mis bichos".
Quizás esto se deba a que desde hace unos años el uso recreativo de nuestros bosques ha crecido de manera considerable, probablemente por el aumento del nivel de vida que se ha experimentado en las últimas décadas. Con ello se ha fomentado, entre otras acciones, el consumo micológico de fin de semana, una actividad lúdica que supone que cientos de recolectores accedan libremente a los montes para recoger setas durante el otoño e invierno.
Este auge de la micología se viene notando desde hace unos veinte años, cuando se publicó en 1999 el magnífico libro "Las setas de La Palma". A partir de ahí se comienzan a realizar cursos y conferencias y se crean asociaciones que favorecen el conocimiento de nuestros campos y de nuestra biodiversidad (hoy en día se sabe que hay más de 2000 especies de setas conviviendo con nosotros). Todo esto es fabuloso.
Pero en nuestro afán -a veces desmedido- de pasarlo bien y disfrutar de la naturaleza hemos ido al otro extremo, pues se realizan muchísimas salidas al campo buscando y arrancando -a menudo sin control- estos tesoros culinarios. Por eso estamos llegando a un punto tal que lugares donde antes nuestras setas y hongos eran muy frecuentes, podríamos decir que casi banales, se han convertido en verdaderas rarezas. Así, debido a la enorme presión humana, estamos empujando a la desaparición a los antes abundantes boletos, nacidas, níscalos y cantarelas.
Asimismo, desde las administraciones se ha invertido tiempo y dinero en promocionar oficios (cultivos de setas y hongos…), realizar ofertas turísticas (páginas Web de promoción,…) o fomentar una actividad recreativa (actividades guiadas en zonas recreativas por educadores de medio-ambiente) para luego no regularla y abandonarla a su suerte (algo que lamentablemente ocurre con frecuencia). Por eso pido desde aquí a todos los que tengan la costumbre de buscar setas que sean defensores del medio y muy respetuosos con el lugar donde practican esta afición. No deberíamos llevarnos todas las setas, habría que dejar algunas para que liberen sus esporas; también habría que respetar aquellas especies que no tengan valor culinario o que desconozcamos, no removiendo la capa de mantillo que cubre el suelo, ni escarbando para no dañar los micelio; de lo contrario dificultaríamos que nazcan nuevas setas. A veces pienso si no será mejor que, en vez de salir a disfrutar, conocer y valorar nuestros ecosistemas, nos quedemos en nuestra casa viendo los documentales que dan por la tele y así evitar tanta presión y desorden en nuestros campos.
Igualmente, esta actividad no tiene un valor de mercado bien determinado, por lo que se desconoce el costo económico real. Por eso opino que se ha de invertir en conocer y difundir esta información, ya que puede ayudar a la toma de decisiones en la gestión forestal y en la regulación del uso público de los bosques. Creo que desde la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, junto con la de Medio Ambiente y Ordenación Territorial, se debería auspiciar una normativa por la que se regule la recolección de setas y otros hongos -como la tienen otras Comunidades Autónomas- y que permita al mismo tiempo proteger a otras muchas especies que coexisten con estos seres vivos.

