EL MAR TRAMOYISTA

Era una festiva jornada de pesca, con una hermosa mañana en la que soplaba una ligera brisa del norte que refrescaba el ambiente y nos curtía la cara; al mismo tiempo, el mañanero Sol se elevaba tras el Teide despuntando con sus primeros rayos. Entre tanto nos asomábamos a riscos y acantilados mientras discurríamos por laderas volcánicas que caían con amenazante verticalidad hacia el mar, sorteábamos barrancos y laderas siempre en busca de nuestro nirvana particular con la ilusión de capturar ese quimérico pez soñado. Simultáneamente divisábamos ese diáfano océano de sugestivas historias e infinitas promesas que en breve nos arroparía. Pero ese día, conforme nos acercábamos a él, nos ofreció, una vez más, uno de esos recuerdos que no se borrarán jamás. De repente, y sin previo aviso, el mar crujió, ofreciendo una increíble manifestación de vida que al mismo tiempo derrochaba muerte: ¡miles de hambrientos bonitos saltaban al unísono sobre pequeñas y asustadas sardinillas! Por un momento el silencio se apoderó de nosotros, ni siquiera parpadeábamos para no perdernos ni un segundo de esa estimulante exhuberancia vital que nos acababa de brindar nuestra costa. Inmediatamente, unas nerviosas carcajadas acompañadas de un "joder, tío, ¿viste, qué increíble?" rompió nuestro silencio. Finalmente, nos miramos todos con ingenua incredulidad ante un hecho realmente extraordinario que muy pocos han visto.

            Animados por tan grandioso espectáculo bajamos rápidamente hasta la recortada orilla, nos enfundamos los equipos de pesca submarina y nos lanzamos a un Atlántico que nos acogió, como casi siempre, con aguas frescas y transparentes. Nadamos compulsivamente, como verdaderos fanáticos tras su ídolo. Cuando llegamos al lugar, la naturaleza nos tenía reservada una nueva y maravillosa sorpresa constituida por una delicada cortina de iridiscentes escamas que caían lentamente como un maná hacia los fondos abisales.

            Poco a poco fuimos despertando de aquella maravillosa ensoñación y cada uno de nosotros empezamos a vigilar nuestras posibles presas. Dos brazadas, un golpe de riñón y me sumergí al avistar una hermosa salema, que por instinto mantenía las distancias conmigo obligándome a un largo y tangencial disparo. Al rozarla el arpón, se levantó una nube de escamas que brillaron ante mis ojos, de nuevo atónitos. Tiempo suficiente para la huída del pez que en décimas de segundo buscaba refugio en una oscura y estrecha grieta. Conforme me acerqué a la hendidura, aún absorto por todos los recuerdos de lo acaecido, una enorme y afilada boca de apretados y cónicos dientes surgió desde su interior. Dentro de ella se veía al pobre pez debatiéndose entre la libertad y la muerte. Un inmediato y estremecedor crujido me indicó que la balanza se había inclinado hacia el fin.

            Con la piel erizada por el frío, castañeándome los dientes y con amagos de calambres por el agotamiento, mi cuerpo comenzó a nadar hacia la orilla; sin embargo, mi mente aún nadaba entre millones de escamas que como estrellas alumbraban el camino hacia las profundidades en busca de una Arcadia feliz. Mientras, arriba, el mar crepitaba.

 

            Deseo que para el 2010 cada uno de nosotros encuentre su nirvana particular para que converja en una Arcadia feliz.

Amigos, ha sido un placer compartir con ustedes todos estos meses de diálogos argumentados y silencios cómplices.

Felices Fiestas.

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