That is the question

El pasado 20 de noviembre Santiago Bethencourt Álvarez se despidió oficialmente del Instituto de Enseñanza Secundaria "Luis Cobiella Cuevas" -antes Instituto Nacional de Bachillerato "El Pilar"-, al que se entregó en cuerpo y alma durante treinta y siete años, veintitrés de ellos ocupando con solvencia el cargo de director. Felizmente prejubilado, Santiago hizo balance de su trayectoria ante compañeros, alumnos, padres y autoridades presentes en un acto institucional no exento de emoción. No podía ser de otro modo. En el acogedor salón del "Luis Cobiella", la presidenta del Cabildo, Guadalupe González -ex alumna de Santiago-, el alcalde de Santa Cruz de La Palma, Juan Ramón Felipe, la presidenta de la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados, Isabel Coello, y la directora general de Promoción Educativa, Pilar Díaz, manifestaron el reconocimiento ciudadano ante los méritos de un funcionario intachable que tuvo que vérselas y deseárselas frente a toda clase de imponderables en los tiempos de la transición y, más aún, en el no menos complicado proceso de asentamiento de la democracia. Esa misma noche, a los postres de una animada cena-homenaje, la inolvidable profesora Maribel Arrocha lo expresó de maravilla comparando a Santiago con don Quijote, siempre honrado y valiente en su "lucha desigual" contra molinos -molinos cuyas ruedas, por cierto, se negaba a tragar-. Porque en efecto, y doy fe de ello, Santiago nunca bajó la guardia frente al monstruo sin alma de la burocracia, como tampoco se dejó engatusar por los cantos de sirena de las ideologías y los partidismos, ni mucho menos pervertir por ese extraño síndrome de autosuficiencia, a veces soberbia, que hace creerse infalibles a quienes ocupan durante mucho tiempo un puesto de responsabilidad pública.
    Con su integridad, Santiago Bethencourt encarna, pues, el verdadero espíritu liberal -no el de boquilla- y el compromiso histórico de más de una generación de docentes que pasaron las de Caín tanto contra la tecnocracia del "tardofranquismo" como contra la del politiquerismo demagogo y economicista de los últimos años. Qué epopeya la suya: con los mínimos medios materiales hubieron de afrontar sin prisa pero sin pausa un proceso de cambio entre el blanco y negro de la dictadura y el color de la libertad. Ahí es nada. Nombro a Santiago Bethencourt y al punto evoco a mis profesores de primaria y secundaria, merecedores de las más encendidas palabras de gratitud. La suma de tantos esfuerzos personales hizo posible una España nueva, aseada, exigente consigo misma frente a los retos de la modernidad que deseábamos chicos y grandes, incluido el sueño de una Europa sin fronteras. En aquel período de transformaciones, no tan lejano y sin embargo ya medio velado por el fogonazo de la posmodernez que nos acosa y aturde, todos -los alumnos también- arrimábamos el hombro en una empresa común que exigía trato respetuoso y rigor en el trabajo de cada día. No debiéramos olvidar que esta gran gesta, una de las no muy abundantes señas positivas que adecentan la imagen de España en el exterior, todavía hoy sirve de modelo para cualquier país en vías de desarrollo. Lo que no deja de asombrarme es que el proceso se produjera no por las inercias habituales del poder, capaz de regenerarse incluso después de una larga dictadura, sino por efecto de una esperanza compartida que venía de muy abajo, de muy atrás. La gente (como bien dice Serrat, "detrás está la gente"), magullada por los golpes del pasado, quería tirar adelante. Así de sencillo.
    Por supuesto y por suerte la cosa ha cambiado, en todos los órdenes. España ya no exporta emigrantes con maletas roídas. Al fin podemos decir que disfrutamos sin complejos de aquel anhelado futuro de libertades. Sin embargo, ay, algo en nuestro interior chirría tenue pero constantemente ante este panorama soñado. Por fuerza nos hemos ido rindiendo a la evidencia de que la superación de unos retos entraña la aparición de otros. Por ejemplo, desde hace años, cada vez que empieza el curso, les pregunto a mis alumnos de segundo de bachillerato qué carreras piensan estudiar, y de un tiempo a esta parte me encuentro con que ninguno de ellos -cero patatero por ciento- se plantea dedicarse a la enseñanza. Más concretamente: no quieren ser profesores de Enseñanzas Medias. Ni de coña. Y ustedes se preguntarán: ¿por qué? Oh, me cachis, that is the question. ¿Por qué a nadie le apetece trabajar en un instituto? A menudo, sobre todo cuando escucho o leo opiniones -y exabruptos- sobre el gran chollo laboral de los profesores (en especial resuenan, por activa o por pasiva, las de la propia Consejera de Educación y sus palanganeros), repito en voz alta la misma pregunta: ¿Por qué a nadie le apetece trabajar en un instituto?
    Malos tiempos para la lírica y peores para la vocación docente.
    Lo único que espero, de momento, es que el estimulante ejemplo de Santiago no se diluya del todo en el desánimo de sus compañeros aún en el tajo, al menos no antes de que se reparen los baches, costurones y pifias de la ley de enseñanza o, mejor, no antes de que la sustituyan por otra más eficaz y sensata.

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