El viernes 6 de noviembre, durante la celebración de un acto oficial en la Casa Salazar, fueron nombrados "Embajadores de Buena Voluntad de la Reserva Mundial de la Biosfera de La Palma" nuestros admirados paisanos Antonio Manuel Díaz, Juan Francisco Capote y José Joaquín Hernández. Por basarse en el reconocimiento de indiscutibles méritos personales, el gesto institucional, además de dar publicidad al Consorcio que lo promueve, resulta aleccionador en tanto que remarca valores positivos de nuestra ciudadanía, ejemplos de los cuales son sin duda los tres homenajeados.
Nos alegra la noticia, por supuesto, pero sabemos que la repercusión de este tipo de honores simbólicos suele diluirse -entre otros buenos propósitos que a veces los representantes de las diferentes Administraciones proclaman con la boca llena- en el olvido o, peor, en la indiferencia. Claro que no siempre tiene que ser así. Al menos espero que en este caso concreto los representantes del Cabildo y del Gobierno de Canarias se hayan impregnado de la cordura de los homenajeados, corredores de fondo que no se arredran ante nada quizá porque la razón los asiste. No por casualidad en ese mismo acto el propio Antonio Manuel recordaba que la gestión de los dineros públicos requiere amplitud de miras, es decir, debe basarse en proyectos a largo plazo y por tanto en ninguna circunstancia puede atentar contra los patrimonios naturales y etnográficos de la isla. Una vez más comprobamos que Antonio Manuel no tiene pelos en la lengua y que, a pesar de su afabilidad y mesura en el trato, siempre exquisito, se muestra contundente cuando hay que llamar pan al pan. Por eso hace pocos meses fue excluido, sin notificación previa ni posterior, del Patronato de Espacios Naturales del Gobierno de Canarias. A los que cortan el bacalao no les gusta que les canten las cuarenta en su propia cara. Y menos que se las canten sin levantar la voz, y encima con argumentos de peso que no se pueden refutar así como así.
Ante los retos de un futuro incierto -a menudo hipotecado por miopes que no ven más allá de la punta de la nariz-, figuras respetables como las de Antonio Manuel Díaz, Juan Capote y José Joaquín Hernández se hacen necesarias, ahora más que nunca, para contrarrestar la avalancha de fantasmillas que se cuelan como ratas insaciables en la economía, la vida política y el mundo del espectáculo de masas -incuidas las cloacas del deporte profesional de élite-. Propagando la mediocridad en torno a la cual montan sus castillos de naipes, esas ratas soplan y muerden y bailotean tan pimpantes sobre terrenos minados por ellas mismas, pero -vaya por Dios- rara vez saltan por los aires. Así, al sentirse inmunes e impunes ante las chafalmejadas que las caracterizan, pretenden hacernos creer que todo el monte es orégano (que todo el monte es campo de golf, por poner uno de tantos y tantos elocuentes ejemplos de sus delirios) y en consecuencia intentan demostrar por las buenas o por las bravas que con dinero se compra lo que sea. Y lo más preocupante es que, en suma, después de traspasar la raya de lo admisible, aspiran a convertirse en referentes sociales. Repito: referentes. Manda huevos. Y lo consiguen. Vaya si lo consiguen.
No me digan que no hay remedios contra esta plaga. Por lo pronto propongo que nos acostumbremos a ensalzar en todas partes la labor de gente trabajadora e insobornable -como, sin ir más lejos, los nuevos embajadores de la Reserva Mundial de la Biosfera-, único antídoto posible contra las mentiras de los mentirosos, las trampas de los tramposos y las boberías de los bobos. No basta con hablar mal de los malos; al mismo tiempo hay que hablar bien de los buenos, algo que por desgracia y por tradición les cuesta un horror a los españoles.

