Imagino que la mayoría de los lectores diferencian perfectamente entre nivel de vida y calidad de vida, pero debido a los acontecimientos que se están desarrollando a nuestro alrededor, creo que no está de más hacer una pequeña recapitulación sobre estos términos ya que nuestros políticos -cada vez con más frecuencia- utilizan expresiones como "crecimiento", "desarrollo sostenible", "nivel de vida", "calidad de vida", etc., en discursos imprecisos que en muchos casos están vacíos de contenido. En el transfondo y en un espacio corto de tiempo nos van a obligar (no a pedir) a que sacrifiquemos la calidad de vida para elevar el nivel de vida.
Hay que tener claro que los gobiernos y las grandes empresas (en nuestro caso hoteleras) generalmente buscan impuestos y dinero fácil aunque para ello tengan que desplazar la economía y alterar las previsiones de futuro. Estas macroempresas quieren un rendimiento rápido, no suelen tener interés en respetar a la naturaleza y no dudan en destruirla o agotar sus recursos. Asimismo, no pierden el tiempo en formar a la población local y suelen traer trabajadores de otros lugares (les es más rápido y económico) y si no hay beneficios no dudan en abandonar la región y sus construcciones, aunque en medio de esa huida la población local y las pequeñas empresas se vean inmersas en una competencia desleal y probablemente desplazadas.
Por lo tanto, nivel de vida está equiparado a vida material y hace referencia al confort que un individuo o sector social tiene; en pocas palabras es sinónimo de consumismo. Así pues, el nivel de vida es un parámetro económico de carácter cuantitativo que no tiene en cuenta los valores ambientales y psicosociales. Por eso deberíamos ser conscientes de que los crecimientos económicos producen consecuencias negativas sobre otros aspectos de las necesidades humanas, por lo que hay que tenerlas en cuenta a la hora de valorar los proyectos urbanísticos, sociales y económicos que casi siempre se basan en el crecimiento de los bienes materiales, obviando los efectos que tienen sobre la calidad ambiental.
Así, que nadie se engañe, el desarrollismo tiene como objetivo la riqueza y trae aparejado un elevado consumismo que nos llevará a un nivel de vida económico elevado, pero que a la larga nos dejará una muy baja calidad de vida al obligarnos a vivir en lugares masificados, mucho más caros, con un alto estrés, alterados y contaminados por basuras, ruido, humo, etc.
Creo que el desarrollo debería ser entendido como el aumento de la calidad de vida, la cual se relaciona con aspectos cualitativos que influyen en la salud personal, familiar y social ya que esta ha de estar enfocada a satisfacer las necesidades materiales básicas (casa, comida, ropa…), psicológicas (seguridad y afecto), sociales (trabajo, derechos, responsabilidades…) y ecológicas (calidad del aire, agua, suelo…). De todas formas, lamentablemente esto no suele ser así, pues el crecimiento económico no siempre trae mejoría e igualdad para los más necesitados, produciendo muchas veces un efecto contrario al incrementar la desigualdad.
Dicho esto, ¿de verdad creen que necesitamos estas megaobras como ecobarrios, campos de golf, puertos deportivos, autovías… que la ciudadanía rechaza? ¿Tan mal está la cosa que tenemos que amenazar nuestro futuro?
Soy consciente de que estamos en el mismo barco y nos hundiremos o salvaremos juntos, pero pienso que cuando hablamos de destruir sebadales, especies en peligro de extinción, ecosistemas o parajes protegidos estamos apostando por un presente vendido al desarrollismo, consumismo y nivel de vida, olvidándonos del futuro, del desarrollo sostenible y por supuesto de la calidad de vida.
Si nuestro turismo de calidad lo basamos en los recursos naturales, indiscutiblemente este dejará de venir, haciéndonos cada vez más pobres al haber destruido nuestra casa. Y, ojo, aquí nadie sabe cuál es la capacidad de carga de nuestra Isla.

