La emigración canaria a las Américas tuvo la cara menos amable de las miles de mujeres que se quedaron solas -o con hijos-, esperando la vuelta que nunca o muy tarde llegó de sus maridos. Y es que muchos emigrantes casados, ante la libertad sexual en aquellas tierras y favorecidos por la tolerancia legislativa, se acomodaron a la nueva situación, olvidándose de su familia canaria. Y aquí quedaron ellas, sometidas a la mirada cruel de la sociedad, sin leyes ni recursos morales que las protegieran: ni eran solteras, ni casadas ni viudas.
Una historia cualquiera de ningún lugar
El muelle de Santa Cruz de La Palma quedaba muy lejos del pago garafiano de Juan Adalid, con sus caminos serpenteantes y pedregosos, simples veredas en las laderas de un profundo barranco. Una pequeña casa cubierta de teja árabe y unas huertas eran todo el patrimonio de la familia. Allí quedaban Antonia, sus tres hijos y otro a punto de nacer. Por sustento, lo que producía un cantero de papas, dos vacas y tres cabras. Hasta veinte almudes de trigo y cebada cargaba Antonia a la cabeza hasta el molino de viento de Hoya Grande. Después de la molienda, de nuevo a la cabeza, regresaba con el gofio del año, pagado en especie, un tercio del cereal, a Luis el molinero. En su seno guardaba las últimas monedas, envueltas en un trozo de lino, para comprar unos gramos de azúcar y café. Mientras, su marido embarcaba hacia Cuba. Se despedía de La Palma sin pañuelos que se agitaran en el muelle. Daba la espalda a la Isla y también a su familia. Todos sus pensamientos se concentraban en la Perla del Caribe con el único deseo de hacer fortuna y regresar convertido en un acaudalado indiano.
Pasaron los días entre olas y brisa marina. Por comida, gofio amasado en un zurrón, higos y tunos pasados. El puerto de La Habana se avistaba repleto de barcos, el muelle era un ajetreo de gentes, entre carros y el rechinar de los pescantes con sus mercaderías venidas de lejanos países. Extraños carros tirados por una fuerza invisible -los ómnibus- no dejaban de tocar sus bocinas, en un concierto ensordecedor. Las señoras lucían elegantes pamelas envueltas de tul y las mulatonas, un tipo más sencillo, elaborados de paja de caña dulce, y, por único adorno, una cinta colorada. Su primer pensamiento fue el recuerdo de su mujer que por la Feria de Ganado de San Antonio del Monte blanqueaba, con azufre quemado dentro de una caja de tea, el sombrero de ala recta y tejido finamente con paja de centeno por la abuela Gregoria.
Ya pisaba la tierra de promisión. Se empleó primero como cambullonero en los muelles, mercadeando con todo lo que caía en sus manos. Después, un isleño lo recomendó en una hacienda de tabaco, en la que se encargaba de despalillar hojas. Acabada la zafra, sirvió como mandadero en un comercio de víveres de unos palmeros. Allí conoció a Lucía, una mulata con la que tuvo su primer idilio caribeño… Y nació Berto, en recuerdo del abuelo paterno, que descansaba en el campo santo garafiano.
Antes de nacer Berto, había escrito a su mujer y a su madre. En realidad, lo que hizo fue dictar unas palabras que un escribiente callejero del barrio Habana Vieja (en la plaza de la Catedral) recompuso con buena caligrafía. Las letras, que portaría un vecino de Barlovento, anunciaban la remisión de los siguientes pesos y una fotografía, la primera que le habían sacado en su vida, en el estudio de J. A. Suárez y Cª (fotógrafos de Cámara de S. M. el rey Alfonso XII) en O"Reilly, 64, esquina a Compostela, La Habana. En la imagen se apreciaba la cadena de una leontina: la primera manifestación de la incipiente prosperidad del emigrado a Cuba. Pero lo cierto es que de la cadena no colgaba el soñado reloj Cuervo y Sobrinos (el mismo fotógrafo se la había prestado para causar mayor efecto).
El tiempo, los días y las noches, los inviernos y los veranos… fueron pasando. Berto ya tenía dos hermanas, Inés y Ángela. En la otra orilla, ya hacía años que había nacido el cuarto hijo de Antonia, a quien pusieron por nombre Vicente, en memoria de su padre emigrante (al que no conocería jamás). Sólo una imagen de papel, sin marco ni cristal, donde aparecía magnificado por una reluciente leontina (falsa), colocada en la lacena empotrada en la pared e iluminada con devoción por el quinqué de la abuela Nievitas. La foto fue envejeciendo y dejando la marca inconfundible de su paso. Poco a poco fue perdiendo la magnificencia, la pulcritud, el lustre del fijador fotográfico… Seño" Vicente también había aclarado el tono de su rostro. Hasta el traje de lino fino se había acostumbrado a las cagadas de las moscas. Llegó un momento en el que nadie sabía si Vicente, el indiano garafiano, era vivo o muerto. Comenzó entonces el calvario de Antonia entre sus convecinos, apodada desde hacía unos años Toña la Abandonada.
Es la historia cualquiera de ningún lugar pero la historia repetida tantas veces de muchas mujeres, en cada uno de nuestros pueblos, la de los muchos sinsabores con la peor parte para ellas que se quedaban en la Isla.
Veinte largos años esperó la bella Penélope a que su marido Odiseo regresara de la guerra de Troya. Relatan que no le faltaron enamorados y que, ante la insistencia, ella les respondía que cuando terminara de tejer un largo sudario, entregaría de nuevo su amor y contraería nuevas nupcias. En la oscuridad y el silencio de la noche, deshacía lo tejido durante el día y seguía esperando a su marido, del que no sabía «si era vivo o muerto». Seguía esperando… y un día Odiseo regresó. Las hijas canarias de Penélope, ellas, las que no eran ni solteras, ni casadas, ni viudas, esperaron más de 20 largos años el retorno de sus maridos, pero, éstos jamás volvieron.
La mujer canaria: víctima de la emigración (siglo XX)
Así fue. Los flujos emigratorios, que tan buenos resultados económicos y hermanamientos entre los pueblos ha dado a Canarias, tuvieron esa otra cara menos amable, protagonizada, lamentablemente, por miles de mujeres solas -o con hijos-, que se quedaron en la Isla esperando a que su marido, de ruta a Cuba o a Venezuela, regresara o que, al menos, mandase suficiente capital para empezar una nueva vida, dotadas con una mejor posición económica y social. Y, en efecto, muchos maridos cumplieron con el vínculo familiar dejado atrás. Nos atrevemos a decir, sin embargo, que otra gran mayoría no triunfó en la carrera de Indias. Quizás por eso o por otras poderosas razones, de ellos jamás se volvió a saber nada, como tampoco se ocuparon en remitir un solo céntimo para mantener a la prole canaria. En su lugar, formaron una segunda familia en el país receptor; su trabajo no daba para mantener ambos compromisos en las dos orillas. Encandilados ante la libertad sexual de Cuba y Venezuela y favorecidos por la tolerancia legislativa y la aceptación social del concubinato y la bigamia, supieron acomodarse a la nueva situación, embriagados por nuevas ideas. El olvido combatió como antídoto el remordimiento.
Por su parte, las esposas canarias se quedaban atrás, sometidas a la mirada cruel de la sociedad, sin leyes ni recursos morales que las protegieran: ni eran solteras, ni casadas ni viudas. A este sonoro calificativo se refiere la escritora cubana Dulce María Loynaz (1902-1997) en su último libro Fe de vida cuando recuerda a su suegra Ana de Cañas, quien se había quedado en Tenerife embarazada del que fue su único hijo, Pablo Álvarez de Cañas, por la marcha apresurada de su esposo Isidro a Cuba: «Anita, joven y virtuosa, no le quedó más recurso que enclaustrarse en la casa, cuyos umbrales debían trasponer para asistir a las misas llamadas de precepto. Había quedado en una extraña y ambigua situación, que sólo así podría mantener honorablemente, pues en concreto no era ni soltera ni casa ni viuda. Era la situación del marido «embarcado», cuya honestidad se creía obligada a velar una estrecha y levítica sociedad de provincia». La descripción de Dulce María recoge el estado en el que quedaron cientos de mujeres en Canarias. Con sus maridos en Venezuela o en Cuba, ni siquiera conocían si aquellos vivían aún o habían muerto. Irónicamente, la propia sociedad les exigía guardar el respeto; mientras se debatían cuestiones de moral social, a ellas no les quedaba más remedio que robar con nocturnidad uvas para que sus hijos comieran con lo único que poseían: gofio amasado con agua.
Evidentemente, muchos de esos emigrantes ni siquiera conocieron al menor de sus hijos, ni se preocuparon por saber si estos habían nacido, marchando y dejando a sus mujeres embarazadas. Tampoco supieron de sus vidas escolares, ni de sus empleos, como tampoco manifestaron el menor interés. En una familia con cinco hijos, los mayores empezaban a trabajar tempranamente por unos céntimos, viéndose obligados a sacrificar las primeras letras por colaborar en la manutención de sus hermanos más pequeños.
Las mujeres trabajaron de sol a sol recogiendo cochinilla, empaquetando plátanos, limpiando, planchando y bordando a la luz de una vela (no tenían para pagar la luz). Otras, incluso, se vieron obligadas a prostituirse o a formar otra familia paralela, soportando las críticas brutales de la sociedad de esos tiempos que las acusaron de adulteras, gravemente penado en el Código Penal. Realmente era la única manera de alimentar a sus hijos. Son muchas las que, gracias a su familia e incluso a la de su marido, fueron recogidas junto a sus hijos en una clara muestra de afecto. En casos menos afortunados, también recibieron el rechazo de la familia política.
Aparcando a un lado el pudor de la educación que recibieron, llegada la Democracia y la Ley de divorcio, algunas decidieron romper el vínculo conyugal a la espera de la «paga no contributiva». Los escrúpulos morales y la tradición religiosa las habían privado hasta ese momento del derecho a reconocer legalmente la disolución del matrimonio. Aun con la sentencia de divorcio en la mano, no llegaron a tiempo a formar una nueva pareja, quizás, condicionadas psicológicamente por la traumática experiencia de abandono.
Por su trabajo o por herencia, muchas de estas mujeres han logrado hacerse con un pequeño patrimonio: un pisito y un coche de segunda mano. Algunas jamás pusieron nada a su nombre, ya que realmente trabajaban solas para la sociedad de gananciales que se constituye con el matrimonio. Si la ley les permitía adquirir bienes, por otro lado, les prohibía tajantemente la venta. No podían acceder a préstamos bancarios, necesitaban la autorización de su marido para suscribirlo con hipoteca. Otras no podían vender propiedades de la sociedad de gananciales porque necesitaban la firma del otro cónyuge… mientras sus hijos se morían de hambre. Hay casos en los que el marido había prevenido cierta libertad mediante algún poder general, pero en la mayoría, aunque pasaron mil calamidades, no fueron capaces de vender una finca de plátanos. En su lugar, estas propiedades fueron abandonadas por no contar con su suficiente dinero para comprar el agua de riego, por miedo a las críticas de los vecinos y por respeto a su marido ausente, aunque hubiesen pasado años sin saberse nada de él. Las normas legales (Servicios Sociales, pensiones, acceso a viviendas sociales) establecidas para los emigrantes que se encuentran en el extranjero o retornan resultan discriminatorias en relación con las mujeres que se quedaron en las islas esperando a que llegara el maná americano prometido.
Estas jóvenes mujeres abandonadas y engañadas vieron brutalmente rotas sus posibilidades afectivas, su integración social y un desarrollo orgánico deseado. La vida sexual se vio cortada brutalmente. Muchas están pagando, aún en este momento, ajustes emocionales, afectivos y sexuales con la ayuda de un especialista. Es decir, el hecho del abandono por causa de la emigración tuvo como consecuencia la mutilación de una vida sexual y afectiva normalizada. Ellas se quedaron en la Isla y sintieron la cruel y despiadada mirada de los convecinos que no las consideraban ni solteras ni casadas ni viudas. Para algunas, el único respiro y la única posibilidad de recuperar por unas horas la sonrisa llegaban con los festejos del Carnaval, escondiéndose en el anonimato bajo la sonrisa inmortal de una mascarita. Corrían el riesgo de ser reconocidas, con el peligro de volver a ser objeto de críticas; pero, por unos días, valía la pena.
Desde hace unos años y después de varias décadas de olvido, algunos maridos han vuelto a la Isla y muchas de sus mujeres han logrado pasar página, han vuelto a convivir con ellos y, lo más importante, parecen haber recuperado la felicidad perdida. Otras se han negado rotundamente, reafirmando su identidad y su historia; paradójicamente, en estos casos, han sido los hijos quienes los han recogido y han organizado su vejez, movidos por un vago recuerdo o porque fueron educados en el respeto hacia su progenitor. Ellas, las de «estado civil de abandono -ni casadas, ni solteras, ni viudas-», protagonizaron calladamente esa otra cara de la emigración, sin que nadie haya reconocido su coraje, su empuje y su fuerza: solas y sin ayuda, criaron y alimentaron a sus hijos, preparándolos para una mejor vida y pagando para lograrlo el precio que fuera.
También se está produciendo otro fenómeno: la reclamación de la herencia canaria de los hermanos iberoamericanos de padre. Ironías de la vida. Todo su derecho legal les ampara. Jurídicamente, existe una desigualdad entre estos matrimonios, lo que conlleva actualmente a que tengan acceso a mayores beneficios económicos (pensión, vivienda) los emigrantes retornados que las mujeres que les esperaron abandonadas en las Islas. La verdad sea dicha. Al emigrante (en abstracto) se le ha hecho y se le sigue haciendo justicia con amplísimas y doctas monografías que indagan en el fenómeno de la emigración: titulación de calles, museos temáticos, costosos y valiosos monumentos, normas jurídicas específicas, viajes continuos de la clase política, embajadas culturales y de medios de comunicación social en días y fechas señaladas al reencuentro de una misma cultura y raíces, esparcida por las dos orillas. Pero si esto último es cierto, no lo es menos que falta todavía un debate social y nuevas investigaciones que aborden la cuestión de las mujeres abandonadas a causa de la emigración. Mujeres que, en silencio, sin algarabía y sin exigir nada, sacrificaron sus vidas, en la más penosa soledad, por un futuro mejor para sus hijos y para su tierra.
Desde luego, hubo emigrantes que no olvidaron ni su tierra y ni a su familia, pero otro importante contingente, los que no triunfaron en América, no sólo no retornaron, sino que tampoco dieron noticia de su paradero. Cuando nos referimos al concepto de "familia", lo aplicamos también a los padres y madres del emigrante, padres y madres que durante décadas y hasta el último día de sus vidas han suspirado por saber qué había sido de su hijo, que emigró y del nunca más supieron nada, ni si tan siquiera si era vivo o muerto.
En conclusión, las mujeres abandonadas -ni solteras, ni casadas, ni viudas- que permanecieron en Canarias mantuvieron y educaron a la familia y contribuyeron, dentro de sus escasas posibilidades, al desarrollo afectivo, social y económico de los que estaban bajo su custodia. Hoy, esos hijos, ya adultos, han quedando marcados por su infancia y sienten aún con dolor no haber tenido un padre cuando lo necesitaron. Algunos, movidos por el sentimiento de rabia, no dudan en manifestar: «Mejor hubiera sido saber que había muerto. De esta manera me habría ahorrado ser un huérfano de padre vivo». La sociedad canaria y las instituciones políticas debemos a estas mujeres y a sus hijos la toma de conciencia de su conflicto, estudiándolo, y resarciendo a los que lo padecieron, aunque sólo sea de manera simbólica, del dolor y sacrifico que siguen escondiendo sus anónimas vidas.
(CONTINUARÁ)


Vicky, qué magnífica investigación y artículo.
Leerá con calma los demás.
No sabes, o sí, la cantidad de nombres que se me vienen a la memoria.
Besos desde esta otra isla
Ana I.