La Palma, un dulce en el Atlántico

En el siglo XV la apacible vida de los benahoritas, que así se llamaban los aborígenes palmeros, se vio fuertemente convulsionada por el arribo a sus costas de navíos en busca de esclavos blancos y del liquen tintóreo de la orchilla.

En 1492, con la autorización de los Reyes Católicos, Alonso Fernández de Lugo desembarca, con hombres de guerra, por el Puerto de Tazacorte con el mandato de conquistar la isla e incorporarla a la Corona de Castilla. Sus ricas tierras vírgenes, ausentes hasta ese momento de cualquier producción agraria, fueron el motivo y razón principal. Europa demandaba azúcar de caña.

De inmediato comienzan los repartimientos de tierras y aguas con destino al cultivo de cañaverales. Se roturan tierras y se canalizan aguas en dirección a los ingenios azucareros. Comienza el poblamiento por diferentes pueblos y culturas.

Las infraestructuras necesarias ocupan a operarios andaluces, grancanarios, portugueses, castellanos… En pocos años se erigen ingenios, molinos de agua, casas de calderas y purgar, destinados a la obtención de azúcar. Tazacorte y  Argual (Los Llanos de Aridane) y Los Sauces (San Andrés y Sauces) fueron los puntos elegidos, por su riqueza de tierras, óptimas para este cultivo, y la abundancia de agua.

Las compañías mercantiles centroeuropeas se interesan por estas haciendas y se establecen ricos hacendados de Flandes, Francia, Italia, con apellidos como  Groenenbergh o Monteverde, Vandale,  Coquiet, Van Ghemert, Van de Valle, Massieu, Poggio.

La isla se incorpora a las rutas atlánticas del azúcar. La huella y vestigios del esplendor económico azucarero, dejó profundo testimonio en la cultura y el patrimonio de La Palma. Se dice, con toda razón, que la isla de La Palma es un dulce en el Atlántico.

La contrapartida económica viene con el asentamiento de la población. Para ello se construyen, además de los ingenios, el puerto de Santa Cruz de La Palma y el embarcadero del Puerto de Tazacorte y Espíndola, en San Andrés y Sauces. El Puerto de Tazacorte contó con dos  fortificaciones militares -Juan Graje y San Miguel- en defensa de las plantaciones de cañaverales y pertenecientes a los propietarios de las haciendas de Tazacorte y Argual.

 Arropadas por el verde tierno de las cañas se alzaron las viviendas de los ricos propietarios y la infraestructura del ingenio. A este emporio económico se tenía acceso restringido por un gran portón de entrada, como es el caso de Tazacorte y Argual. Los operarios y esclavos vivían en otro núcleo próximo y en pequeñas casitas con tejados, por esos años cubiertas de paja de caña.

Ejemplo de esto último son los lugares de Argual de Arriba y el pueblo de Tazacorte, con un entramado de estrechas calles y callejones que recuerdan a Andalucía, lugar de donde procedían la mayoría de los operarios azucareros.

Las principales casonas daban para una amplia plaza comunal. Ejemplo superviviente es el Llano de Argual, con vistas de cuatro esbeltas viviendas donde predomina el mudéjar en ventanas y balcones de celosía, peculiares de La Palma. En climas cálidos se usan para ventilación y  mantener oculta a la persona que mira hacia la vía pública, de igual modo que en la cultura islámica.

Una de estas casonas de Argual tiene un granero mirador hacía el mar de poniente, atalaya de la arribada de los bajeles azucareros. En la carretera general, conocida por calle de Los Molinos o Jácome de Monteverde, se alza un acueducto de mampostería, que en la caída del agua, dio la fuerza necesaria para la molienda de caña. En el siglo XVI permanecía moliendo "de enero a julio sin cesar, con grandes provechos de mieles y remieles que envían a Flandes".  

En Tazacorte se conservan espléndidas casonas que fueron morada de los ricos hacendados y restos de los viejos ingenios y trapiches azucareros.  

En el naciente de la isla se estableció otro núcleo de explotación de cañaverales, que dio origen al nacimiento del municipio de San Andrés y Sauces. Aquí, al contrario que en Argual y Tazacorte, los primeros colonos propietarios no eran centroeuropeos, sino catalanes. En 1513 se fundó la iglesia de Montserrat de los Sauces, con el fin de atender las necesidades espirituales y operarios del  ingenio azucarero.

El símbolo emblemático catalán de Nuestra Señora de Montserrat marca la huella de la cultura azucarera en la tabla flamenca, que se conserva en el baptisterio de la iglesia de esta advocación. Se atribuye al mecenazgo del bruselense Tomás Van de Walle de Cervellón, propietario de cañas y mayordomo de la iglesia. Pintura adscrita a la escuela de Brujas, y al  taller de Pierre Pourbus el Viejo (1523-1584).  

En el tornaviaje de las naves azucareras la isla se enriqueció. Las viviendas de los hacendados se nutrieron con servicios de plata labrada, escritorios, mesas, bufetes, sillas de montar, vidrieras y espejos, azulejos y cerámica de Delft. Los templos, de planta y techumbre mudéjar, se dotaron de campanas y bronces, imaginería devocional, paños de Flandes, tapices y lienzos de Holanda.         

El patrimonio de imágenes y pinturas, procedentes del próspero Brabante y Flandes y otros territorios colindantes y vecinos, se expandió fuera de las demarcaciones estrictamente azucareras hacia todos los puntos de La Palma,  con sólo una extensión de unos 706 kilómetros cuadrados. En las iglesias palmeras se guarda y está al culto religioso gran parte de este legado cultural de ultramar.

La advocación del arcángel San Miguel tiene sus máximos exponentes en las tallas flamencas, de madera dorada y policromada, que se conservan en el Real Santuario Insular de Las Nieves, en la iglesia de San Miguel de Tazacorte -titular del patronato insular-; en el Santuario de Nuestra Señora de las Angustias, en Los Llanos de Aridane, y San José, de Breña Baja.

Entre las advocaciones marianas se conservan tres magníficas Dolorosas o Piedades flamencas, en la iglesia del Hospital de Dolores (Santa Cruz de La Palma); templo de Nuestra Señora de Montserrat (San Andrés y Sauces) y Santuario de Nuestra Señora de las Angustias (Los Llanos de Aridane).

Cuenta la tradición y la leyenda, recogida en 1854 por Félix Poggio y Alfaro, de cómo llegaron estas tres Dolorosas a la isla. Al parecer católicos británicos huyendo de la revuelta política del cisma religio­so que azotó Gran Bretaña en los siglo XV y XVI cargaron  tres imágenes de la Virgen de los Siete Dolores. Navegaron a tierras cristianas y en su deambular por el Atlántico arribaron a las costas de La Palma. Una  la dejaron en el barranco del Agua en Los Sauces, otra en el barranco Santa Cruz de La Palma y la tercera en el barranco de La Caldera.

En la iglesia de la Encarnación de Santa Cruz de La Palma ya se encontraba en 1522 la imagen titular de este templo, acompañada de un grupo escultórico con el arcángel San Gabriel de factura flamenca. En la parroquia de San Francisco (Santa Cruz de La Palma) se encuentra una Inmaculada, que sería la titular del antiguo convento franciscano; y en la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios (Los Llanos de Aridane) preside el altar mayor una escultura flamenca bajo esa advocación mariana.

Santos y santas tienen sus representaciones en la imaginería centroeuropea, en los conjuntos escultóricos de Santa Ana y la Virgen, de Los Llanos de Aridane y Santa Cruz de La Palma; en un San Blas, de Villa de Mazo; Santa Lucía, en Puntallana; Santa Catalina de Alejandría, San Sebastián y San Luis, en Santa Cruz de La Palma.

De la imaginería sobre la Pasión de Cristo se conserva el extraordinario Calvario flamenco, (Crucificado, Virgen de los Dolores y San Juan) en el Santuario de Nuestra Señora de los Nieves.

En la iglesia del antiguo convento de Santo Domingo de Santa Cruz de La Palma se encuentra la calificada como la mayor y más extraordinaria colección de pinturas, flamencas de Canarias. Las pinturas, sobre  madera de  La Genealogía de Jesús y el Árbol de Jesé, San Miguel Arcángel, San Juan Bautista, Santos Dominicos, y las grisallas de San Francisco y San Blas pertenecieron al retablo mayor desmembrado en 1703, atribuidas a Pierre Pourbus el Viejo. De Ambrosio Francken se encuentra una  bellísima Santa Cena.

La existencia de este extraordinario legado cultural se debe al mecenazgo y comercio de las producciones azucareras. Pasados los años  se repite la misma tendencia y en la isla llegan imágenes, pinturas y platería barroca financiadas por los ricos hacendados de la caña de azúcar. La alta demanda de estos útiles propició el establecimiento de talleres locales de talla y pintura.

En la iglesia de San Francisco (Santa Cruz de La Palma), se conserva un retablo pagado íntegramente en azúcar, lo que testimonia su consideración como oro blanco, de efecto cambiario, moneda de cambio en labores y trabajos. En 1721 se concertó con el maestro carpintero Bernabé Fernández  la construcción de un retablo por un precio de 2.500 reales, "pagados en azúcar sorteado, el blanco a dos Reales libra, el mascabado a real y medio y la respuma a real de plata". Desde Sevilla, Pedro Massieu y Monteverde, envió cien libros de oro fino, para dorarlo.

En el siglo XIX se registra en la economía insular la recuperación de la producción azucarera. Realmente fue un "romántico" intento de las familias acaudaladas en tierras y aguas. Se volvió ha apostar por la caña de azúcar y la producción se moderniza, de acuerdo con los tiempos. El 16 de junio de 1894 el Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane concede licencia definitiva a Miguel de Sotomayor Fernández de la Peña para una fábrica de azúcares, con aparato de vapor y alambique para destilar licores, en la casa de unos familiares en el pago de Argual. El paisaje industrial del Llano de Argual cambia y se elevan esbeltas chimeneas, visibles perfectamente en fotografías de la época. 

Las tierras de cañaverales, en régimen de monocultivo, ocupan hoy otro monocultivo, el plátano. El cultivo se dio por desaparecido ante la baja rentabilidad económica, pero el palmero siguió cultivándola entremezclada con otras producciones agrarias y para golosina familiar, la llamada popularmente cañadulce destinada a ser consumida mordiendo y sorbiendo el jugo del tronco troceado.

La producción actual se cifra, se diría que de modo testimonial ante las más de 8.000 arrobas del siglo XVI, en unos 350.000 kilos de caña de azúcar, ocupando unas cuatro hectáreas, con destino a la obtención de ron de caña.

Alguien dijo que los palmeros han tenido que "ser golosos a la fuerza" y la imaginación se ha desbordado, durante siglos de convivencia con el suave vaivén y contoneo de las elegantes cañas, en la más suntuosa y jugosa repostería.  

Nota: "Un dulce el Atlántico", corresponde a subtitulo de la publicación "La Isla de La Palma en el siglo XVI: [Un dulce en el Atlántico]", del palmero Eduardo Martínez Santos, Madrid, 1992.

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