Loza de barro y arena

Como otros oficios artesanos practicados en la isla de La Palma, el barro ha permanecido gracias a que esta labor fue asumida por las mujeres, las conocidas popularmente como loceras, las viejas alfareras de la loza popular. En otras latitudes, fue y sigue siendo oficio de varón, por lo que en el caso palmero el testigo de esta cultura milenaria ha pervivido -insistimos- merced a la incorporación de la mujer a estas labores. Los hogares palmeros se encontraban antaño dotados de numerosos útiles de barro: braseros, tostado­res, tallas (bernegales), ollas, barcas (cazuelas), bandejas, jarros, juguetes y moldes de confitería …

El comisario regio para estadística Francisco Escolar y Serrano apunta en su obra, entre 1793 y 1806, la existencia en Los Llanos de Aridane de la industrial de tres alfares dedicados a "loza ordinaria" con una producción de 6.000 piezas, debe corresponder a la producción anual. Otro municipio con alfares eran Santa Cruz de La Palma, con uno. Estadísticamente la isla en esos años contaba con 7 obradores de loza ordinaria en la que se ocupaban 28 operarios.

A mediados del siglo XIX la prensa palmera abogaba por la importación desde Sevilla de "loza basta campestre". Esta noticia denota la falta de producción suficiente en La Palma de la loza propia. No obstante las producciones de loza de barro para pavimento tenían un considerable consumo. En 1865 se adquieren 200 varas de loza para el piso de la plaza de España de Los Llanos de Aridane.

En la conocida Exposición Palmensis, celebrada en Santa Cruz de La Palma en 1876, se encuentran útiles de barro de la propia isla. Desde Los Llanos de Aridane se remitieron una "talla de barro" de  Francisco Barreto y dos ladrillos y dos tejas de Mariano Martín.

A finales del siglo XIX, al menos en 1889, en el Puerto de Tazacorte existía un horno propiedad de José Amaro Duque Ramos. Según consta en los libros de contabilidad, que se custodian en el Archivo General de La Palma, en enero se hicieron pagos a Antonia Acosta por los trabajos de "5 días cargando el horno" y "4 cargando las lozas". Evidentemente esta anotación apunta la existencia de alfares y barro en la zona costera. Dudamos de las características de estas "lozas", la tradicional se quemaba al aire libre en medio de una gran hoguera. Duque Ramos poseía un establecimiento comercial lo que nos hace pensar que  debió ser el punto de venta de estos productos.

En 1987 Rafael González Antón publicó La Alfarería Popular en Canarias. En ese trabajo refiriéndose a la ausencia de torno alfarero en Canarias apunta una excepción destacada,  y de la que no conocemos más datos, y la competencia que significó para la loza palmera, totalmente hecha a mano, debido a que "El proceso se vio acelerado por la presencia, hace unos cien años, aproximadamente, en Los Llanos de Aridane de un alfar que modelaba a torno, copiando en ocasiones las formas ejecutadas a mano". No obstante a principios y mediados del siglo XX un grupo de loceras  mantuvieron las viejas tradiciones de la loza popular palmera en Santa Cruz de La Palma

Después de la muerte en 1980, de Anuncia Vidal (Santa Cruz de La Palma) a sus 67 años, conside­rada por muchos como la última locera auténtica, parecía que la loza de La Palma iba a tener muy difícil continuidad; de hecho, Anuncia había dejado de trabajar hacía bastante tiempo. Por fortuna, ese designio no se ha cumplido y, en la actualidad, esta tradición artesana se ha recuperado. Buena culpa de ese desolador panorama debió tenerla, por un lado, la introducción de menaje de cocina en metal y, por otro, la nevera como sustituta de los viejos porrones y bernegales, y el plástico como recipiente irrompible para la conservación de los alimentos.  

Se recuerda a Anuncia enseñando, casi ciega, cómo se amasaba el barro o cuál era la técnica para levantar los cacharros sin torno:

"Hay que limpiar el barro -decía-, echarle agua y mezclarlo con arena, para que no se raje, y trabajarlo hasta que esté amorosito. Es preciso dejarlo secar a la sombra una semana, y después bruñirlo con agua y un callao de la mar. [Posteriormente se procedía a la quemada a fuego directo, en medio de una huerta:] la loza de lado, con la boca hacia donde sopla el viento, llenando los huecos de piñas y trozos de leña y poniendo más leña hasta que esté toda tapada".

La característica más destacada de estas bellas y bien terminadas labores artesanas es la formación manual de la pieza, sin el empleo del torno. Uso y modo peculiares que se remontan miles de años antes de que se descubriera el avance considerable que fue el aparejo del torno alfarero.

Los restos cerámicos prehispánicos palmeros atestiguan una cerámica muy diferente a la de las otras islas del Archipiélago. Su belleza habla por sí sola de una civilización perfeccionista, que parece haberse perpetuado a lo largo de toda su historia. Algunas de las técnicas que hicieron posible la producción de cerámica benahoarita se conservan en la reproducción de estas piezas, especialmente en la decoración incisa y en el color negro característico del quemado. Un museo es el destino natural y establecido para la arqueología, pero algo del enigmático mundo prehispánico palmero conservan hoy en día estas piezas, que reproducen fielmente la cultura palmera anterior a 1493, año de la incorporación de la isla a la Corona de Castilla. El catálogo  de la oferta de la cerámica El Molino, en Villa de Mazo, de estas reproducciones supera los 200 modelos diferentes.

A finales del siglo XV, el devenir de La Palma sufre una profunda convulsión, asumiendo, tras la conquista, los usos y costumbres de los nuevos colonos venidos de Europa. Muy escasas son las crónicas que proporcio­nan datos sobre la vida cotidiana en esa época. Hay, sin embargo, una de gran valor: la recogida por Gaspar Frutuoso a mediados del siglo XVI y en la que, entre otros aspectos, se hace referencia a la utilización del barro por la nueva sociedad palmera:

Todos son criadores de cabras y ovejas, comen gofio de trigo y cebada, amasándolo en aceite, miel y leche, en tostadores que hacen de barro muy liso.

El tostador de granos es, pues, una de las primeras referencias que se conocen de una pieza del ajuar doméstico de los campesinos y labradores palmeros del Quinientos.

El barro palmero -de tacto rotundo pero increíblemente delicado- ha seguido un proceso de recuperación en los últimos tiempos, iniciado a mediados de los años setenta del siglo XX y, actualmente, en fase ascendente e imparable. El barro y la arena de barranco continúan ofreciendo su lado más bello y juntos dan forma a reproduc­ciones de cerámica prehispá­nica y a útiles de la tradicional loza doméstica.

Delicadas, finas y, al mismo tiempo, fuertes y rudas manos moldean amorosamente el barro palmero, extrayendo lo más bello de lo que son capaces, sin importarles su empleo final. Aquí, la belleza no está reñida con el barro terroso.

Bibliografía: Hernández Rodríguez, Germán. "Estadística de las Islas Canarias. 1793-1806. De Francisco Escolar y Serrano". Tomo II, Caja Insular de Ahorros, Las Palmas de Gran Canaria, 1983.

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