A vueltas con que si cierran o no cierran la central de Garoña, en los últimos días hemos comprobado cómo el peliagudo asunto de la energía nuclear y sus efectos colaterales no sólo sigue preocupando después de muchos años de búsqueda de alternativas, sino que incluso se vuelve cada vez más candente a medida que pasa el tiempo y se cumplen los plazos de caducidad. En esta ocasión, como en tantas otras en que se siente el bamboleo de una gigantesca espada de Damocles sobre nuestras cabezas, gran parte de la ciudadanía parece mirar para otro lado, pero afortunadamente no faltan las voces críticas que piden una revisión inmediata del problema, por ejemplo un replanteamiento de los planes de energía nacionales. Mientras tanto, técnicos, ecologistas, trabajadores, presidentes y expresidentes de gobierno se lanzan dardos envenenados a favor o en contra del mantenimiento de la central aduciendo todo tipo de teorías científicas y económicas, y en medio la opinión pública, anonadada por el desconocimiento y la apatía general (el mismo desconocimiento y la misma apatía que vuelve surrealista el carrusel de noticias diarias), se encoge de hombros en espera del advenimiento de algún gurú capaz de dilucidar por dónde hay que enfocar el quid de la cuestión.
El debate, ya de por sí significativo a pesar de acotarse a un caso concreto, no hace más que mostrar, y muy parcialmente, una simple cresta de iceberg a la deriva. El futuro del mundo moderno al que nos enorgullecemos de pertenecer depende de un sinfín de retos como este del extremo cuidado que requieren las centrales nucleares. Las contraindicaciones de la tecnocracia, la generación de energía y el tratamiento de sus residuos, la polución y sus consecuencias en el medioambiente, el incorrecto reparto de la riqueza, etc., son imponderables que interactúan a la vez en todos los frentes posibles. No podemos obviarlos por más que el liberalismo económico nos empuje al consumismo desmedido a partir de una visión materialista y despreocupada. Ahora bien, aun contando con que en efecto nos pongamos de acuerdo para exigir de forma unánime que se apliquen políticas responsables, aun apostando por la viabilidad del desarrollo sostenible, ¿podemos conjurar las predicciones pesimistas -no diré catastrofistas- de los más prestigiosos científicos? A la vista de los avisos naturales del cambio climático, ¿no habremos entrado ya en una cuenta atrás que algún día eche por tierra las mejores intenciones? ¿Simulando un gesto de esperanza compartida, no estaremos protagonizando todos, codo con codo, una huida hacia delante?
En el fondo somos conscientes de que los problemas asociados a la necesidad de un plan de crecimiento equilibrado se originan en nuestra natural e irresistible ambición de mejorar individual o colectivamente. Es más, ya nadie discute que la raíz del tremendo follón que se nos viene encima está en la superpoblación de los seres humanos. Nada más y nada menos. De ahí proceden todas las formas conocidas de amenaza para la especie. Precisamente de su proliferación imparable. Es un hecho: la especie tiene que avanzar, sí o sí, aun a costa de su propia supervivencia.
A escala global lo conveniente sería, a día de hoy, buscar un equilibrio en el uso de todas las formas de obtención de energía. Pero en zonas pequeñas y aisladas como la del Archipiélago Canario, dadas las circunstancias, habría que fomentar el uso de las energías renovables no contaminantes. Se trata de una fórmula posible, no un sueño utópico. El modelo de autonomía en El Hierro, real y ejemplar, debiera inspirar a las administraciones de las demás islas. No sé a qué están esperando para adoptar esa línea continua, sin duda la menos perjudicial, hacia un porvenir tan, tan incierto.

