El mundo es un pañuelo. Tarde o temprano todos, todos, los de aquí y los de allí, de un lado a otro del planeta, coincidimos en las mismas pasiones, los mismos errores, las mismas incertidumbres, las mismas apetencias, las mismas carcajadas, los mismos afanes…, también las mismas manías narrativas, las mismas historias. Esta suerte de sintonía especular no admite discusión, mucho menos desde que James George Frazer, en su monumental estudio antropológico La rama dorada, mostrara cómo todas las culturas han experimentado una evolución religiosa muy parecida. O sea, que lo de la tan cacareada globalización no debiera circunscribirse al desarrollo de las tecnologías electrónicas, sino a un proceso psicosocial hondo, lento y dilatado, inherente a la naturaleza del ser humano.
Incluso en las "remotas" y minúsculas Canarias han pervivido palabras y costumbres antiguas, asentadas también en otros lugares del mundo (ese vasto mundo que es un pañuelo). Por ejemplo un bellísimo mito relacionado con el misterio de la ubicuidad y con la utopía -el no lugar que aparece y desaparece, espejismo o sortilegio-: San Borondón, el pez habitable, la isla móvil y vaporosa como una ensoñación que irrumpe a capricho más acá del horizonte que nos cerca. En efecto, aunque nos cueste creerlo, San Borondón, quizá la leyenda canaria más hermosa, no pertenece en exclusividad a nuestro patrimonio identificador. Tampoco el trigo molido, ni el queso tierno, ni la lluvia horizontal, ni el volcán, ni el carnaval, ni las polainas de hilo, ni la cachimba, ni la lucha cuerpo a cuerpo, ni el arrorró mi niño chico que viene el coco. Que tomen nota los guardianes de los valores patrios: detrás de un símbolo local siempre hay un signo universal.
Precisamente de eso, de la universalidad y al mismo tiempo de la canariedad del mito de San Borondón -interrelacionadas, retroalimentadas entre manuscritos y testimonios orales-, trata el libro de Manuel Poggio Capote y Luis Regueira Benítez, La isla perdida, editado hace pocas semanas. Esta obra, recomendable a todas luces, se singulariza por el equilibrio con que transita de la objetividad historicista a la evanescencia ensoñadora y de la evanescencia ensoñadora a la objetividad historicista. Sus autores se han documentado a fondo para abordar de forma exhaustiva y sin embargo amena, desde el pragmatismo del investigador, la larga vida de un mito que se mece, tal como la isla a la que se refiere, sobre las inquietas aguas de la intrahistoria y, más aun, margulla en las de la memoria colectiva, fenómeno poético e imprevisible que rara vez se analiza fuera de las coordenadas de la creación literaria.
Para Poggio y Regueira, la isla perdida de San Borondón concierne al folclore (memoria, oralidad, sugestión, magia) en la misma medida que a la Historia (hecho constatable, escritura, realidad empírica). Ahí radica la originalidad de su propuesta. Entre el corpus bibliográfico de la metodología científica y el castillo de naipes de la especulación poética se sitúa la isla intermitente de nuestros propios latidos. No hay otro modo de acercamiento teórico a la isla encantada que presentimos ahí fuera, como una promesa de algo mejor.
La lectura de este libro sugerente nos obliga a pensar en nosotros mismos, pero sin sufrimiento y sin caer en el autoengaño o en la autocomplacencia. San Borondón surge, así, tal que un reto existencial, como el terruño idealizado que cada uno de nosotros quisiera habitar para siempre. Pero, ¿cómo habría de ser en nuestros sueños? Acaso una simbiosis imposible de la húmeda frondosidad riscosa de La Palma y la aridez amarilla de Fuerteventura, un espacio sabiamente gobernado, habitado por gente buena, feliz, noble, serena, cultivada, trabajadora, cuidadosa con el entorno, gente dispuesta a buscar la verdad en lo que hace, gente capaz de asimilar el misterio de la vida como un don que ha de ganarse con el esfuerzo cotidiano.
Ya sé que suena a enunciado de una esperanza pueril, al fin y al cabo una enajenación provocada por el desencanto, siquiera como antídoto contra él.
¿Y qué?
Reflexionemos un minuto, con el corazón en la mano: ¿podemos ser algún día esa gente?, ¿puede ser esa nuestra isla?, ¿cómo debiéramos alcanzarla en plenitud y sin movernos desde donde estamos?

