Materia oscura

Hace un par de días, en una estrecha y céntrica calle de Santa Cruz de La Palma, mientras esperaba al volante de mi coche a que el semáforo se pusiese en verde, observé cómo a no muchos metros de distancia dos individuos hablaban acaloradamente moviendo tronco y extremidades con llamativos aspavientos. No tenía pinta la cosa de acabar en pelea, ni mucho menos, pero desde luego, vista así de lejos como un hecho aislado en medio del trasiego ciudadano, por lo menos invitaba a elucubrar sobre la naturaleza de la discusión: ¿sería un asunto privado o de interés público?, ¿hablarían de las interminables obras de repavimentación que hacen que nos sintamos presos de un laberinto?, ¿plantearían algún dilema sobre la caída libre de la economía global?, ¿estarían quizá en medio de una disputa ideológica o partidista?, ¿harían crítica subjetiva del gobierno nacional?, ¿o del autonómico?, ¿o del insular? Al pasar por su lado afiné el oído y alcancé a escuchar un retazo de frase que, de sopetón, me situó en las coordenadas exactas en que se apuntala nuestra realidad social:
    -…Cristiano Ronaldo chuta mejor…
    Ahí es nada.
    Seguí mi camino, obviamente desilusionado pero -lo confieso- con un amago de sonrisa. Aquello me resonó en las entrañas como un palmetazo de humor negro.
    Qué le vamos a hacer, este es el mundo que nos ha tocado vivir: el mundo de Cristiano Ronaldo and company. Al final, todo se reduce a eso: a Cristiano Ronaldo and company.
    Mientras cambiaba la primera marcha por la segunda, recordé que en estos últimos días la prensa se ha volcado con el asunto. No es para menos. Claro, Cristiano Ronaldo, Florentino Pérez y todo lo que significan al fin y al cabo se merecen mil y una reflexiones a pie de calle, en el trabajo o en casa. ¿Acaso no damos vueltas como un balón? ¿Acaso el planeta no es un balón moviéndose en una parábola que despierta, cuando menos, asombros e incertidumbres?
    Pensé entonces en la de virguerías que se podrían hacer con los noventa y cuatro millones de euros que se va a gastar el Real Madrid Club de Fútbol en tan atronador fichaje. Noventa y cuatro millones de euros dan para mucho. Échenle cabeza. La cifra es algo más que impresionante, no sé si tanto como la valía profesional de un solo hombre, se dedique a lo que se dedique.
    Pero no iba a reflexionar ahora sobre este avatar del mercantilismo en el deporte publicitario o en la publicidad deportiva, que para el caso es lo mismo, sino sobre otra circunstancia que me produce aun más escalofríos: el hecho de que dos palmeros (o tres, o veinte, o mil) hablen con tanta pasión de algo que en verdad debiera importarles un pimiento. No me negarán que, descrito así, de golpe y en frío, parece síntoma de un mal de difícil curación, una especie de alienación de los sentidos, una falta de estímulos o, peor, de aliento vital. Un cujún-cujún, que diría Pepe Monagas. Un tararí-que-te-vi. Un catapún-chimpún. Un cruiiiic.
Jo, no me sale la palabra. Habría que buscarla con lupa en alguna parte. Pero tampoco sé dónde. Desde luego no en un vulgar tratado de psiquiatría. Ni siquiera entre los titulares monosilábicos del Marca, modelo sin par del pensamiento único.
En fin, quizá no se pueda definir de ningún modo, como no se puede definir el vacío ni la materia oscura del universo.

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