Tantos y tantos niños

Hace tres días murió en Nueva York el escritor Frank McCourt. Al escuchar la noticia en la radio, recordé que cuando apareció en España su primer libro, Las cenizas de Ángela, le dediqué una reseña, publicada en el diario de Las Palmas -ya desaparecido- La Tribuna de Canarias (27 de agosto de 1999). Al releerla he cedido a la tentación de desempolvarla para los seguidores de "elapuron.com". Se titulaba "Tantos y tantos niños" y sigue de actualidad. Por supuesto el libro de McCourt, que por cierto fue adaptado para el cine por Alan Parker, es tan recomendable hoy como entonces.
    Aquí están las notas que suscitó aquella lectura:

Acabo de leer un libro necesario, gordo y fundamental como el primer ladrillo de una casa, Las cenizas de Ángela (Maeva Ediciones, Madrid, 1998), del debutante sexagenario Frank McCourt, premio Pulitzer 1997, quien ha dado una soberbia vuelta de tuerca al género de las memorias relatando su infancia y su adolescencia a partir de una extensa serie de recuerdos vívidos, lúcidos y noveleros en cuanto que construyen por sí mismos, por lo que dicen y representan y por cómo se transforman en escritura, un relato conmovedor y coherente. Esta primera, y hasta el momento única, obra de MacCourt se lee de un tirón porque vierte el discurso oral de un hombre adulto, llevado por la lógica de la sintaxis normativa, sobre la imprevisible mentalidad de un niño que va creciendo despacio. Su arriesgado y feliz empeño convierte la lectura en un juego de suplantaciones e intercambios: el autor es el viejo McCourt, pleno de comprensión y experiencia; el narrador es el pequeño McCourt, que desde el presente de indicativo descubre los misterios de un mundo adverso aunque fascinante; el lector, embebido por esa vocecita diáfana, intuye que el viejo McCourt y el joven McCourt se superponen en uno y otro sentido para recrear una biografía real sin dejar de construir una fenomenal y sutil ficción rebosante de verdad. Ese procedimiento narrativo hace más creíble la realidad evocada, nos la aproxima hasta el extremo de que, al fin, nosotros, los lectores anónimos, también somos el niño y el viejo o el viejo y el niño que, al contar sus cosas, representan sin afán ejemplarizante la historia de todos los hombres pobres, algo así como un denso resumen de la Historia Universal.
    Las cenizas de Ángela describe no sin humor la miseria material de una familia que traspasa, hacia abajo, el umbral de la indigencia en medio de una situación de desamparo. El niño Frank MacCourt, sus hermanos Malachy, Michael y Alphy, junto a sus padres, Ángela y Malachy, sobreviven a duras penas en el pueblo de Limerick durante unos años terribles, los 30 y los 40, en que el hambre y el desempleo azotan a una Irlanda marcada a fuego lento por viejos y ásperos tópicos, algunos de ellos poetizados por John Ford en sus memorables Cuando sale la luna y El hombre tranquilo, como son la afición masculina a la cerveza negra y a las pendencias tabernarias, el ciego coraje de mujeres indomables, la intolerancia religiosa, el rancio orgullo nacionalista, los más absurdos prejuicios de casta… Esa miseria material desemboca en una miseria moral generalizada: el padre se bebe, durante años, la paga del paro dejando con hambre a sus hijos pequeños, y luego los abandona; la madre, impotente ante los problemas domésticos, en más de una ocasión llega a cometer adulterio a escasos metros de donde duermen sus niños; los obreros explotados, y también los curas católicos -soberbios y clasistas-, los profesores -incultos y sádicos-, los médicos -distantes e incapaces-, la "gente de bien" -acomodada y egoísta-, etc., sucumben bajo ese clima sofocante de doble miseria y por el peso de sus propias limitaciones.
    Lo peor de todo es que este inquietante cuadro ejemplifica un estado de opresión de eterna vigencia. En diferentes épocas y en diferentes culturas. El relato no formula una denuncia social de forma directa, pero describe con tal naturalidad las impertinencias humanas, que acaba poniendo el grito en el cielo. Esa dolorosa crónica nos azuza porque, en su particular descenso a los infiernos, genera el mayor de los deslumbramientos. La vida es tan injusta como hermosa. Por madura y realista, la voz que la abarca es ingenua y terrible; por ingenua y terrible, es madura y realista. Cuidado. Quien meta los dedos aquí se los pillará para siempre.
    Al acabar el libro uno siente haberse adentrado hasta el fondo mismo de los horrores de tantos y tantos niños que, hoy, arrastran sus harapos en el extrarradio de nuestras flamantes urbes; tantos y tantos niños que, hoy, mendigan y roban entre los escombros de poblaciones arrasadas por guerras y catástrofes naturales; tantos y tantos niños que, hoy, roban, se desviven y prostituyen por aspirar pegamento, por llevarse a la boca un bocado de lo que sea, por mantener a algún miembro enfermo de su familia… Niños de la calle que, como Lázaro de Tormes, no comprenden qué diablos pasa a su alrededor y, sin embargo, enseguida saben de qué va su puñetera historia.

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