A medida que nos acercamos a los rescoldos del reciente incendio, un rubor extraño como anuncio de febrícula nos advierte de cuán débil es la materia de la que estamos hechos, sea sueño o sea carne. Tal que el rumiar de una bestia al acecho, el calor de las cenizas nos enfrenta a los más atávicos horrores, y mientras reconocemos el miedo a las fuerzas desatadas de la naturaleza, en el fondo sentimos que una vez más nos hemos pasado de la raya, que no la respetamos como se debiera, que seguimos sin aceptar que el hombre no es, ni por asomo, la medida de todas las cosas, algo que tarde o temprano pasa factura. Una vez apagado el fuego, parece lógico que aflore el deseo de reparación material y psicológica e incluso, acaso en consecuencia, se solape el instinto de justicia con el de venganza (ya se sabe: en estos tiempos de incertidumbre, la sociedad, acomodada y protestona como nunca, después de cada desgracia busca culpables, responsables, negligentes o comoquiera que se llamen a los que habrán de servir para cicatrizar las heridas o, al menos, liberar de responsabilidades). Ya veremos cuál fue el origen o cuáles fueron los orígenes del fuego o los fuegos; ahora bien, a mí particularmente no me cabe duda de que todos, de alguna u otra forma, tendremos algo que ver en el desaguisado. Habría que replantear a todas horas, con rigor, sin prisa y sin pausa, el modo en que interactuamos con el paisaje, tanto desde la actitud individual como desde la colectiva.
Por otra parte, de nuevo hemos podido comprobar cómo en casos tan inquietantes como el que nos ha sobrecogido en los últimos días el ser humano es capaz de sacar lo mejor de sí mismo. Cuántos héroes anónimos -entre bomberos, operarios de Medio Ambiente y esforzados voluntarios- han arriesgado sus vidas para evitar males mayores. Dada la gravedad del suceso, es un hecho que el plan de salvamento acabó exitosamente. No ha habido muertos ni, como dicen los periodistas, "daños personales", y eso ya debiera levantar el ánimo, si tal extremo es posible en momentos de tanta desazón. Por lo demás, reconforta comprobar que las autoridades -locales, insulares, regionales y nacionales- han reaccionado con presteza sin dejar de dar la cara.
A trasmano escribo estas líneas urgentes espoleado por lo que me acaba de confesar Jorge Perdigón: ayer y hoy ha recibido desde distintos puntos de Europa llamadas de amigos suyos, cantantes de ópera, quienes, enterados del desastre por la prensa internacional, al punto han ofrecido colaboración desinteresada. Quieren hacer algo por los damnificados de La Palma, a la que en más de una ocasión han venido a cantar para el festival "Ópera en el Convento"; desean participar gratuitamente en una gala lírica que pudiera contribuir, en la medida de lo posible, al restablecimiento de la normalidad en la vida de la gente de Fuencaliente y Mazo. A la cabeza de este grupo de amigos se encuentra el gran barítono Paolo Gavanelli, que por cierto ha fijado su residencia muy cerca de donde se ha producido el desastre.
Este bello y espontáneo gesto viene a recordar que en la aldea global no estamos solos y que ante cualquier contingencia nos hermanamos misteriosamente por un esperanzador sentido de la solidaridad. En una isla pequeña como la nuestra enseguida se toma conciencia de que formamos parte de una gran familia y por lógica, es decir por pura necesidad, hemos de afrontar codo con codo la dura tarea de volver a la realidad cuanto antes. Por desgracia no bastará con las ayudas económicas oficiales, desde luego justas y necesarias.

