La Batalla de Silvio

La verdad es que no debería costarme mas allá de unas líneas expresar lo que ha sido Silvio Rodríguez para mí y para tantos otros utópicos tontainas de mi generación. Sin embargo, en estas alturas de la vida, me duele recuperar lo que hasta hace bien poco fue un mito intocable. Uno de los pilares de la Nueva Trova Cubana, un trovador de la revolución, de la libertad. Recuerdo pasarme noches y días enteros escuchando Como Esperando Abril, Ojalá, Playa Girón, Óleo de una Mujer con Sombrero, Y Nada Más….y tantas otras. Memorizando cada estrofa, cada acorde de guitarra, cada silencio, recorriendo una y otra vez los altos y los bajos de Mujeres o la excelente abundancia de Tríptico. Y, en fin, soñando y transmitiendo el sueño a los demás con cassettes Basf de 90 grabadas tantas veces que apenas quedaba sonido en ellas.

La voz de Silvio significó precisamente la fuerza de las cosas que no pudimos comprender del todo pero que intuimos con demasiada inquietud. Y la verdad es que tampoco quisimos abundar demasiado en la comprensión de sus palabras, nos bastó la hermosa presencia de su guitarra, la poderosa raíz de la metáfora que siempre, aún no se cómo, nos indicó el camino contrario, el que, sin duda, quisimos elegir. Y es que canciones tan hermosas como Ojalá, Madre, Te doy una Canción o Por quien Merece Amor son realmente diatribas terribles y violentas por causas del momento; Pinochet, la Cuba encadenada al embargo y a la provocación imperialista, la exaltación ante el mundo de los logros revolucionarios,…etc. Muchas de esas causas, como heridas, siguen abiertas pero, de alguna manera, la voz del mensaje ya no suena igual, ya no es tan clara, tan transparente ni siquiera tan sincera. Los años pesan demasiado y salvo el valor de la nostalgia (cerrar los ojos y revivir en soledad momentos pasados que discurrieron paralelos) casi no quedan en mí motivos para continuar admirando, al menos regularmente, la plenitud combativa, ni la mirada severa al mundo del siglo XX que resultan de cada uno de sus discos. Y entre otras cosas porque ya no está tan claro que esos mundos ideales a los que canta sin cesar, que esos soldados de la libertad y esas patrias tan candentes de justicia libertaria y refugio obrero sean reales y si lo fueron alguna vez, se han convertido con el tiempo en sus contrarios, corrales de represión, dictadores en sus dictaduras. 

Lo cierto es que Silvio, Pablo Milanés, Noel Nicola, Sara González, Amaury Pérez o Vicente Feliú entre otros muchos trovadores han sido siempre fieles soldados contra la opresión y las injusticias que tienen lugar en cualquier parte del mundo que no sea la propia Cuba o, en su momento, tierras del socialismo como el bloque soviético, China, Vietnam o Corea.

Porque Silvio Rodríguez ha sido durante años un embajador cualificado del régimen cubano, un divulgador incansable de las bondades revolucionarias y los demonios capitalistas a través de una especie de ministerio cultural recóndito que le hace ser, para sus compatriotas, símbolo de la cultura cubana, accesible, frágil, popular y a la vez ejecutor directo de la propaganda desde su puesto en la Asamblea Nacional del Partido Comunista de Cuba. Su mano ya envejecida, la misma que escribió De la Ausencia y de Ti llegó a firmar una carta en la que mostró una terrible ambigüedad sobre los fusilamientos, después de un juicio sumarísimo, de tres jóvenes cubanos negros que trataron de huir de su país en una de las lanchitas que viajan entre  La Habana y Regla.

De ahí que se destruya aún más el mito cuando hace sólo unos meses nos enteramos de que Estados Unidos le negó un visado de entrada a este país para participar en un homenaje a Pete Seeger, el legendario cantante de música folk americana que acaba de cumplir noventa años. La reacción del cubano fue histriónica y evidentemente mediática. Toda una declaración de principios ante la libertad truncada por los Yankees. Declaraciones, misivas eléctricas, todo un berrinche público que desembocó en un rocambolesco salto hacia adelante declarando por primera vez en su vida, que el gobierno cubano debería abolir alguna de sus leyes prácticas, en concreto la de su tarjeta blanca, esa que sirve para que los cubanos puedan salir del país libremente, para ver cómo es el mundo decadente que se extiende más allá de Santiago o directamente reencontrarse con sus padres e hijos.

Qué nos queda entonces. Qué nos queda de él. Cuánto tiempo deberá pasar antes de que podamos olvidar. Quizá toda una vida. La vida de otros tal vez. Porque no lo dudo, intentaré que mi hijo pueda soñar, en su momento, con sus historias tal y como me las contó a mí, porque, la verdad, aunque quiebren en la veracidad de su origen, aunque hayan sufrido tormentas devastadoras siguen estando en pie, intactas, a la espera de nuevos tiempos y nuevos tontainas.

 

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