Contaminado

En los años sesenta y setenta, las bandas y solistas con cierta constancia y entidad editaban un disco, pongamos por caso, en enero y tras la promoción, en febrero o marzo, empezaban su gira que duraba, en ciertas ocasiones, demasiado. Al mismo tiempo, en los hoteles, en las salas de ensayo, probablemente en las jornadas de descanso, componían las canciones de su nuevo disco que sin mayor demora, tenía que ver la luz en, pongamos por caso otra vez, enero. Y así hasta que el cuerpo aguantara. Por eso las décadas prodigiosas para el Rock y el Pop nos brindaron tanto que es casi imposible para cualquiera alcanzar a escuchar y no digamos poseer, ni una mínima parte de lo que se produjo en esos años. Fueron los tiempos de casi todos los grandes y no, me niego a transcribir ninguna lista de favoritos porque no sería justo. Sería como contar del uno al cinco cuando quedan miles atrás. Y quién sería el uno, y el tres y el cinco. No estaría nada bien. Lo cierto es que muchos han llegado hasta el siglo XXI, otros, la mayoría, no lograron resistir.

Todo esto viene a cuento porque hace un unos meses escuché una entrevista radiofónica a Pedro Guerra, ese cantautor nacido en Guimar que en su día fue adalid de la canariedad combativa al frente del magnífico Taller Canario de la Canción y ahora deriva plácidamente con un acento vocal bonaerense tirando a puro porteño, en la cual explicaba al complaciente periodista, sin sonrojarse lo más mínimo, que su nuevo disco, Vidas, veía la luz porque, sinceramente, tenía que volver a trabajar; el dinero se agotaba. Y ello porque el autor de Cathaisa se había tomado un descanso de nada menos que cuatro años desde su anterior trabajo Bolsillos.

Y es que Pedro, al que recuerdo con su guitarra como único sostén en el extinto Búho Jazz Bar de La Laguna, allá por el año 90, ante una audiencia de veinte personas, tuvo la suerte de conocer a Luis Pastor y desde esos lazos pudo tocar asiduamente en Libertad 8 y Café del Foro de Madrid, encantando con su requiebro continuo de penitente descalzo y buen rollo milimétrico. Hasta que se cruzó en su camino Víctor Manuel al cual encandiló de tal manera que no tuvo éste otra opción que hacerlo su protegido, ungirlo con sus esencias mineras y presentarlo ante todos, ante su cohorte militante de cierto buen vivir y mejor cobrar, como su particular Cienfuegos, reliquia exótica pero con talento.

Y tanto fue así, tanto disfrutó Pedro con sus nuevos mecenas, con su nuevo estatus de novísimo asequible, que pronto cedió una de sus nuevas canciones, Contamíname, a Ana Belén para que hiciera de ella un nº 1 inmediato. Entonces todo el país descubrió al compositor que se escondía detrás de la pegadiza melodía superventas. De ahí a la presentación de su primer disco Golosinas sólo pasaron meses y como estaba previsto, supuso su consagración definitiva.

La verdad es que fue un disco especial, sobre todo porque, como el mismo comenta, tenía compuestas en esos años más de quinientas canciones, de manera que el álbum fue una especie de selección, lo mejor de lo mejor. Y ahí quedó todo. Tras el boom mediático que le puso en todas y cada una de las esquinas nacionales, que le aupó a la cima de los nuevos cantautores simpáticos, que le llevó a volver en 1996 de nuevo al Búho Jazz Bar, pero esta vez con doble sesión y colas de admiradores que daban la vuelta a la manzana lagunera, decidió sumarse al banco de los cantantes divinos, suscribirse a viajes iniciáticos y ejercer, como sus compañeros exhaustos, de centinela intelectual. Apariciones esporádicas ante causas urgentes y tres o cuatro discos más de tan idéntica factura que parecen sólo uno y a vivir que son dos días.

Lo cierto es que Pedro Guerra es actualmente parte activa y muy visible de un colectivo que, desde la burguesía terrible que se extiende por el cuerpo de los elegidos como la gangrena, alimentada por contratos millonarios con discográficas major (esas que hacen que un single de Melendi cierre un telediario en la primera) criminaliza a todo aquel que se rebela contra tales imperios y busca y encuentra, con las manos llenas de la libertad que le dan los nuevos tiempos, toda la música que aun permanece virgen y aunque parezca mentira, clandestina. Esa música, la que no se escucha ni en los medios ni en los bares ni en discotecas, que circula libre y casi siempre gratis ocupa según los últimos estudios el 90% de la producción nacional. El otro 10% ya sabemos como es y lo sabemos todos tan bien que prácticamente hace innecesario que sus autores malgasten su valioso tiempo en conciertos y giras insoportables. Para qué.

Sinceramente y a pesar de todo lo que he dicho, creo que Pedro Guerra es un cantautor de los de verdad. Con un talento muy superior al de alguno de sus ídolos, es un tipo que puede hacerte soñar con sus estrofas, que crea, cuando quiere, atmósferas únicas en sus conciertos. Me basta recordar la extraordinaria simbiosis que formó con Andrés Molina y Rogelio Botanz a finales de los ochenta en el, repito, fundamental Taller Canario. Nunca Canarias ha valorado suficientemente la enorme importancia que tuvo ese proyecto para la nueva canción de autor que ya se extendía a nivel nacional durante esos años. Y mucho me temo que no lo hará.

 

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