El pasado 5 de junio se representó en el Circo de Marte un espectáculo músico-teatral dedicado a la zarzuela bajo la dirección de Isabel Costes al frente de la Orquesta del Atlántico. Antonio Abdo y Pilar Rey oficiaron de maestros de ceremonias con una divertida puesta en escena, y el tenor Pancho Corujo -algo más que una promesa en la lírica nacional e internacional- y las sopranos Rosina Herrera -deliciosa, como siempre- y Paola di May cantaron romanzas y dúos famosos que por enésima vez recordaban el encanto de un género cada vez menos popular y sin embargo resistente al paso de las modas. El acto, intenso y emotivo, además de reivindicar una de las joyas de la cultura hispana de los dos últimos siglos, pretendía retrotraernos a los años en que el Circo de Marte acogía a las compañías de zarzuela en el arranque de sus tournées por Latinoamérica. El impacto de aquellas funciones, floreciente en el recuerdo de varias generaciones de palmeros, fomentaría una afición visceral por el canto lírico que a la larga iba a traducirse exitosamente en las experiencias de la Masa Coral, las rondallas carnavaleras y de "divinos", las agrupaciones folclóricas, los grupos de música cubana y un sinfín de solistas de extraordinario nivel. En cuanto a estos últimos, sobre todo pienso en mis queridos Juan Pérez Santos -"Juanera"-, Antonio Pérez Ferraz -"El Pato" y Tomás Cabrera Pedriánez -"Pintito"-, entre otros muchos, autodidactas y partícipes todos ellos del milagro lustral de la Bajada con sus intervenciones en el Carro, el Minué, la Loa o la Peña de los Enanos. Sus voces pletóricas se han inspirado en las de grandes héroes lejanos en el tiempo o en el espacio pero muy presentes en nuestras vidas cotidianas, como Miguel Fleta o Jorge Negrete, por citar dos ejemplos dispares. Por cierto, sólo desde tan fervorosa tradición, acaso para sublimarla a partir de esos "maestros" paisanos que nunca pudieron alcanzar el grado de profesionales, hace casi dos décadas arrancó la carrera del tenor Jorge Perdigón, hoy en activo en teatros de toda Europa.
Así que el acto de la otra noche no hizo más que remover agradables sensaciones en alguna recóndita parte del cerebro donde la memoria se vuelve vida y la vida memoria. Escuchando atento, sentado en la butaca con un punto de tensión que bien pudiera asociarse a la nostalgia, por supuesto evoqué con una sonrisa mi primera visita, de muy niño, al Circo de Marte. Imposible olvidar algo así: me llevó de la mano mi madrina, Cheché, que como tantos y tantos convecinos de Santa Cruz de La Palma se sabía la letra y la música de las zarzuelas más célebres. Aquella noche asistimos a la representación de Los Gavilanes, de Jacinto Guerrero. No quedaba ningún asiento libre y el "gallinero" estaba atestado de tabaqueros de los barrios de San Telmo y San Sebastián. Cuando resonaron los primeros acordes mientras se levantaba el telón, todos allí, en la penumbra, estiraron el cuello, concentrados como debutantes. Y sucedió que en el momento en que los componentes del coro, vestidos de pescadores bajo la embocadura de escayola del escenario, empezaron a cantar, "Pescador, / de tu playa te alejas / y el amor / en la orilla te dejas…", también arriba, en el "gallinero", en el paraíso -nunca mejor dicho-, al unísono sonaron voces de hombres y mujeres, voces primeras y segundas, entrometidas pero afinadas y empastadas como si hubieran ensayado para la ocasión. Entraron espontáneamente con suavidad, aunque poco a poco fueron elevando el volumen hasta alcanzar el punto de equilibrio sonoro que el coro requería. Cheché también cantaba. Sin salir de mi asombro, recliné la cabeza sobre su regazo y sentí que desde lo más profundo le vibraba la voz como un borboteo de humores sin nombre en cuyo trasiego se dilucidaba el significado de todas las cosas.
Desde entonces sé que conformamos un paisanaje novelero y novelesco, salido de un cuadro costumbrista que comparte el prosaico plano de la realidad con el poético de la artistería hasta confundirlos. Sintiendo que nadie va a robarnos el rol que el destino nos haya asignado a la fuerza o por derecho, habitamos a gusto y con absoluta naturalidad el núcleo cálido y expansivo de una gran zarzuela.

