Virus

Todo el mundo -digo todo quisque y todo el planeta- ha recibido puntual información sobre la amenaza de la gripe porcina que se cierne como una especie de plaga de las de los tiempos de Maricastaña, pero por lo pronto casi nadie quiere darse por enterado, no al menos a nuestro alrededor. Al fin y al cabo ese es el estilo de conducta que en líneas generales se ha asentado en la realidad social del libre mercado, incluso en unas islas remotas y minúsculas como las nuestras: don´t worry, be happy, vive al día y mientras puedas disfruta el momento. Tiempo habrá de comprobar cómo se las gasta de verdad el virus de marras, si es que nos alcanza. Aunque con la cabeza asumimos el potencial de un riesgo evidente, con el corazón deseamos que todo esto se quede en un simple amago, globalizado o no. Lo deseamos y punto pelota. Claro, estamos tan acostumbrados a creer que nuestros deseos sólo afloran para cumplirse, que con mirar para otro lado damos por hecho que queda exorcizado el peligro.
Quién sabe, a lo mejor la señal de alerta de los organismos internacionales no es sino uno de esos anuncios estratégicos del Apocalipsis que de vez en cuando utilizan los poderes fácticos para mantener a raya al personal, es decir, en la cuerda floja de la incertidumbre y la fragilidad (hasta no hace mucho la administración norteamericana, a propósito del radicalismo islamista, se arrogaba el papel de profeta protector). O no. A lo peor se trata realmente de un lento y silencioso coletazo de las fuerzas arrolladoras de la Naturaleza, siempre al quite frente a las debilidades humanas, quizá para vengarse de tantos agravios y tantas agresiones sin nombre y sin cuento.
    De todas formas, por encima de la truculencia de un enemigo biológico común debieran preocuparnos aun más otras clases de agentes patológicos selectivos, esos que ningún microscopio podría detectar con la debida objetividad. Pienso en el virus de la codicia, que se reproduce a la chita callando, y en el no menos destructivo del fanatismo, a cuyos estruendos y estropicios nos hemos habituado no sin cierta abulia. Ambas cepas, juntas o por separado, a corto o a largo plazo, se incuban al calor del poder político y económico propiciando las mayores calamidades que puedan imaginarse, todas ellas asociadas al hambre, la miseria y la violencia. Sus mutaciones superan con facilidad cualquier barrera, por alta que se levante, para cebarse sin contemplaciones en los más débiles. Precisamente el virus de la gripe porcina es una derivación natural de esos otros virus enrevesados, resistentes a las elementales medidas de prevención sanitaria. La gripe porcina mata en la misma medida en que mata el abismo cada vez mayor que separa a los ricos de los pobres. Por suerte podemos combatirla con vacunas, de acuerdo, pero ¿cómo nos las arreglaremos frente a los otros virus primarios?

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