Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno

El pasado domingo murió Mario Benedetti en Montevideo, definitivamente quebrantado por una mala salud de hierro que poco a poco lo había apartado de la vida pública. A un lado y otro del Atlántico somos muchos los que seguimos lamentándolo con la debida serenidad. La pérdida de un poeta es siempre algo turbador: desaparece, sí, pero sólo en parte, como un espectro que se difumina mientras el eco de su voz persiste en el aire. Por suerte la voz de Benedetti se queda, sin duda -como la de tantos y tantos poetas que en el mundo han sido-, con toda su energía transformadora.
Hay escritores que de una manera u otra, pase lo que pase en nuestras vidas, se mantienen cercanos, estremeciéndonos con su alegría o su tristeza, aconsejándonos -a veces para bien- con sus razones o sus sinrazones, dándole cierto sentido a nuestra forma de mirar y comprender lo que pasa alrededor, empujándonos a seguir adelante frente a los avatares de un mundo cada vez más puñetero. Mario Benedetti era consciente del  papel de guía que su destino de poeta libre le había asignado. Lo tenía tan asumido que en ocasiones se metía por su propio pie en el berenjenal del debate ideológico, politizado y partidista, para ganar adeptos contra las injusticias que llenan Latinoamérica de pobres y oprimidos. Por eso, por las buenas intenciones que lo movían en todo momento, por la dignidad con que sobrellevó durante largos años su condición de exiliado y por la sinceridad de su aguerrido espíritu de resistencia, se hizo respetar como referencia ética (hasta tal punto que incluso llegábamos a pasar por alto ciertos deslices hoy insostenibles, como su tibieza ante la dictadura castrista).
Sin embargo, lo que lo sostendrá en el recuerdo el día de mañana, por encima del compromiso izquierdista, es el logro estético de sus versos, tramados nada menos que desde la sencillez expresiva (quitémonos el sombrero: nada hay más difícil que el verso transparente, fluido, directo y, al mismo tiempo, lleno de sugerencias). Su poesía se abre clara, como en los cancioneros populares, a cualquier tipo de público para abordar cuestiones y obsesiones elementales: el amor, la muerte, los sueños, las contradicciones del devenir cotidiano, la inquietud existencialista, etc. ¿Les parece poco?
La primera vez que vi en persona a Mario Benedetti fue en el Ateneo de La Laguna (octubre del 82): actuó como símbolo que era del rojerío latinoamericano en plena efervescencia, leyendo en voz alta con la sonrisa de quien cumple un alto cometido, denunciando tropelías y burlándose del materialismo burgués que respaldaba a los tiranos de América. La segunda vez fue en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna (año 86, no recuerdo el mes): Benedetti se había convertido en figura mediática mientras en España, recién incorporada a la Unión Europea, todos empezábamos a probar la papa dulce de una economía en alza. La tercera fue en Málaga (febrero de 1993), en un congreso de escritores: los cascotes del muro de Berlín seguían levantando polvo en su lento desmoronamiento y a Benedetti, mientras se sacudía las solapas, se le iba quebrando la voz, cada vez más intimista, acaso asumiendo el peso de la vejez, la suya propia y la del mundo que cargaba sin miedo a la espalda. En aquella ocasión llegué a conversar con él, frente a una taza de café, y me sorprendió su timidez, y más aún me conmovió la ternura con que hablaba de las cosas más simples, igual que en sus versos. Estábamos solos, en una cafetería vacía, y en confidencia, al oír mi nombre, que por supuesto le sonó extraño, dijo con ojos aguachentos:
-Lo mío es mucho más raro. Mis padres me pusieron cinco nombres: Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno.
Ante mi gesto de sorpresa dejó escapar una risita de niño. De hombre bueno que no renuncia a la ingenuidad ni al asombro, los dos grandes sustentos de los verdaderos poetas.
Le dije que, llamándose así, podría haber pasado por palmero.

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