Lo cierto es que estamos en pleno cambio de tantas y tantas cosas. Nuevas maneras de considerar el arte, la tecnología, la religión, las relaciones humanas en suma. Nuevas formas de verlo todo de una manera, casi siempre, vertiginosa. Y, en fin, a mí a veces me da la impresión de que algunos se toman esto como si se acabara el tiempo, como si la vida se acortara cuando no estás en la parte alta de la ola que, por cierto, no sé cómo se llama.
En la música, entre los músicos, entre las discográficas, entre los directores del contubernio multi-mediático, sin embargo, este ensimismamiento místico por la celeridad no se desarrolla de igual manera que en otras artes, como por ejemplo, la pintura, o las nuevas artes del diseño. En la música todo debe ir más despacio o al menos, debe parecerlo.
Hace unos días, tras enterarse de la muerte de Antonio Vega, otro de los iconos de la música rock española, Enrique Bunbury, probablemente preso de la consternación del momento, cogió su guitarra, entró en su estudio privado y grabó una versión increíble de Una Décima de Segundo. Esa misma noche la colgó en su página web y al día siguiente todo el mundo hablaba de ella. Las emisoras de radio no sumisas al régimen, las pocas irreductibles, se hicieron eco y la repitieron hasta la saciedad. También las de Internet, todas las plataformas libres que actualmente abanderan la libertad de expresión musical. Pueden escucharla aquí, sin derechos, libremente y con la máxima calidad, sin intermediarios, sin discográficas, sin managers, sin SGAE, sin TOP 40 maldito. Tal y como sale hoy en día desde un simple PC y un buen micro.
Y como siempre me pregunto por qué algo tan evidente y natural como el progreso tecnológico que potencia y revive a las artes más que estrangularlas, puede convertirse en un tabú, en causa de una cruzada perdida que no puede, por más que lo intente, dejar limpio el paso para la avalancha comercial, para los recaudadores sanguinolentos, para los salvadores visionarios en exclusiva.
Aunque a algunos les moleste, la música, el producto discográfico, ya no puede distribuirse de la misma manera que lo ha venido haciendo hasta ahora. No es posible porque hay otras formas mejores de hacerlo. Y mejores porque son más baratas, más rápidas y más satisfactorias. Y por mucho que se empeñen los citados recaudadores, por mucho que intenten aplazar el final de su imperio de mercaderes y mercenarios, a lo largo de la historia lo que ha tenido que ser ha sido.

