Creo que no hay mejor lugar que este para llorar o brindar, en este caso, por la muerte de uno de mis mitos, de mis consejeros, de mis vigías cotidianos, de mis pastores. Y es que ayer se fue, por fin, Antonio Vega a no se sabe dónde. Y sé que no es tiempo de lágrimas, ni de pañuelos, ni de procesiones. Ni siquiera es tiempo de quemar las últimas naves, ni de abarcar con las manos, abiertas y rotas, tiempos que ya no existen. Es hora de confesar pasiones. Y este hombre creaba pasiones verdaderas, las que se clavan hondo y perduran en el tiempo. Las que hacen perder de vista el horizonte. Las que nos obligan a cerrar los ojos y a soñar continuamente con otros mundos mejores, aquellos que en el interior, tras nuestros párpados, configuran un sistema solar quieto, una multitud de grandes momentos, de buenos momentos que no pasan.
Antonio era capaz de regalarnos todo eso con sólo dos estrofas, con un acorde o con un silencio de los suyos. Fragilidad y calma, espacios abiertos, melancolía, noches estrelladas o ciudades imaginarias, esperanza al fin y al cabo. Alegría contenida y una cartografía detallada del dolor, de su dolor.
Parece que fue ayer cuando Nacha Pop, quizá la mejor de las bandas pertenecientes a lo que muchos etiquetaron bajo un matasellos doloroso como La Movida, se despidieron con un disco en directo llamado 80/88. Suponía el adiós como banda y la constatación de un testamento tan valioso para la música pop española que aún hoy se digiere poco a poco, por etapas y a razón, casi siempre, de intereses comerciales. Viajes intensos como La chica de ayer, Una décima de segundo, Desordenada habitación, Lo que tu y yo sabemos, Relojes en la oscuridad, Con tal de regresar o la inmensa e insuperable Lucha de gigantes son fiel reflejo de un talento indudable así como de una renovadora visión de la música urbana que definió, por suerte, toda una época.
Y es que Nacha fue un grupo que no navegó con el viento a favor como Radio Futura, Mecano o La Unión. Sus canciones no sonaban en los medios tantas veces ni tan alto como las de éstos, por los motivos de siempre, supongo. Pero fue una banda de culto, en ocasiones casi maldita, modesta en todo caso, pero tremendamente consistente en su estilo y su mensaje y, lo más importante, siempre fue como quiso, sin dobleces ni poses, no quiso transigir. Letras hermosas y enigmáticas por un lado, hilarantes y prosaicas por otro, intimismo y algarabía que se alternaban según el compositor de cada tema. La pluma y la guitarra de Antonio eran el origen de las primeras, de las exquisitas y entonces ya se intuía el poeta, el cantautor latente.
Ya en solitario, los noventa y el comienzo de siglo fueron, precisamente, años de consagración y reconocimiento a su talento como compositor. Y ello a través de cinco discos. Cinco apuestas por el estilo que siempre pretendió y que no pudo desarrollar, en toda su amplitud, en la década anterior: No me iré mañana, Océanos de sol, Anatomía de una ola, De un lugar perdido y 3000 noches con Marga. Cada uno de ellos con una mirada cada vez más lenta y a la vez más amplia, del universo, la existencia, la relatividad, la ausencia y otra vez, del dolor. Sus constantes. Y una tras otra fueron naciendo obras maestras, pequeñas, frágiles, difíciles algunas, tenues, íntimas pero todas ellas hermosas, profundas, como su voz.
En julio de 2006 tuvimos la suerte de disfrutar en Santa Cruz de la Palma de uno de sus últimos conciertos en Canarias. Teatro Chico, Viernes 20:30 horas. El lugar perfecto, el día perfecto, la hora perfecta. Taciturno, pálido, extremadamente delgado, como siempre, frágil pero sólido. Muchos pensamos que no podría soportar la totalidad del concierto en pie. Nos equivocamos. Si pudo. Y su libro de canciones se abrió de par en par para nosotros. Una buena selección con los temas de siempre y algunos de sus últimos trabajos. Y poco a poco, como si de una película subtitulada se tratase, nos fuimos acostumbrando y su voz ocultó por completo la imagen terrible, la endeblez brutal del músico. Antonio no levantó la cabeza ni un solo instante. Sólo miró a su guitarra.
Pero tras el concierto nos encontramos de cara, no lo necesitábamos, ya la conocíamos, con la verdadera altura del mito. Y es que a pesar de todo, de tantos y tantos años de conciertos, de su éxito, de su inmortalidad, quiso compartir unos minutos con nosotros, con sus amigos, en el bar que se encuentra justo frente a la entrada del Teatro. Como uno más. Sencillo, asequible. Y allí permaneció, tímido pero locuaz, compartiendo sensaciones sobre el concierto, contestando preguntas clásicas sobre su vida, sobre su futuro, sobre sus nuevos proyectos…..
Siempre, siempre recordaré que al preguntarle si le molestaba que nos hiciéramos una foto con él, me respondió literalmente: "No tío, como me va a molestar, al contrario"
Y por fin se fue, se fue el gigante, no sé si luchando o no. Qué más da. Se fue con Margarita, su Marga de las 3000 noches y con Enrique Urquijo y con tantos de sus amigos que, como él mismo, no supieron o no quisieron vivir más tiempo entre nosotros.
Por mi parte, al menos durante estos días, intento seguir el consejo de Nacho García Vega que ha pedido "a todo el mundo que lo quiera recordar que lo haga con los ojos cerrados"

