Querida Guadalupe

Querida Guadalupe:

    Tengo la fortuna de conocerte desde hace muchos años y sé a ciencia cierta que eres una persona buena, cabal, honesta y trabajadora. Desde luego estos son atributos suficientes para llevar a cabo la misión con que el destino ahora quiere ponerte a prueba. Sin embargo sabrás que, tratándose nada menos que de la dirección del Cabildo de La Palma, siempre vas a necesitar algo más que la preparación y la valentía que el caso requiere. Ni siquiera basta con el concurso de la buena suerte, aun siendo primordial en todo tipo de lances administrativos.
    Claro que a nadie le amarga un dulce, sin duda, pero supongo que, aunque lo disimules con nobleza, te has dado cuenta de que lo que han dejado en tus manos es un dulce envenenado. Sí, acabas de recibir a bombo y platillo el resbaladizo fruto de uno de esos amores que matan. Te advierto de que se masca en el ambiente que las cosas no están precisamente como para tirar cohetes, y no sólo por las crisis que en cascada se ciernen amenazadoras, reales, en todos los niveles.
A la vista de tantos y tantos casos en el ejercicio de la política local, nacional e internacional, desde hace tiempo sostengo que no hay mejor gobernante que el que se estrena. Hasta en sus mínimos gestos rebulle la ilusión del principiante aún no contaminado por los miasmas del poder, así que, lo quiera o no, transmite el destello de un puntito de pureza (no vamos a decir ingenuidad) que cuando menos anuncia el tesoro de los buenos propósitos. En esas te veo. Hoy por hoy, todo resulta esperanzador para ti. Disfrútalo mientras dure.
Por lo pronto y de entrada, como medida preventiva, sólo tienes que abrir las ventanas para que corra el aire, alejarte a conciencia de los malos ejemplos y rodearte de gente competente que no se encuentre por debajo de tus propias capacidades. Tal como anda el patio, esto ya de por sí podría considerarse todo un logro. De lo contrario, tarde o temprano te expondrías sin querer a los peores peligros que acechan a cualquier mandatario, del color que sea: la autocomplacencia, la engañosa sensación de infalibilidad, la desconfianza, la paranoia frente a las críticas adversas, la sordera y la ceguera ante lo que se cae de maduro.
Por último, no dejes de anotar en tu libreta los consejos que Don Quijote ofrece a Sancho Panza cuando lo nombran gobernador de la Ínsula Barataria (valen más que un cursillo acelerado entre despachos oficiales):
"Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey […]. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos. […] Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, por entre los sollozos e importunidades del pobre. […] No te ciegue la pasión propia en la causa ajena."
Obviamente, tú no eres, ni por asomo, Sancho Panza. Pero, ojo, no hay nada más parecido a la Ínsula Barataria que La Palma.

Un abrazo.

Scroll al inicio