Hace pocas semanas tuvimos ocasión de comprobar cómo dos operarios del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma pintaban de rojo el inmueble de la centenaria Sociedad "Cosmológica" y, al día siguiente, deprisa y corriendo, lo repintaban restituyendo el blanco anterior.
¿Por qué?
Según ellos mismos me explicaron con cara de circunstancias, habían recibido una contraorden desde "arriba" (desde la mismísima Corporación).
¿Por qué?
Según luego me confesó en voz baja un funcionario municipal, dos o tres ciudadanos indignados -quién sabe, quizá eran cuatro- se habían quejado ante el señor Alcalde.
¿Por qué?
Al parecer no les gustaba el color rojo sobre las paredes de esta ilustre casona. Y punto.
¿Por qué?
Sin duda el rojo, además de antiguo como la propia arquitectura colonial, es un color que se las trae -y, por lo que se ve, hasta puede resultar ofensivo-.
¿Por qué?
¿Será por el eco (perdonen la sinestesia) de sus connotaciones políticas? ¿Será porque recuerda la encarnadura de que estamos hechos? ¿O tal vez será porque, sencillamente, llama la atención? ¿Será porque rompe la monotonía del blanco, es decir, del no-color, que desde hace casi treinta años se ha ido imponiendo en toda la ciudad?
Vaya, vaya, vaya. Caramba, caramba, caramba.
A esto llamo yo participación ciudadana y respuesta solícita de la Administración.
A esto llamo yo tener sensibilidad y reflejos.
A esto podríamos llamar también, no sin sonrojo, canguelo puro y duro. Respeto a las inquietudes estéticas y, más aun, al qué dirán de dos o tres -o cuatro-. Reparo ante el cambio. Del tipo que sea. En dos palabras: acojonamiento e inmovilismo, todo en un solo suspiro (un solo resoplar de apuro y alivio).
Con gruesos brochazos sobre gruesos brochazos queda así simbolizada una de nuestras más recientes señas de identidad: la palidez, o sea el asentamiento visual de la impavidez.
Ole. Así nos las gastamos. Así nos va.

