El velo integral y las antiguas “tapadas” o “cobijadas” (y II)

La expansión de esta costumbre atravesó el Atlántico y se arraigó en la América Española. A principios del siglo xix era un uso cotidiano de la mujer limeña (Perú). En este entorno, la tapada limeña poseía un toque atractivo y peculiar a la vista de propios y extraños.

El pintor costumbrista alemán Mauricio Rugendas (1802-1858), precursor de la pintura romántica en América, recoge varias muestras del manto y saya (tapadas) de la mujer urbana peruana. Por su parte, la escritora y sindicalista Flora Tristán (1803-1844), de padre peruano y madre francesa, en su interesantísimo libro Peregrinaciones de una paria (con prólogo de la autora de 1836), describe minuciosamente la tapada, con manto y saya, que vestía la mujer limeña. Por la coincidencia en fechas entre el pintor y la escritora estamos ante dos valiosas aportaciones documentales: una descripción y unas imágenes pictóricas en las que han quedado bellamente delineados manto y saya en el Perú de la primera mitad del siglo xix. Con la apertura americana a otras modas y progresiva industrialización europea -fundamentalmente a través del vestido parisino- terminaron con las tapadas limeñas. Según se verá más adelante, por esos mismos años seguía siendo usual en La Palma.

Para F. Tristán, el vestido

"llamado saya, se compone de una falda y de una especie de saco que envuelve los hombros, los brazos y la cabeza y se llama manto. Ya oigo a nuestras elegantes parisienses lanzar exclamaciones sobre la sencillez de este vestido. Pero están muy lejos de pensar en el partido que pueden sacar de él la coquetería".

No conforme con este apunte, la escritora profundiza y detalla esta indumentaria femenina explicando que para hacer

"una saya ordinaria se necesita doce o catorce varas de raso […] Está completamente plisada de arriba a bajo, a pequeños pliegues y con tal regularidad que sería imposible descubrir las costuras. […] El manto está también artísticamente plisado, pero hecho de tela muy delgada no podría durar tanto como la falda, ni el plisado resistir los movimientos continuos de quien lo usa y la humedad de su aliento. Las mujeres de buena sociedad llevan saya de raso negro. Las elegantes tienen, además, otras de colores de fantasía, tales como morado, marrón, verde, azul, rayadas, pero jamás de tonos claros, por la razón de que las mujeres públicas las han adoptado de preferencia. El manto es siempre negro y envuelve el busto por completo. No deja ver sino un ojo".

La escritora recoge que todas las mujeres lo vestían,

"pero jamás de tonos claros, por la razón de que las mujeres públicas las han adoptado de preferencia. [Sin embargo, afirma que] todas las mujeres la usan, a cualquier que sea la clase social a que pertenezca. Se le respeta y forma parte de las costumbres del país como en Oriente lo es el velo de la musulmana. Desde principio hasta el fin de año, las limeñas salen así disfrazadas y aquel que osare quitar a una mujer con saya el manto que le oculta el rostro por completo a excepción de un ojo, sería perseguido por la indignación pública y severamente castigado".

Por esa época, las calles de Lima debieron ser un hervidero con la fantasía y la seducción de las tapadas de fondo. El embrujo musulmán, para Flora Tristán, continuaba vivo en la indumentaria. Cualquier mujer con "manto y saya puede salir sola. La mayoría se hace seguir por una negra, pero no es obligatorio". Ya fuera de la «protección» del hogar, se confundían, llegando incluso a encontrar

"a su marido en la calle y él no la reconoce, le intriga con su mirada, le hace gestos, le provoca con frases, entran en gran conversación, se deja ofrecer helados, frutas, bizcochos, le da una cita, le deja y en seguida entabla otro diálogo con un oficial que pasa. Puede llevar tan lejos como quiera esta nueva aventura sin quitarse jamás su mant"..

De regreso a la casa, el marido "no le pregunta dónde ha ido, pues sabe perfectamente que, si tiene interés en ocultarle la verdad, le mentirá".

Según Flora Tristán, a quien sus biógrafos definen como sindicalista y feminista, esta vestimenta daba a las limeñas una gran libertad; podían salir sin ser reconocidas y hasta sus voces parecían diferentes a consecuencia del uso del manto que les tapaba la boca. Asistían a los espectáculos, a las corridas de toros, a asambleas públicas, a los bailes, a los paseos, a las iglesias o a hacer visitas siendo bien vistas por todos. Coincide esta interpretación de coquetería y libertad con la opinión de Carmen Bernis (1918-2001). Para una escritora precursora del feminismo de izquierdas como Tristán, esta indumentaria es vista con buenos ojos por los extranjeros, que van a

"la iglesia, no para oír cantar a los frailes el oficio divino, sino para admirar bajo su vestido nacional, a esas mujeres de naturaleza aparte. Todo en ellas está, en efecto, lleno de seducción. Sus posturas son tan encantadoras como su paso y cuando están de rodillas inclinan la cabeza con malicia, dejando ver sus lindos brazos cubiertos de brazaletes, sus manitas con los dedos resplandecientes de sortijas que recorren un grueso rosario con una agilidad voluptuosa, mientras sus miradas furtivas llevan la embriaguez hasta el éxtasis".

La escritora lo describe en un libro de viaje por Perú en busca de sus raíces paternas y de una herencia que se le negó, Peregrinación de una paria (1838); en conclusión, para Flora Tristán, el manto y saya de las tapadas daba libertad a la mujer. El embrujo y la seducción femeninos superaban cualquier otro planteamiento a principios del siglo xix en Perú, alejados, como estaban, de connotaciones religiosas dogmáticas, tal y como son calificadas las tapadas actuales de la cultura musulmana.

En su obra El Paraíso en la otra esquina (2003), el escritor peruano Mario Vargas Llosa enfrenta dos biografías, la de la sindicalista Flora Tristán (1803-1844) y la de su nieto, el pintor impresionista Paul Gauguin (1848-1903), en busca de un Paraíso. Para la primera se encuentra en una sociedad igualitaria y para el segundo en el mundo auténtico y primitivo (Tahití).

Vargas Llosa hace referencias continuas a la obra de Flora Tristán Peregrinaciones de una paria, en la que, según acabamos de ver, la escritora dedica un detallado relato a las tapadas limeñas. El escritor peruano -nacido en 1936- aprovecha esta peculiar indumentaria limeña para «vestir» a Aline Gauguin  como dama peruana que envolvía su cuerpo con una gran mantilla a la manera de las tapadas limeñas, se cubría con ella la cabeza y media cara, dejando descubierto uno solo de sus ojos.

En el capítulo titulado «La batalla de Cangallo», Vargas Llosa vuelve a la obra de Flora Tristán; esta vez de manera más detallada y novelando el relato de las tapadas limeñas de la escritora. Para el escritor peruano, a la sindicalista lo que más la impresionó fueron las limeñas de la buena sociedad, aunque

"parecían ciegas y sordas a la miseria que las rodeaba, esas calles llenas de mendigos e indios descalzos que, en cuclillas e inmóviles, parecían esperar la muerte, ante los que lucían sus regencias y riquezas sin el menor embarazo. ¡Pero de qué libertad gozaban! En Francia, hubiera sido inconcebible. Vestidas con el atuendo típico de Lima, el más astuto e insinuante que se podía inventar, el de las «tapadas», que constaba de la «saya», una estrecha falda y un manto que, como un saco, envolvía hombros, brazos, cabeza y dibujaba las formas de una manera delicada y cubría tres cuartas partes de la cara, dejando al descubierto sólo un ojo, las limeñas, vestidas así -disfrazadas así-, a la vez que fingían ser todas bellas y misteriosas, también se volvían invisibles. Nadie podía reconocerlas -empezando por sus maridos, según jactarse Flora- y eso les inspiraba una audacia inusitada. Salían solas a la calle -aunque seguidas a distancia por una esclava- y les encantaba dar sorpresas o burlarse con picardías de los conocidos a quienes cruzaban en la calzada, que no podían identificar".

Como puede apreciarse, Vargas Llosa utiliza la obra de Flora Tristán para describir la libertad de la que gozaban las mujeres limeñas con la indumentaria del gesto de taparse la cara con el manto a principios del  siglo xix en Perú. Claramente, el escritor se inspira en el relato de Flora Tristán hasta el más mínimo detalle.

Contraposición social de las tapadas entre América y Canarias: Alfred Diston y Flora Tristán

Entre los trabajos bibliográficos más valorados de la indumentaria tradicional canaria se encuentra la obra del británico Alfred Diston (1793-1861). En 1828 se publicó en Londres Costumes of the Canary Islands,  en cuyo «Prólogo» Diston manifiesta: solamente puedo hablar por mi propio conocimiento respecto de Tenerife y Palma; lo que relato del resto ha sido tomado de otros que han gozado de mejores oportunidades para señalar.

Un apartado lo dedica el británico al manto y saya y, en su opinión, se trata de un peculiar modo de vestir. Como advirtió en su momento Andrés de Lorenzo Cáceres, le parece a Alfredo Diston el más singular y al mismo tiempo el más indecoroso de todos los vestidos canarios. Este mismo autor recoge por boca de Diston el siguiente comentario:

"algo en honor de su buen gusto, ya que cae aprisa en desuso, si bien no tanto que no se ese todavía, como traje de iglesia por las mujeres de las clases medias, aunque no hace mucho se hallaba de moda entre personas de rango principal".

Es considerable la contraposición que en el plano social representan manto y saya para Tristán y Diston en una misma época, sólo separadas por unos ocho años (Tristán redacta el «Prólogo» de su libro en 1836 y Diston publica el suyo en 1828). La sindicalista encuentra en las tapadas limeñas la liberación de la mujer. Por el contrario, para el británico, aunque es el más singular de los vestidos de las Canarias, al mismo tiempo,

"para un ojo no acostumbrado es decididamente la moda más extraña y fea de todas las usadas por las mujeres canarias.

Llevado por burguesas, mujeres de tenderos, etc. Tiene la apariencia de dos faldas hechas de alepín negro, atadas por la cintura […] visto de lado, es realmente ridículo".

El británico observa que en Canarias caía en desuso. Para Flora Tristán, desde la infancia, las europeas son esclavas de las leyes, de las costumbres, de los hábitos, de los perjuicios, de la moda, de todo. Mientras, bajo el manto, la limeña es libre, goza de su independencia y se apoya confiadamente en esta fuerza verdadera que todo ser siente en sí cuando puede proceder según los deseos de su organismo. La mujer de Lima, en todas las situaciones de su vida, es siempre ella. Jamás soporta yugo alguno. Además, como ya vimos en el apartado anterior, la sociedad limeña las aceptaba y en absoluto vieron en ellas una manifestación indecorosa. Para Diston, se trataba de un traje de iglesia de las clases medias, aunque no hacía mucho estuvo de moda entre personas de rango principal. Por el contrario, en Lima era indumentaria apta para asistir a la iglesia, los toros, el paseo y las fiestas y lo vestían indistintamente varias clases sociales, si bien jamás de tonos claros, por razón de que las mujeres públicas las habían adoptado de preferencia.

La polémica actual continuará y aquí quedan referencias contradictorias en tiempo, épocas y costumbres sociales admitidas con naturalidad y cotidianamente desde muy antiguo por la sociedad occidental.

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