El velo integran y las antiguas “tapadas” o “cobijadas” (I)

La polémica de la indumentaria que lucen algunas mujeres musulmanas llena un espacio destacado en los medios de comunicación, también en nuevas y restrictivas disposiciones legislativas y en la divida opinión pública. La prensa internacional se ocupan a diario de opiniones contradictorias. Los legisladores proponen normas restrictivas que conllevan sesiones plenarias de debate y aprobación o desestimación de las variopintas propuestas.

Sin entrar en mostrar abiertamente mi opinión personal valga este trabajo para profundizar en aquellas antiguas "tapadas", "cobijadas" de hace siglos y la contraposición y valoración del llamado "velo integral" que viste hoy algunas mujeres de credo musulmán.

Esta indumentaria de la mujer, reconocida también por los nombres de "tapadas de un ojo, cobijado o encubiertas", fue un atuendo prohibido en el Quinientos y en el Seiscientos durante la dinastía de los Austrias y en el Setecientos por los Borbones a través de las pragmáticas de los años 1590, 1600, 1633 y 1770. Estas continuadas leyes represoras, con amenazas de cuantiosas multas y en nombre de la moralidad, propiciaron la publicación, por Antonio de León Pinelo, Relator del Consejo Real de Indias, de un detallado trabajo titulado "Velos en los rostros de la mujer: sus consecuencias y daños" (Madrid, 1641).

Como ha ocurrido con otras tantas disposiciones regias, éstas no debieron calar muy hondo en La Palma, según dejan entrever la implantación y uso cotidiano del llamado manto y say (realmente las llamadas "Tapadas") a través de la documentación que nos ha llegado hasta mediados del siglo xix. Es muy posible que la lejanía de la metrópoli, la inexistencia de conflictos y la aceptación social local fueran las razones fundamentales que expliquen el hecho de que su empleo se conservara en la isla.

De este peculiar vestir tradicional palmero existen numerosas referencias. La más antigua en relación a las "tapadas" la encontramos en el trabajo "La joyería indiana en el siglo XVI: pinjantes de cadena y viriles de capilla" (2005) del profesor Jesús Pérez Morera. El autor pone de manifiesto que en el inventario de bienes del Santuario de Nuestra Señora de las Nieves de 1642 se incluye "una poma de oro de filigrana con tres calabacitas pendientes; no se sabe quién la dio porque la dio una tapada a un clérigo que la diese".

Queda claro que esta "tapada" debió ser una mujer que ocultaba su rostro con el manto y que su deseo era que la donación al santuario fuera anónima. Esta temprana fecha del Seiscientos apunta una evidente implantación en La Palma de esta peculiar indumentaria, que posiblemente ya se encontraba en el siglo anterior.

La tapada consiste en utilizar el manto para envolver cabeza, pecho y rostro de la mujer. Es decir, es una acción voluntaria para esconder y ocultar la identidad personal bajo el anonimato, en la mayoría de los casos, no falto de coquetería y embrujo ante el varón. La diferencia entre la tapada y el manto y saya consiste básicamente en que en el primer caso es necesario un gesto, una acción de ocultar el rostro -tanto saya como manto de color negro- sin sombrero; en el segundo caso, el rostro va descubierto, se emplean diferentes colores en manto y saya, el manto se coloca sobre los hombros o la cabeza y en ambas versiones no se prescinde del sombrero. Claramente, esta última es una variante tardía de la primera y debieron convivir conjuntamente en el siglo xix.

Hay dos modos de utilizar el manto:

1 | Se concibe como una pieza separada, ajustada a la cintura por una cinta.

2 | Consiste en utilizar unas de las tres sayas (hoy, falda) a modo de manto, elevándolo sobre la cabeza. Ya aparece descrito perfectamente y de igual manera en El Quijote, como tendremos ocasión de ver.

Son muchos los autores contemporáneos que señalan un origen musulmán en esta prenda de vestir. Por el contrario, Carmen Bernis (1918-2001), en su obra El traje y los tipos sociales en El Quijote (2001), discrepa rotundamente, aclarando que esta "opinión, tantas veces expresada, es absolutamente errónea". Continúa diciendo que "cuando las españolas empezaron a taparse la cara hacía ya medio siglo que no había musulmanes en España, y había pasado el tiempo, que lo hubo, en que cristianos e hispano-musulmanes intercambiaban modas y prendas de sus respectivos vestuarios. Las mujeres musulmanas se tapaban la cara por un imperativo social, para no ser vistas por los hombres, y dejaban al descubierto los dos ojos. Las mujeres españolas de los siglos xvi y xvii se tapaban para gozar de libertad, saliendo a la calle sin ser conocidas; no por imperativos de la sociedad, sino en total rebeldía contra lo exigido por las buenas costumbres y por las leyes. Taparse para ellas no era un signo de pudor, sino de provocativa coquetería".

En opinión contraria se expresa Isabel Cruz de Amenábar, "la práctica del tapado constituye una variación de una costumbre ancestral. El manto fue una herencia de la España mora, donde su uso -directamente ligado al velamiento del rostro y del cuerpo- corría parejo con la condición de reclusa impuesta a la mujer por esa cultura. Desde el siglo xvi, sin embargo, el manto se transformó en España y posteriormente en América, en un instrumento de seducción y coquetería. El velo, que apenas permitía adivinar la cara, o que sólo dejaba un ojo a la vista, añadía picardía al atractivo de una bonita mirada".

Tapadas y manto y saya en la literatura universal

Los más destacados literatos castellanos de los siglos xv, xvi y xvii utilizaron la tapada y el manto y saya en el desarrollo de sus obras, hoy textos maestros de la literatura universal. Entre ellos encontramos a Fernando de Rojas, Miguel de Cervantes y Tirso de Molina. A Fernando de Rojas (1468-1501) se le atribuye la famosa obra Tragicomedia de Calixto y MelibeaLa Celestina, en la que el enamorado Calixto exclama:

"[…] o por Dios, toma toda esta casa: e quanto en ella ay: e dimelo. O pide lo que querras.

Celestina. Por vn manto que tu des a la vieja: te dara en tus manos el
mesmo que en su cuerpo ella traya.

Calisto. ¿Que dizes de manto y saya?: e quanto yo tengo.
Celestina. Manto he menester, e este terne yo en harto: no te alargues
mas: no pongas sospechosa duda en mi pedir: que dizen que ofrecer mucho al que poco pide es especie de negar.

Calisto. Corre, Pármeno, llama a mi sastre: e corte luego vn manto e vna saya: de aquel contray que se saco para frisado.
Pármeno. Assi, assi. A la vieja todo, porque venga cargada de mentiras como abeja: e a mi que me arrastren: tras esto anda ella oy todo el dia con sus rodeos"
.

La alcahueta Celestina pide a Calixto por su intervención en la conquista del amor de Melibea un manto que sustituyera el que tenía (según otro pasaje, el viejo manto tenía treinta agujeros). El generoso enamorado le ofrece mucho más, su casa y todo lo que en ella había. Celestina no se cree el ofrecimiento del enamorado y se conforma con un manto. De inmediato, Calixto ordena a Pármeno: Corre, Parmeno, llama a mi sastre: e corte luego vn manto e vna saya: de aquel contray que se saco para frisado.

Miguel de Cervantes (1547-1616) hace referencia en El Quijote (1605) al manto y la saya por boca de Teresa Panza:

"¡Mirad qué entonada va la pazpuerca! Ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos".

Observamos en las palabras de Teresa la descripción con exactitud de la versión más extendida de lo que hoy en día se entiende por manto y saya en La Palma. Cervantes recoge que la mujer llevaba la cabeza cubierta con una de las dos faldas o saya. La mujer de Sancho Panza, Teresa, debía ser para el escritor la sencilla y humilde mujer que utilizaba una de las dos sayas para cubrirse la cabeza cuando acudía a misa. Por el contrario, «la rica» asistía con manto y verdugado, vestidura que las mujeres usaban debajo de las basquiñas para ahuecarlas. La llamada basquiña se corresponde con una saya, negra por lo común, que usaban las mujeres sobre la ropa interior en sus salidas a la calle. Además del verdugado, llevaban broches y plante de coqueterías; en palabras cervantinas, con entono. Clara referencia que describe el vestir de la mujer en esa época, además de dos extractos sociales económicos muy diferentes. Pero tanto una como las otras iban con manto y saya, aunque se desprende que una utilizaba para cubrirse la cabeza la falda y otras un manto, que debe tratarse de una pieza separada de la falda.

También Tirso de Molina (1547-1616) emplea las argucias y picaresca del vestir del manto y saya en su obra Los Balcones de Madrid:

[Leonor le pregunta a Elisa:] "¿Pues no es mejor que ahora vaya yo en tu nombre, y que encubierta le deslumbre? [Elisa le responde:] ¿Y si te acierta a conocer? ¡Que esta saya vino a ser causa y materia de la tragedia que oístes! [Leonor responde:] Tu saya y tu manto me viste."

La pluma de Tirso de Molina, seudónimo del fraile Gabriel de Téllez, describe y da vida literaria al anonimato que ocultaban manto y saya, indumentaria que la mujer aprovechaba para sus argucias de amoríos y seducción al hombre, de modo que encubierta le deslumbre. Como vemos, el autor emplea otra de las denominaciones populares que tienen el manto y saya, encubierta.

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