Abre la boca para que entre Yo

Hace unas semanas salió al mercado el nuevo libro de poemas de un Amigo, de esos tan escasos, de los de verdad, de los de siempre. Lleva por título Abre la boca para que entre yo y su autor, Francisco García Becerra.

No quiero aquí ni blandir la daga de la crítica literaria (porque no sé hacerlo bien y además, detesto intentarlo así, sin objetividad) ni prologar un texto que ya está prologado con tanto atino como el mostrado en la primeras páginas del libro por Antonio Jiménez Paz. Pero sí quiero explicarme desde la altura de tantos años de conjunción, de afinidad, de tantas tardes y noches compartiendo casi todo.

Francis García Becerra es sobre todo un poeta insondable y un historiador del Rock, un terrible indagador y un perfeccionista nato, abrasivo unas veces, recóndito e insoluble otras. Inextricable que diría el otro. Y, sobre todo, es un episodio perdido en el guión de Blade Runner y una estrofa de Aqualung maniatada por la censura. Pero como ya dice Jiménez Paz en su prologo, no va de poeta. Es casi invisible. Y así quiere ser.

Y con todo, con la vitola de underground como premisa, es un autor multipremiado, reconocido por todos aquellos que han logrado descifrar su mundo real, situado en el abismo, un paso más allá de la forma, del contenido al uso, del léxico entre barrotes, de la quiebra final de cada estrofa.

Porque ya ganó el Félix Francisco Casanova en 1991 con "La Espada y La Bestia", un poemario tremendamente adulto que en realidad era "como un molino de viento que gira acorde a las distintas ráfagas"; un centinela que gritaba bien fuerte la naturaleza de lo irreal. Tras ello todo fue crecer. O quizás no tanto. Tal vez atravesar durante los años siguientes las cimas de Breton, Aleixandre y Bukovsky no bastó para agrietar sus pupilas y llevárselas lejos, más allá de Orión, diría Nexus 6, una frontera atractiva si no fuera porque, en realidad, Orión, como tal sitio, no existe. No, no es cuestión de madurar porque madurar más, al menos en poesía, es imposible.

Porque la poesía de Francis no consiste en un mero trámite de sobremesa para ralentizar el tiempo con metro, música, ritmo y figuras o molduras más o menos horteras, no es nada de eso. Su poesía es potencia. Potencia tremenda en la imagen, en la forma y en el lenguaje. En la metáfora incesante y en la marea que hace balancear la mesa tras cada verso silencioso, intimo y único.

Por eso no es necesario desentrañar combinaciones lógicas ocultas o descubrir varitas mágicas que expliquen contenidos y, cuando se iluminan, muestren las sombras como cuerpos desnudos. Al menos en la poesía de García Becerra y quizás en su mayor parte, es una pérdida de tiempo porque, para empezar, en sus poemarios no hay brújula posible, no existe el rumbo o quizá convivan simultáneamente los 32 de la rosa de los vientos.

En su último poemario, como en el anterior Lenguas de Alondras en Áspid,(premio Ciudad de las Palmas de Gran Canaria 2004,) el autor se atreve a repetir la fórmula bendita consistente en jugar con el lector a ningunear la realidad mediante el desconcierto que crea no saber si el mensaje, la poesía, el arte, está en el verso o en la nota al pie del verso, si el poeta crea o simplemente relega a un palimpsesto de cualquier obra encontrada su mérito que, entonces, no pertenece a nadie.

Es, sin duda, una propuesta arriesgada, mortal o vital para un autor cercano, pero a la que maximizo su valor porque no se atisba en ella temor a nada, al contrario, se lee claramente el desafío al que somete a la ortodoxia, al maniqueísmo sempiterno de los que opinan de la cultura desde lejos, de los que no pueden leer con los ojos cerrados:

"De la misma manera que el autor mantiene una conversación con el lector, improvisando cualquier temática posible, ambos dejan que las frases y sus miedos fluyan. Te necesito, Dicen. Luego abren sus bocas y se devoran a dentelladas."    

Pero además, en la nueva poesía de García Becerra, persisten las tempestades recurrentes de poemarios como La Evidencia del Otoño o No Apto (que fue, es y será, mi favorito): pesimismo de urbanita confeso, sarcasmo medular, humor negrísimo, constantes guiños de mitomanía pop y cómic, cinefilia y sobre todo, música, música vieja de hace treinta años, la misma que me une tanto a él y que nos hace rivales en tremenda lid.

Y por eso en este espacio, que en principio retiene sólo música, también tiene cabida una obra poética que esconde entre los versos a Jethro Tull, a Pink Floyd, a Syd Barret, a Triana, a Deep Purple, a King Crimson y a tantos otros1

Nada es fácil y ser iconoclasta en poesía con tanto acierto, menos. Muchos dirán que la obra de García Becerra carece de ascendientes claros, que es críptica, atonal y en muchos aspectos extrema en el abuso sensorial contrastando con la escasez ante lo racional. Podrán decir que su sarcasmo es confuso y también que su moralidad literaria es dudosa. Podrán decir tanto como quieran, hay para todos. Por eso considero difícil una labor crítica de conjuntos poéticos que, a modo de icebergs, reservan su mayor parte, su peso, su equilibrio, sus colores más hermosos para niveles distintos a la superficie, al oleaje y al deambular de tantos navíos como rumbos. Y ese mundo requiere lentitud, espera y silencio. Porque los poemas de Abre la Boca…, como prácticamente todos los de su autor, son poco recitables, no están compuestos para la interpretación oral, ni para los gestos teatrales del recitador ni, mucho menos, para el deguste inmediato desde una butaca en la platea. No.

"Fuimos caminando hasta la última palabra del libro

Da igual su significado

Porque era un viaje hacia dentro

Y todo estaba a nuestro alcance

Recuerdo en el capítulo siete aquel faro a pie de mar15

Y su luz adentrándose en el horizonte

Una y otra vez;

Hay tantas páginas que he olvidado

 

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15.- Tiene el perfecto equilibrio de luz para guiarnos a nosotros. En relación con esta idea sugiero que se construyan no sólo para los barcos."

En este caso, como puede apreciarse con claridad, se trata de todo lo contrario. 

 

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(1)  Dado que no he podido encontrar mejores argumentos me he atrevido a ilustrar este artículo con una canción magnífica cuya descripción perfecta puede encontrarla el lector en la página 40 del poemario de referencia.  

 

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