Tiempo de votos

La democracia obliga a reunir la mayor cantidad de sufragios para alcanzar o conservar el Poder. La perversión de la democracia surge cuando el temor a no conseguir los votos necesarios, debido al descrédito del mensaje político, lleva a combinar la propaganda más aparentemente leal y legal con métodos desleales e ilegales. La meta pasa a ser embolsar votos, y así, los candidatos se convierten, desde las sonrisas de los carteles, en "recaudadores".

Estos días he escuchado varias veces y con diversas variantes la siguiente frase: "debería haber elecciones todos los años". La explicación a esta afirmación la encontramos al observar a nuestro alrededor la cantidad de obras que se acometen en los meses previos a la cita electoral, las abundantes celebraciones inaugurales que salpican los noticiarios y el considerable aumento de ocupados en nuestros pueblos. Antes eran los simpatizantes y afiliados a un partido político quienes se movilizaban para afrontar el periodo electoral, ahora son miles los ciudadanos encargados de construir edificios, avenidas, aeropuertos, centros de salud, carreteras, parques, pabellones… . Y deben darse prisa, porque, si no concluyen sus faenas antes de la jornada señalada para que el pueblo emita su voto, corremos el riesgo de que las obras se queden tal cual amanezcan ese día. Se supone que los ciudadanos, que asistimos asombrados a este prodigioso trajín, debemos votar, para frustración de una Oposición que no dispone de las arcas públicas para sufragar su campaña electoral, a favor de los cargos públicos responsables de semejante dinamismo. No importan las deudas que aparezcan tras esta vorágine, ni importa si podrá cobrar la engrosada plantilla de cada ayuntamiento al mes siguiente del triunfo electoral, ni es relevante si esa calle debía haber sido arreglada antes o aquella avenida construida después.

Y ¿qué decir de quienes deben un empleo, -semanas, meses, un año quizás- a la proximidad de la convocatoria electoral? Es preferible que la democracia promueva la formación de sus ciudadanos de modo que puedan conseguir autónomamente un empleo, sin esperar a favores del poder y sin depender del calendario electoral, pero mientras no lleguen las utopías, aquí están las realidades. Nadie se cuestiona si es ético o no, el slogan, "un voto, un trabajo", que, tácitamente, asumen las maquinarias electorales de muchas agrupaciones gobernantes.

Del mismo modo se prefiere posponer, o simplemente, eludir decisiones, que serían beneficiosas para el bien común, pero que comprometerían los resultados electorales. Se trata de evitar alborotos y críticas "ahora que vienen las elecciones". Pongamos sordina, resolvamos estos asuntos cuando pasen los comicios. "Primero tenemos que ganar para después hacerlo bien", dirán los usuarios de esta política, demostrando así su confianza en sí mismos y su evidente conocimiento del mundo.

La sintonía que debe haber entre votantes y candidatos se trastoca en desprecio mutuo. Los gobernantes, a quienes el poder ha deteriorado moralmente – "casi todo vale"– no tienen reparos en pervertir, a su vez, a todos los votantes que puedan, convirtiendo las elecciones en un mercadeo de corto alcance. Los electores consideran que han hecho un buen negocio al intercambiar su papeleta por un puesto de trabajo, o por una plaza, mientras esbozan una sonrisa despectiva que demuestra que saben lo que está ocurriendo.

Este tipo de elecciones no parece el mejor medio para seleccionar a los más honestos. Más bien temo que, precisamente, esta es la especie que no sobrevive. No nos extrañemos después.

 

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