La Naturaleza en mi calle: verano

Con la llegada del verano la mayoría de nuestros bichos estivaban en sus diferentes fases, las plantas se agostaban, pero por suerte también llegaban las vacaciones. Lo más frecuente era ir a practicar la competitiva caza del lagarto con los artesanales lazos de balango, ya que los tirapiedras y las escopetas de balines era todo un lujo, prohibido y perseguido por el peligro potencial que representaba en nuestras manos. A la mínima sospecha de posesión, nuestros mayores daban las quejas y rápidamente se imponía la incautación y la pena. El acercamiento al reptil era pausado, sobre todo si se trataba de un desafiante barbolete que valía tres puntos; mucho más inquietas y rápidas pero peor valoradas eran las lagartijas (dos puntos), y las ingenuas y manejables tijitas (un punto), que luego soltábamos en las grietas y paredes de nuestras calles con el propósito de hacer acopio de presas, para solemne cabreo repulsivo de nuestras madres.

Un grupo faunístico importante en nuestras casas y barrio eran las cucarachas. Estaban por todas partes. Cuando levantabas la tapa de cualquier registro del alcantarillado el espectáculo era horripilante, cientos de ellas y de todos los colores correteaban por las piedras y aceras al mismo tiempo que las mujeres daban la voz de alarma y cerraban puertas y ventanas. Inmediatamente, los chiquillos nos afanábamos en explotarlas mediante respingados y asqueados pisotones. Quizás la más destacada de todas estas "vecinas" era la escurridiza salema o saletina que cuando era descubierta y se sentía acosada producía un leve siseo para intimidar, pero si esto no funcionaba no dudaba en huir emprendiendo el vuelo. Es la más grande de nuestras cucarachas y era muy frecuente ya que por sus hábitos se desarrollaba entre los abundantes artesonados de maderas apolilladas de gallineros, conejeras y palomares que existían en nuestras casas. En algunas tardes de calma chicha, de estas carcomidas maderas surgían enormes explosiones demográficas de termitas, que atraídas por los efluvios amorosos apresuradamente formaban parejas que correteaban por las paredes en busca de un nido de amor donde establecer sus colonias. Cuando perdían sus alas, éstas se agrupaban en los ventisqueros de las esquinas, donde los chiquillos nos acercábamos para -entre soplido y soplido- hacerlas volar, desplegándose un fascinante mosaico de alutáceas transparencias. Asimismo eran tiempos de saltamontes, a los que le arrancábamos las patas traseras, generándose discusiones sobre si ese acto producía dolor o, sencillamente, se le tildaba de "abusador de los más chicos", para en un santiamén cambiar de tercio y empezar a hacer carreras, con ellos.

            Quizás el animal por aquel entonces más exótico que tuvimos en el barrio era el loro de Jaime, que con sus agudos silbidos e insistentes gritos nos trasladaba por unos instantes a las selvas africanas, hasta que alguno de nosotros -al mismo tiempo que jugábamos una partida de fútbol pisada en la calle- le  gritaba "lorito", y él, con una retahíla estridente y machacona, repetía: "lorito", "lorito", "loriiiiiito"…

A última hora nuestras madres baldeaban las calles, un poco para limpiar y otro poco para mitigar la plomiza tarde; luego los mayores se sentaban al fresco en sillas y escalones, en habituales tertulias que finalizaban con la oscuridad.

En los días de más calor, de los recuerdos más bonitos que guardo es cuando llegaba la noche y me iba con mi padre a la azotea, estirábamos una manta y nos tumbábamos a la intemperie, expuestos al sereno. Allí disfrutábamos de un inmenso y estrellado firmamento mientras esperábamos nuestra cita nocturna con algún satélite o simplemente descubríamos el fantasmagórico y efímero paso de una estrella fugaz, para, crédulo e inocente, pedir algún deseo.

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