Desde que la agricultura se hizo intensiva en nuestras islas, aunque sobre todo desde que se empezaron a cultivar productos exóticos o no tanto (tomates, pepinos, melones, pimientos, etc.), pero aislados y cerrados en invernaderos, se comenzaron a detectar varios problemas, si bien uno de ellos de vital importancia, ya que dentro de esos recintos precintados no existían recolectores de polen que garantizasen la cosecha al transportarlo de una flor a otra. Para solucionarlo se tuvo que aprovechar la producción industrial de colmenas de abejorros (insecto social polífago que se viene utilizando desde 1987). La especie inicialmente elegida fue el Bombus terrestris (Linnaeus, 1758) de origen paleártico, que se cría artificialmente para luego ser empleado como polinizador de gran eficiencia y rentabilidad.
En un principio se obtenían en el continente europeo, aunque rápidamente las casas comerciales alcanzaron el respaldo económico para facilitar la complicada implantación del control biológico. Así, nuestros gobernantes pactaron proyectos y negocios subvencionados con dinero público y/o europeo.
Hasta aquí todo perfecto, pero surgió un pequeño inconveniente. De la mano del hombre, este taxón se ha convertido en un elemento casi cosmopolita que ha sido llevado a países como Chile, Nueva Zelanda, Tasmania, Australia, Japón, donde se ha adaptado a las diferentes condiciones ambientales creando razas asilvestradas que competían con las locales. Por eso surgieron voces de alarma en Canarias ya que nosotros también teníamos nuestro propio abejorro, el Bombus canariensis (Pérez, 1895), abejón de culo blanco o abejorro canario. Presente en todas las islas excepto en las más orientales, se distribuye desde las zonas costeras hasta la cumbre y es un gran polinizador, de los mejores que tenemos. Afectado por esta situación, podría verse desplazado o hibridado con los ejemplares introducidos.
Aunque el mal ya estaba hecho, pocos años después y para preservar la especificidad de nuestra variedad -considerada en el anterior catálogo como de Interés Especial-, no se autoriza la importación del B. terrestris, utilizándose comercialmente solo nuestro endemismo. Fue a partir del año 1994 cuando se comenzó a producir nuestro abejorro en el continente europeo, pero con un inconveniente: eran capturados en nuestro archipiélago y luego llevados a Holanda para ser cultivados y posteriormente vendidos a los agricultores canarios. Pero de nuevo saltaron voces de alarma ante el expolio que eso significaba para sus poblaciones naturales.
Ahora, debido a los intereses económicos, esta industria se ha desplazado hasta la propia zona de distribución. En el año 2004 se firmó un contrato entre las autoridades insulares y empresas privadas para la creación de la fábrica Koppert en el término municipal de Agüimes (Gran Canaria) con la finalidad de obtener colmenas de abejorros canarios.
Lo cierto es que nuestro personaje sigue realizando una labor infatigable yendo de flor en flor, libando el energético néctar para al mismo tiempo transportar el polen que garantizará el futuro generacional de la vegetación de nuestros bosques y campos. Qué sería de ellos sin nuestro protagonista, ya que son muchas las plantas fanerógamas (cerca de una centena) que visita, principalmente de las familias Boragináceas (tajinastes, etc.), Asteráceas (cardos, pechugones, etc.), Fabáceas (retamas, codesos, etc.), Lamiáceas (salvias, chamorra, etc.).
Actualmente está considerada en el nuevo Catálogo de Especies Protegidas como de "Interés para los ecosistemas canarios", pero la realidad es que desde unos años para acá está más amenazada que nunca, ya que compite en Gran Canaria y Tenerife con el otro taxón introducido que a pasos agigantados le va ganando terreno.
En resumen, debido a la siempre eterna lucha por conseguir exprimir al máximo nuestro entorno y ante la urgente ambición de hacernos ricos en pocos días, en las islas Canarias hemos importado individuos de países tan exóticos y lejanos como Chile, Australia o Nueva Zelanda, cuando aquí -desde siempre- teníamos "obreros" perfectamente cualificados para realizar estas labores de control. De este modo, al establecerse una competencia desleal, se socava nuestra biodiversidad, simplemente por no querer esperar a que fluyan los ritmos naturales de nuestros ecosistemas.

