Zumbidos en los Campos

La vi por primera vez durante una placentera jornada dominical de senderismo. Era un magnífico día primaveral, muy luminoso, que se había transformado por la singular belleza del barranco en una apacible jornada de campo. Junto a mis dos acompañantes, casi parecíamos domingueros de esos que tanto acostumbran en Gran Canaria a pararse al pie de la carretera. Únicamente que nosotros, más prudentes, nos habíamos desplazado hacia el interior de una fajana, casi en la base de un hermoso acantilado del Barranco de Fataga.  

Allí decidimos descansar y tomarnos algo, conforme daba mi primer mordisco al bocadillo y abría mi refresco, me tumbe apoyándome sobre una cómoda roca. De repente el claro zumbido de un insecto hizo que fijase mi atención en él, al momento se posó sobre la piedra y observé que una mosca me miraba con sus omatidios multicolores, o al menos esa sensación tuve por un instante. Volví a mirarla y al girarme ella se giró, pensé: ¡pues me está observando de verdad! De nuevo volví a ladear mi cabeza y la mosca seguía fijamente el movimiento de mis ojos. En ese instante se lo comenté a mis compañeros de excursión ¡esta mosca me está acechando! De improviso, en un fugaz vuelo, el insecto me golpeó las pestañas, produciéndome una gran consternación. Por un momento me acordé de todos sus muertos e inmediatamente me di cuenta que algo no marchaba, sentía molestias, como si una pestaña me hubiese entrado en el ojo. Pedí que me examinaran, no vieron nada, así que intenté no prestarle más importancia. Conforme avanzaba la tarde mi "mosqueo" crecía, pues los trastornos se incrementaban y el ojo ya estaba enrojecido, con lo que propuse irnos pues nos encontrábamos a varias horas de mi casa. Sólo pensaba en llegar y mirarme al espejo.

Una vez en el apartamento me fui al baño y lo preparé como si de un quirófano se tratará, llevé allí todas las luces de la casa y empecé a escrutar lentamente mi ojo buscando el maldito "cisco". Al poco tiempo como si de un Alien se tratara vi pasar fugazmente por mi iris una larva de díptero. Con los pelos como escarpias, ya tenía claro que era lo que me había ocurrido, la puñetera mosca me había inoculado parte de su prole. Rápidamente cogí un manojo de bastoncillos y como un lijador fui pasando por todos los rincones de mi maltrecho ojo ese báculo que me librase de semejante problema. Algunos minutos más tarde me había sacado más de media docena de gusanos, inmediatamente las molestias habían remitido; eso sí, el ojo estaba totalmente inflamado. Aliviado, sabía que jamás la olvidaría.

De esa manera tan caótica tuve mi primera experiencia con la mosca Oestrus ovis de hábitos parásitos que en sus etapas larvales vive en los pasajes nasales y senos frontales alimentándose de la mucosa de cabras y ovejas, produciendo una enfermedad conocida como "Miasis", desde entonces cuando voy por Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura -tierra de Oestrus– desde que oigo el zumbido de un moscardón ando alerta no sea que me vuelvan a confundir con un bóvido.

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