Este es un tema recurrente -como muchos otros que continuamente nos salpican desde la prensa- y sangrante (nunca mejor dicho), pues en estos últimos años perros asilvestrados están dándole la puntilla a un sector que desde hace tiempo está herido de muerte: el de nuestra ganadería. Tengo entendido que estos cánidos desde hace seis años han matado a más de 1500 cabezas de ganado (oficialmente denunciadas). ¡No salgo de mi asombro! Y la gente aguanta y calla sin estallar, sin pedir responsabilidades. Estamos hablando de mucho dinero que el ganadero pierde directamente, pero también hay pérdidas indirectas (no hay leche, queso, huevos…). Además, está el desgarro emocional que produce el hecho de encontrarte con tu ganado destrozado y agonizante. Lo digo desde el conocimiento ya que lo he sufrido en mis carnes. Crispado, presenté una denuncia en la guardia civil, al menos para tener derecho al pataleo; también lo comuniqué a la prensa, pero veo que de nada ha servido, pues no ha transcurrido un año y de nuevo los perros han realizado una carnicería entre mis animales.
¿Quién tiene que poner freno a estas matanzas? Parece que es competencia de los ayuntamientos, pero estos alegan que no disponen de fondos para hacer frente a estos desastres, ni para realizar los censos de las especies domésticas y de compañía, opinando que la solución debería salir desde el Cabildo Insular. Sé que estos años se han reunido miembros de distintas Consejerías para intentar buscar soluciones y han gritado a los cuatro vientos que han tomado decisiones contundentes ¡…! ¿Para quién? Parece ser que el estancamiento está en que no se ponen de acuerdo para habilitar un albergue canino. ¿Es que los perros van a ir con invitación o habrá que capturarlos primero? Creo que este es el verdadero problema, habrá que poner trampas, hacer batidas, tendrá que contratarse personal. Hay que buscar dinero, esto no va a salir gratis. Es indispensable la colaboración del Servicio de Protección de la Naturaleza, los guardas de caza, y de las consejerías insular y regional de Agricultura.
Asimismo hay que realizar controles habituales de perros para ver si llevan el microchip y denunciar si no lo tienen, pues es obligatorio que los dueños de perros de caza o domésticos les instalen uno a sus animales (Decreto de caza 92/2005) y que sean denunciados cuando estos se escapan o se pierden. La mayoría de estos cánidos proceden de la suelta descontrolada del sector cinegético; nuestros cazadores dicen que es culpa de los que nos visitan de otras islas, que vienen a cazar y abandonan o pierden algunos de sus podencos en nuestro territorio. Está claro que puede ser un problema que transgrede nuestro ámbito insular, pero es una cuestión muy seria que hay que atajar lo antes posible ya que, por pura suerte, hasta ahora solo hemos hablado de muertes de animales, pero podrían producirse percances con las personas -en la Península ha ocurrido- y entonces vendrían las lamentaciones y la búsqueda urgente de responsabilidades. Si los perros dieran muerte a un turista, ¿se imaginan los titulares de la prensa sensacionalista y el daño que nos podría hacer?
La realidad es que no se puede estar en misa y repicando. Alguien tendrá que sentarse con todas las partes implicadas alrededor de la misma mesa y obligarlas a negociar para llegar a un punto de consenso. Si se está gestionando, presidiendo o dirigiendo hay que ejercer, y al igual que se inventan las Leyes de Medidas Urgentes cuando les conviene, aplíquense y preparen una orden o una ley coherente. No se puede contentar a todo el mundo.
Es lamentable que todos los años se repita el problema y los perros asilvestrados realicen salvajes matanzas con completa libertad. No me lo puedo creer; es más, me parece inverosímil que esto ocurra en un país desarrollado, en una isla de solo 706 Km2. Es imposible, tienen que estar mirando para otra parte, ¿o es que tienen miedo a las distintas asociaciones interesadas? Si no, no se entiende. Definitivamente, estos animales no se pueden estar moviendo por nuestros campos con total impunidad, la misma con la que se mueven muchas veces algunos de nuestros "políticos".

