Estaba en Playa Nogales y eran las ocho de una mañana de tonos grises y sensaciones contradictorias, de esas en que presientes que algo no controlable va a ocurrir. Aún así, preparamos los equipos de pesca mientras intercambiábamos comentarios y consejos. Después de unos minutos de duda, nos mojamos manos, cuello y barriga por un "por si acaso se nos cambe la boca", y finalmente mi amigo Maxi y yo nos lanzamos al agua. Después de varios resoplidos y algún "joder qué fría" comenzamos a nadar mientras escudriñábamos el fondo en busca de posibles presas.
Ya llevábamos algo más de dos horas en el agua, algunas capturas en la boya, y yo no había dejado de tararear una canción de Dire Straits, "Brothers in arms", que llevaba metida en la cabeza toda la mañana, quizás para ahuyentar los malos presentimientos matutinos. Fue entonces cuando al doblar un saliente rocoso y mientras cortábamos la pequeña cala que se abría, observé entre la resaca de la orilla la sombra de un gran pez. Esperé unos segundos, quizás minutos. Ya no controlaba el tiempo, pero el animal seguía sin salir del cobijo que le proporcionaban los millones de burbujas que de allí salían. Aún con la duda en el cuerpo, comencé a acercarme hacia él y justo en esos momentos surgió de su refugio mientras se dirigía hacia mí. Así pude ver algo que nunca había visto: ¡Una "sardina" de dos metros de longitud que se acercaba lentamente! Con el corazón a cien me preparé para el encuentro, pero su lentitud me dejó tiempo para la reflexión: ¿A la cabeza? No, es muy dura. Mejor dejarlo pasar y disparar a "contraescama". Después de mirar de reojo la posición de mi amigo y echarle un vistazo rápido al fusil, fijé mi pupila en sus enormes y fríos ojos, mientras él pasaba con total indiferencia a menos de un metro de la punta del arma. Una vez que me sobrepasó, sin dudarlo apreté el gatillo, la varilla salió lanzada y se clavó justo detrás de su aleta pectoral y conforme esperaba su arrancada, el animal describió un ligero giro, como si algo le hubiera molestado, y casi mirándome con cierta indolencia continuó alejándose de mí. Al mismo tiempo veía con impotencia como se desprendía la varilla de su cuerpo y se deslizaba hacia el fondo. Después de una última mirada al animal, me dirigí rápidamente hacia mi colega y le pregunté con gestos: ¿Lo has visto? ¿Qué era?, por la expresión de sus ojos y el posterior encogimiento de hombros supe que sabía lo mismo que yo. Finalmente, comencé a recoger la varilla descubriendo con gran sorpresa que aquel pez, después de todo, me había dejado un imborrable recuerdo, pues en la punta de mi arpón había una enorme escama de unos ocho centímetros de diámetro y dos milímetros de grosor.
Finalizada la jornada de pesca regresamos al puerto, aún con los nervios del encuentro, y sin perder tiempo fui consultando a todos los viejos pescadores con los que me crucé, pero ninguno reconocía esa escama; algunos se aventuraron a decirme que era de una "anjova", pero yo conocía esa especie y desde luego no era eso lo que había visto. Cuando llegué a casa miré en todos los libros de pesca, sin saber qué buscaba y esperando hallar respuesta a mis preguntas. Fueron pasando los días y los años y al no encontrar soluciones fui olvidándome de él. Hasta que, con la llegada de las televisiones digitales, un día, mientras veía un documental en un canal de "caza y pesca", descubro de nuevo "mi sardina de dos metros", saliendo a la luz su misteriosa identidad. Se trataba de un raro pez pelágico litoral conocido como "tarpón", propio de aguas tropicales, muy poco frecuente en Canarias, muy buscado por los pescadores deportivos por su tremenda fuerza y por los espectaculares saltos que da cuando se siente apresado. En esos momentos y mientras veía el documental pensé: "De la que me libré ese día: si lo llego a enganchar aún estaría corriendo detrás de él". Proseguí viendo el documental, ahora con más interés, mientras disfrutaba de mis propios recuerdos de pesca.

