Los representantes de una institución tan seria como la WWF (World Wildlife Fund for Nature) recientemente se han rasgado las vestiduras vaticinando en un comunicado oficial que, al paso que llevamos, si se continúa con el derroche de los recursos naturales y con la falta de compromiso hacia la siempre fallida preservación del medioambiente, dentro de no muchos años los españoles necesitaremos tres Españas y media para vivir. Está claro que estos señores no leen los periódicos, o al menos no frecuentan las páginas de política nacional, porque aún no se han enterado de que de un tiempo a esta parte no existe una sola España, sino varias; es decir, a día de hoy los españoles, para poder sobrevivir al disparate generalizado sin rasguños ni traumas psicológicos, tienen que habitar en tres y media, cuatro, cinco o no sé cuántas Españas simultáneas que a trancas y barrancas se solapan, se contradicen, se resisten las unas a las otras, se empastan y se resquebrajan. Manda castaña, lo que el deterioro de la madre Naturaleza aún no ha podido hacer por sus propios coletazos, lo ha logrado en tiempo récord el ínclito Zetapé y su cohorte de zetapitos, capaces de vender el alma al diablo ubicuo de los mini-nacionalismos con tal de mantenerse en el poder.
Volviendo a las advertencias de WWF-Adena, a nadie se le escapa que entre todos estamos protagonizando a mil por hora un proceso de cambio brutal, difícil de asimilar sin un cosquilleo en la nuca y en las nalgas. Seamos sinceros, por favor. Quién puede dudar a estas alturas de los efectos del tan anunciado cambio climático. Fijémonos, sin ir más lejos, en nuestro entorno más inmediato: las higueras dan higos con un desfase de dos o tres meses, los mirlos bajan a anidar a Santa Cruz de La Palma, las bonanzas de septiembre llegan a mediados de octubre, el verano se dilata e impide la aparición del otoño -drama mayúsculo para la sección de moda de El Corte Inglés-, el período de adolescencia y primera juventud se prolonga entre los españolitos hasta los treinta años de edad, más o menos.
Allende los mares la cosa anda por el estilo, desencajándose de su sitio y de su tiempo vital. Encima los polos se deshielan y, en el colmo de los colmos, señoras y señores, ahora resulta que el Danubio no es azul -ni siquiera gris, o marrón, como hasta el otro día-, sino rojo. Rojo sangre. El rojo de la vergüenza. La dulce leyenda del Danubio azul nos remitía a un pasado edénico en que cualquier idealización nimbaba los más hermosos sueños del ser humano, permanentemente en busca de su piedra filosofal o su tierra prometida o lo que fuese aquello en que el futuro se volvía apetecible, una promesa que animaba a seguir tirando del carro de los pequeños esfuerzos cotidianos. En el Danubio azul se fundían la edad de oro que tan bien describiera don Quijote y el futuro más deslumbrante que pudiera concebirse tras el desarrollismo del siglo XX. Sin embargo, vaya por Dios, en este otro Danubio rojo no hay atisbo de redención ni gaitas en vinagre, sino en todo caso el burbujeo de un caldo de agentes tóxicos, corrosivos como el exceso de codicia que zarandea al ser humano por un camino de perdición que él mismo se ha encargado de trazar a conciencia a pesar de los riesgos que entraña.
Y mucho nos tememos que, por una inquietante regla de tres, el planeta azul se pueda volver rojo en cualquier momento. Rojo sangre. El rojo de la vergüenza. Entonces, si tal situación llegara a producirse, cada uno de nosotros pasaría a ser ese marciano que llevamos dentro y que paradójicamente sólo hemos buscado fuera, más allá de nuestra propia realidad circundante, a través del vértigo que produce la visión de las estrellas o la lectura de las novelas de ciencia-ficción. Inquieta pensar que poco a poco nos estamos convirtiendo en alienígenas dispuestos a comernos crudos. Esto último suena mal desde el punto de vista sintáctico, lo sé. De hecho suena a disparate o a frase filosófica de alguno de los chalados más encantadores de La Palma (¡que no son pocos!). Y suena también al viejo adagio de Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre.
A lo mejor, más que alienígenas, nos estamos convirtiendo en seres mutantes brotados de un delirio anfetamínico: X-Men, licántropos, vampiros, yetis, Cármenes de Mairena, Hulks, Supermanes con el calzoncillo por fuera. Qué sé yo. Piezas de un puzzle de Españas y medias Españas patitiesas (¡y en manos de miles de paulinos!), ciudadanos de un mundo contrahecho, incapaces de aceptar la idea de que el Danubio debe ser azul.

