Pesadilla

Vivir para ver. Se marcha José Luis. Por Perestelo se le conoce también. De Los Galguitos llegó al Cabildo. Humilde el hombre aprendió demasiado pronto los oficios del poder. Ojalá hubiera aguantado más en esa extraña inocencia que ya casi ni se puede entrever.

Raro vicio el del hombre que aprende con rapidez a ser más de lo que es, o menos, según se mire también. Zancos y poleas elevan al animal hambriento de orgullo. Bufones y estraperlistas le rodean para cantarle sus maravillas. Rentistas y figurillas le doran la píldora y hasta la barbilla. Estúpidos tapaculos le alimentan el odio con sus eructos de rencor y le silban al oído lo que dicen que dijo que dijeron en aquella alcantarilla. 

Oscuros seres de pacotilla, habitantes de los sumideros que parecen sacados del Infierno de Dante. Especialistas en contagiar odios, remilgos y complejos. Dantescos pero sin gracia ni voluptuosidad, de la que carecen. Mejor estarían figurando como gárgolas románicas sobre el ala de un templo. 

Y al final lo que queda es ese frangollo sin canela o ese dominó sin blancas. Triste balance para trece años de gobierno. Con ese eco, soñar es imposible. Solo existen las pesadillas indigestas.   

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