EL OTRO FÚTBOL

 

Cada jornada que pasa veo que se engrandece y premia la trampa, la pillería, las malas artes y que desde las múltiples tribunas que repasan cotidianamente la actualidad futbolística no sólo no se censuran estas actitudes sino que se exaltan hasta el grado de virtudes. Llegan a hablar del otro fútbol y de sus estrategias como si su preparación fuese digna de grandes entrenadores.

La culpa es de todos: público, prensa, árbitros, jugadores y técnicos que se esmeran por echar tierra sobre todo código ético con tal de vencer.

Los ejemplos que les podría poner de este otro fútbol son interminables. Ayer, en el partido Sporting-Villarreal, Iglesias Villanueva, "juez" de la contienda, en la última jugada premia una caída de Marchena, digna de un actor teatral, con penalty, probablemente tuviera problemas de conciencia por no haber señalado una pena máxima clara a favor de los levantinos; Marchena debe ser uno de los líderes de ese otro fútbol, porque siempre está en todos los berenjenales y casi siempre en lugar de sancionado resulta beneficiado; hace algunas jornadas hizo en una misma jugada dos entradas merecedoras de tarjeta roja y el expulsado fue una de sus víctimas después de que el internacional convirtiera una palmada en gran agresión. En ese mismo penalty del que hablaba apareció otro de esos "intérpretes" de la deportividad, Barral, ariete del Sporting, que, antes de que se tirara la pena máxima, se dedicó a destrozar el punto de penalty para impedir una fácil ejecución.

El fútbol, como ya he comentado tantas veces, es un reflejo de una sociedad en la que el triunfo está por encima de los valores. Pero tendríamos que poner coto a esto y aquí no sé si por el carácter latino no me parece que estemos poniendo excesivo empeño en esta materia. Situaciones como las descritas, uno las veía en un partido de regionales y no se comía demasiado el coco, creyendo que hasta formaban parte del guión, pero en la supuesta mejor Liga del mundo y en un entorno tan profesionalizado no creo que se les deba dar carta blanca.

Para empezar habría que sancionar a aquellos jugadores que simulan faltas, penaltys y agresiones; si se fuese riguroso en este apartado estoy seguro que muchos se dedicarían más a jugar y menos a practicar técnicas teatrales- cuántas veces en un partido vemos a jugadores que echan las manos a la cara con gestos de dolor cuando han recibido algún golpe en un punto muy alejado de la misma-. Los árbitros que hasta ahora los suelen premiar tendrían que ser mucho más duros con estas pillerías y a ellos en casos de errores muy manifiestos también habría que apartarlos algunas jornadas para que reflexionasen sobre el tema. El público tendría que colaborar más: no me canso de ver jugadores locales por el suelo y no pasa nada hasta que su equipo pierde el balón, entonces lo que antes valía se convierte en una enorme censura para el rival; el colegiado debería ser quien únicamente pare el partido en caso de lesión. Los clubes, en lugar de aleccionar a los recopelotas para que desaparezcan cuando van ganando, deberían educarlos para que hagan su papel independientemente del resultado. Y, por supuesto, los " Cañizares" de turno, en su papel de tertulianos, no deberían ponderar las habilidades de un jugador como Iniesta por simular una lesión sino censurarlo, por muy cara de niño bueno que tenga, cuando en lugar de ser uno de los mejores jugadores del mundo se contagia de los múltiples compañeros de turno para perjudicar a un colega.

 

Probablemente, quien lea este artículo piense que he perdido el tiempo en mi lucha contra molinos de viento; pero , por lo menos, que conste que no a todos nos gusta ese otro fútbol.

 

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