El Mundial de Sudáfrica ha conseguido que los españoles se sintiesen orgullosos de su nacionalidad y exhibiesen toda clase de símbolos que reivindicasen su patrioterismo. El fútbol ha servido como elemento de cohesión que ha aglutinado a personas de diferentes ideologías, comunidades con una unidad que hacía tiempo no se tornaba tan sólida.
Los vendedores de banderas, bufandas, camisetas han vendido todas sus existencias y logrado márgenes de beneficios espectaculares. En las celebraciones he visto que los portadores de estos productos eran, especialmente, jóvenes de quince a veinticinco años que quizás no han pasado por los vericuetos ideológicos de otras generaciones y ,por ello, lo hacían con tal orgullo y naturalidad.
Durante años hemos visto que determinadas comunidades mostraban un rechazo o, por lo menos, una ambigüedad a acoger un sentimiento patrio español que incluso alcanzaba al fútbol donde se hacían auténticos malabarismos para evitar el término español.
Yo que me alegro de los triunfos de La Roja, pero que confieso que no soy un ultra de la rojigualda ni de los que presumo de este tipo de patriotismo, creo que hay que ser respetuoso con todos los sentimientos y alentar todas aquellas actitudes que fomenten el respeto y la libertad. Evidentemente, que alguien no pueda exhibir sus sentimientos, que se quemen determinados símbolos o que se impongan determinados credos no son los comportamientos que crea se deban imitar. Y ahí reconozco que, probablemente, como secuela de haber soportado durante décadas un régimen dictatorial, los españoles no han dispuesto de la libertad de poder hacer gala de esos sentimientos ni de mostrar con orgullo determinados símbolos que naciones con mucha menos historia ostentaban hasta límites arrogantes.
De todas maneras sigo opinando que cada uno es libre de identificarse con quien quiera, siempre que esa identificación tenga unos márgenes de respeto para con los demás y no rompa la convivencia. A partir de ahí, hay que felicitarse que un deporte sirva para que la gente se una, se alegre y hasta afronte el día a día con otra cara. Esa creo que es una buena misión para el fútbol que una, incluso a aficionados de equipos contrarios, puesto que comparten una afición que debe servir de unión y no como elemento de agresión o violencia.
Habría que estudiar si esa unidad que ha logrado la selección española se podría alcanzar en ámbitos más reducidos donde debiera ser más fácil de conseguir. Hablamos, por ejemplo, de nuestra isla de La Palma donde el deporte rey tiene unos límites que se estancan en la Tercera División o en una esporádica estancia en Segunda B por cuanto no hay un equipo que sea capaz de aglutinar una pasión y una infraestructura insular que nos pueda hacer soñar con otras categorías superiores. Y que conste que a día de hoy no me veo yo renunciando a mi afición al Victoria para encumbrar a otro equipo, con lo que esta autocrítica tendría que empezar por aplicármela a mí mismo.
Quizás el espejo sea el baloncesto, ya que durante muchos años nos ha hecho disfrutar de los triunfos del UB en una categoría de auténtico lujo para La Palma y aún así no percibo ese respaldo y ese orgullo que un equipo de estas características debiera inspirar; tal vez, porque el equipo no ha salido sino mínimamente de la capital y con ello muchos palmeros no lo han podido disfrutar.
Los tiempos que corren invitan a la unión y no a luchas fratricidas que terminan por hacer desaparecer entidades con lustros de historia, pero incapaces de sostener la vorágine consumista en que se han convertido los principales deportes de cualquier localidad. Tendríamos que abrirnos a sentimientos más plurales que traspasen las fronteras de nuestro barrio o municipio, pero me temo que esto es un deseo que topa con nuestra realidad.

