He dejado pasar pasar algunos días antes de escribir en caliente sobre los penosos incidentes que grupos ultraderechistas protagonizaron la pasada semana en el encuentro de la Liga Europea de la UEFA entre el Austria de Viena y el Athlétic de Bilbao. Al parecer, la capital austríaca fue centro de reunión de grupos ultras vinculados a la ideología fascista y aprovecharon la presencia del equipo vasco en esa ciudad, aparentemente tan civilizada, para sabotear el encuentro; los ultras locales se vieron reforzados por fanáticos de otras nacionalidades, especialmente por hinchas del Lazio y por los Ultrasur del Real Madrid. Familias que era la primera vez que se desplazaban a presenciar un partido fuera de España o estudiantes vascos llegados de países cercanos sufrieron acoso y agresiones de estas hordas neonazis. No contentos con esta labor y ante la pasividad de la policía austríaca, del equipo local y de la propia UEFA , lanzaron bengalas, vociferaron insultos e invadieron el estadio hasta provocar por dos veces la suspensión del partido.
Aprovecho esta crónica de sucesos para reflexionar sobre la vinculación del fútbol y la política. Evidentemente, quienes me hayan leído alguna vez o me conozcan saben de mis simpatías hacia el club rojiblanco de la capital vizcaína. Hago esta apreciación, porque intento ser objetivo en mis opiniones, pero estas a veces parten de unos sentimientos. Yo procuro no mezclar el deporte con la política, siendo del Athlétic es muy complicado que algunas personas con las que "discuto" no vinculen a mi equipo con la banda terrorista ETA; asociación totalmente injusta, ya que del mismo modo que hay seguidores rojiblancos abertzales, también los hay de otras ideologías y partidos, algunos tan lejanos a estos como el PP; es verdad que estos terroristas son vascos, pero existen muchos vascos que no tienen nada que ver con los mismos y que muchas veces pagan la ira de fanáticos que criminalizan a personas inocentes. No hablo gratuitamente, ya que he visto jugar el Athlétic en campos peninsulares y canarios con un ambiente totalmente hostil por circunstancias ajenas al marco deportivo. Incluso hace unos catorce años en un partido de juveniles en nuestra isla entre el Tenisca y el Athlétic , mostrando un grupo de aficionados palmeros nuestro rechazo por un arbitraje descaradamente parcial, vino el Delegado de campo a vociferarnos que como osábamos apoyar a un equipo de etarras, no satisfecho el personaje con esta intervención lanzó el mismo improperio contra un anciano que acompañaba la expedición rojiblanca y que señalaba que si de algo se le podía acusar era de figurar contra la organización terrorista.
Lo que tiene que quedar claro es que los extremistas no pueden utilizar el deporte para publicitar su ideología. Afortunadamente, salvo alguna excepción, los grupos ultras en España parece que ,últimamente, no disponen de tantas facilidades desde los ámbitos institucionales. La UEFA, por otra parte, que tanto énfasis hace en aplicar la ley en nimiedades como prohibir la publicidad en el área técnica o que tan dura fue la temporada pasada con el Atlético de Madrid en incidentes provocados por radicales marselleses haría bien en ser más rígida con este tipo de comportamientos y penalizar con duras sanciones estas conductas salvajes. Llama poderosamente la atención que sean países a priori más avanzados como Austria o Francia donde estos niñatos tengan más facilidades para actuar.
Querría cerrar el artículo ponderando la neutralidad que debe mantener un dirigente deportivo en cuestiones políticas, ya que representa a un club en el que hay seguidores de diferentes ideologías y partidos; esa neutralidad no la está manteniendo Joan Laporta- en otros aspectos como el mismo de extinguir los comportamientos violentos de su club ha sido un gran presidente, además de su gestión deportiva- que parece estar aprovechándose del Barça para iniciar su carrera política.
Aunque sé que a veces muchas personas asisten a un acontecimiento deportivo por el morbo de la rivalidad, el deporte tiene que servir para unir y no para pelear. Qué bonito es estar en un encuentro en que las aficiones se encuentren hermanadas y no lanzándose objetos o dedicándose cortes de manga; eso sí, me parece que estos deseos míos a día de hoy son un tanto utópicos.

